El concepto de la estructura de poder

¿Cómo se conforma una estructura de poder? Sabemos que la estructura de poder es un concepto abstracto, que lo que se da, en realidad, es como un tejido complejo, hasta abigarrado y barroco, de distintos hilos. Se mezclan, por así decirlo, distintas dimensiones, componentes, que pueden parecer disímiles al racionalismo abstracto.



El concepto de la estructura de poder

Raúl Prada Alcoreza

¿Cómo se conforma una estructura de poder? Sabemos que la estructura de poder es un concepto abstracto, que lo que se da, en realidad, es como un tejido complejo, hasta abigarrado y barroco, de distintos hilos. Se mezclan, por así decirlo, distintas dimensiones, componentes, que pueden parecer disímiles al racionalismo abstracto. Por ejemplo, cuando las oligarquías regionales se impusieron, después de la guerra de la independencia, amarraron, por una parte, alianzas con los estratos vinculados al mercado y a la propiedad latitudinaria, además de los propietarios mineros. Quedaron relegados de esta alianza los revolucionarios patriotas, que participaron activamente en la guerra de la independencia; fueron relegados los pueblos y las naciones indígenas, fueron relegadas las clases diseminadas en el proletariado. Pero, esta división no es todavía una estructura de poder. Podemos decir, en la conceptualización, que la estructura aparece cuando los nudos se convierten en eslabones permanentes del tejido social. ¿Cómo ocurre esto? Ciertamente, es fácil decirlo, cuando se institucionaliza un tejido social, un tejido, si se quiere, diferencial, estratificado. Empero, la institucionalización no puede ocurrir sin que se la interprete desde el mito, en este caso desde el mito del Estado.

La oligarquía asumió el mito, que era, mas bien, de los liberales patriotas y revolucionarios. Abandonaron sus nostalgias coloniales y se convirtieron en los protagonistas de la construcción del Estado-nación; institución, como ideal, que no compartieron; empero, una vez vencidos los españoles, no quedaba otra que aceptar el proyecto; sin embargo, a condición que sea adaptado a sus intereses. Este “gato-pardismo” es lo que logró imprimir su sello conservador a los Estado-nación flamantes del continente. El mito del Estado adquirió forma y contenido, adquirió una estructura; la oligarquía convertida en burguesía nacional se encarnó en el Estado.

Estamos entonces ante el acontecimiento estatal como realización de la voluntad de la burguesía. El Estado entonces no solo como instrumento que separa Estado de sociedad, es decir, que efectúa la economía política del estado, sino también como “ideología” compartida por todas las clases que componen la sociedad. Así se explica que las clases sociales, diferenciadas de la burguesía, excluidas por la burguesía, se embarquen en el proyecto burgués de la oligarquía, que es la del Estado-nación. Es así que todas las clases creen que el Estado es la nación, la patria, incluso la matriz, el telos, aquello que hay que defender y por lo que se debe morir, entregando la vida. Incluso, puede creerlo hasta la propia oligarquía. Todos se embalan en la idea absoluta del Estado, como si el Estado lo fueran todos, cuando sólo es la encarnación del proyecto burgués, reducido a los límites impuestos por la oligarquía.

El discurso nacionalista tiene la versión de que el Estado-nación es la soberanía, frente al imperialismo. Esta interpretación es parte del mito, compartido también por los marxistas. ¿Soberanía de quién? Si no está el soberano; ¿la soberanía se transmite al pueblo, como reza el enunciado? ¿Quién ejerce la soberanía? No es ciertamente el pueblo, que está en el enunciado como referente para legitimar el discurso, el Estado, la dominación burguesa. La soberanía la ejerce la burguesía, aunque lo haga por mediación de la burocracia. ¿Qué pasa cuando toma el gobierno un militar nacionalista o un caudillo populista? ¿Cambia el sentido del Estado? ¿Se pone esta maquinaria al servicio del pueblo por mediación del caudillo?

Ciertamente la utilización del Estado por parte de la burguesía no concurre de manera directa, sino por mediaciones, aunque el Estado sea una encarnación de la voluntad de dominación de la burguesía. El ejercicio del poder está mediado por la malla institucional, también se topa con las resistencias de los cuerpos; otras voluntades. Se ha dicho que el Estado es como un campo de batalla; este enunciado es parte del mito. Se dice esto como si el Estado fuese un campo de fuerzas neutral; algo que no puede serlo, no solo porque es el mito del poder, sino porque la voluntad de la clase dominante ha diseñado y construido una estructura, como el arquitecto construye un edificio.

Cuando un caudillo populista toma el gobierno usa el Estado emprendiendo una ruta nacionalista y populista, si se quiere nacionalista revolucionaria; que nacionalice los recursos naturales, las empresas privadas en manos de empresas trasnacionales, no convierten al Estado en una institución al servicio del pueblo, en contra de la oligarquía, en su forma de perfil burgués. Las democratizaciones, las reformas, los beneficios sociales y de los trabajadores, los cambios en la relación de los términos de intercambio, las medidas sociales, aunque afecten a los terratenientes, incluso a la burguesía más comprometida con la externalización, no modifican sustancialmente, por así decirlo, la estructura de poder. Se trata de democratizaciones en los límites del mismo Estado burgués. Por eso las contradicciones, incluso el retroceso a lo largo del periodo del proceso de cambio, aunque este retroceso pueda ser lento o, en su caso, en contraste, rápido y evidente.

El problema no se encuentra aquí, el problema aparece plenamente cuando la revolución socialista lleva al poder a un partido del proletariado. ¿En este caso, qué pasa? ¿Se trata de otro Estado, como dice el discurso marxista, de la dictadura del proletariado? Para no dar muchas vueltas, lo que la experiencia social en la historia moderna nos ha enseñado es que el proletariado no ejerce la dictadura, sino el partido. Pero, ¿el partido qué es, una mediación del proletariado? Eso dice el discurso marxista. Pero, ¿cómo puede darse la voluntad del proletariado, cuando es la voluntad del partido, que interpreta la voluntad del proletariado? Por otra parte, sin cuestionar la voluntad del partido, ¿es la voluntad del partido la que se realiza? ¿O, como la propia interpretación explica, son las condiciones objetivas y subjetivas, las condiciones de posibilidad histórica, las que imponen un decurso? ¿Qué son estas condiciones, la realidad? ¿No es más bien la estructura del Estado la que condiciona la conducta de los “revolucionarios”? Con lo que volvemos a la voluntad plasmada de la burguesía. Cuando desaparece la burguesía, como clase, debido a la revolución, El Estado, es decir, el poder, es el que inventa una nueva burguesía; convierte a la burocracia del partido y al partido mismo, en la nueva burguesía.

El problema es que el momento constitutivo del Estado moderno fue burgués; esta constitución se consolida y se fija en la estructura del poder del Estado. Qué hay márgenes de maniobra, los hay; pueden ser más o menos anchos; eso no importa. El tema es que no se puede pretender la liberación del proletariado, tampoco del pueblo, usando al Estado como instrumento. Esta maquinaria fabulosa, milenaria, siempre retorna a su estabilidad, que no es otra cosa que la estabilidad impresa por la burguesía. Tarde o temprano el Estado vuelve a la realidad inscrita en su constitución estructural. No hay que sorprenderse entonces que los partidos comunistas en el poder hayan terminado creando burguesías, después de las impresionantes revoluciones industriales logradas, en cortos periodos. No es un problema de traiciones, sino de campos de fuerzas, sobre todo, por decir algo, gravitacionales, del poder.

Volviendo al principio, las burguesías, en el continente, imprimen, en el momento constitutivo, su diseño no solamente burgués, sino oligárquico y colonial, a la estructura de poder del Estado. Que la historia y las contingencias históricas hayan alejado temporalmente al Estado de su momento constitutivo, no quiere decir que se haya alejado estructuralmente. Pueden darse otros momentos constitutivos, como propone René Zavaleta Mercado; pero, estos momentos constitutivos, no borran el primer momento constitutivo; en realidad, lo readecuan a las circunstancias y a las condiciones del momento. El Estado de la revolución nacional de 1952 no es que expresa una revolución inconclusa, de acuerdo a la interpretación de Liborio Justo, sino que efectúa el retorno al equilibrio, como corresponde, retorno a las estructuras del poder inherentes. No hay revolución inconclusa, en lo que respecta al Estado; lo que hay es la misma inconclusión de la revolución, que no ha desmantelado el Estado.