México: La capacidad de respuesta

Los maestros se reorganizan. Están modificando con sentido autocrítico estrategias que los alejaron de padres y comunidades y les crearon un clima social adverso, agudizado por la propaganda gubernamental. Se acercan a ellos de nuevo para mostrar que la lucha actual no es meramente gremial, sino una lucha social y política por la supervivencia.



La capacidad de respuesta
Gustavo Esteva
La Jornada

Velan armas maestros y padres de familia. Hoy se dará a conocer el nuevo “modelo educativo”, es decir, se sabrá hasta dónde llevará la actual administración su afán de desmantelar y privatizar la educación. Preparan ya la respuesta.

El secretario de Educación reconocerá así que la llamada reforma educativa se concibió e implementó sin definición clara de su orientación pedagógica y su contenido educativo. No carecía de sentido, pero, como su propósito fue y sigue siendo inconfesable, debe ocultarse. Lo de hoy será una nueva forma de encubrirlo.

La rápida urbanización de México ha coincidido, paradójicamente, con el crecimiento de las pequeñas comunidades rurales. Dos terceras partes de los mexicanos residen en ciudades, pero 10 por ciento viven en comunidades de menos de 500 habitantes y más de 20 por ciento en comunidades de menos de 2 mil 500 habitantes. La proporción de la población rural en el total ha caído continuamente desde los años 40… pero hoy existen más campesinos que nunca.

Las élites económicas y políticas del país han estado siempre, con pocas excepciones, contra ese modo de vida. Nuño es sólo una figura reciente y pequeña de una larga serie de enemigos de la vida campesina y de las pequeñas comunidades. Carlos Hank declaró en 1991, en Hermosillo, que su obligación como secretario de Agricultura era expulsar del campo a 10 millones de campesinos. El infausto señor Usabiaga, también secretario de Agricultura, aumentó la meta a 20 millones; su jefe, el presidente Fox, señaló que los expulsados podrían ser jardineros en Texas o poner un changarro. Al visitar una comunidad oaxaqueña devastada por el huracán Paulina, de la que no había quedado ni el suelo, Ernesto Zedillo confesó su vergüenza: la naturaleza había hecho lo que ellos –los gobiernos– deberían haber realizado mucho antes.

El señor Nuño quiere cerrar 100 mil escuelas, la mitad de las que existen actualmente en el país, la mayoría en zonas rurales. Niños y niñas serán llevados a “escuelas de concentración”; sí, así se llaman, la alusión es muy clara. Como perderán raigambre en sus comunidades, éstas tenderán a desaparecer. Y los que no puedan abandonarlas dejarán de ir a la escuela.

Esta obsesión de las élites se combina con otra, que heredaron de las que fundaron el país: deshacerse de los pueblos indios. En la Constitución de 1824, cuando representaban dos terceras partes de la población del flamante Estado, se les trató como extranjeros. Poco después propusieron exterminarlos, como hacían los vecinos del norte, a quienes en todo querían imitar. En vez del genocidio optaron por el culturicidio: educarlos en la extinción. Y lo lograron en gran medida: millones de indígenas dejaron de serlo al pasar por el molino escolar. Muchos logran conservar su identidad y cultura tras unos años de escuela; casi ninguno lo consigue si llega a la universidad. Esto significa que parte de quienes siguen siendo hasta ahora miembros de un pueblo indio logran retener su condición gracias a una baja escolaridad. El plan de Nuño afectará sobre todo a los pueblos indios; como sus antecesores, busca extinguirlos.

Esta amenaza se combina con otra, aún más perversa. La oferta que se está haciendo para mejorar las condiciones físicas y el equipamiento de algunas escuelas –las que serán “de concentración”– no sólo compromete tramposamente recursos presentes y futuros de comunidades y municipios, sino también de los padres. Prepara una nueva e insidiosa forma de privatización, en que también se imita a los vecinos: no se privatizarán sólo los bienes, sino los propios recursos públicos. Al entregarlos a escuelas privadas, como se hace ya en Estados Unidos, los recursos públicos mismos se convierten en ganancias de particulares –a costa de los padres, las comunidades y la educación misma, que se hará cada vez más discriminatoria, excluyente y ajena a nuestra condición pluricultural.

La amenaza es muy real y trágica: socava las bases mismas de nuestra existencia social, no sólo el aprendizaje de niñas y niños, la economía de padres y comunidades y el empleo y las condiciones de trabajo de los maestros. Pero no quedará sin respuesta. A pesar de las debilidades y divisiones que la brutal agresión de las autoridades ha producido en la CNTE y en particular en la sección 22 de Oaxaca, los maestros se reorganizan. Están modificando con sentido autocrítico estrategias que los alejaron de padres y comunidades y les crearon un clima social adverso, agudizado por la propaganda gubernamental. Se acercan a ellos de nuevo para mostrar que la lucha actual no es meramente gremial, sino una lucha social y política por la supervivencia.

En la fase actual de acumulación por desposesión, el capital intenta despoblar los territorios de los que quiere apoderarse. Los pueblos indios y campesinos no sólo defienden suelos, tierras y aguas, sino la vida misma, la Madre Tierra. Su lucha se arraiga firmemente en las pequeñas comunidades en que se asientan, pero es al mismo tiempo de naturaleza global: se libra en todas partes, ante la ciega irresponsabilidad de quienes intentan imponer su voluntad destructiva en el mundo entero. La resistencia crece continuamente y se convierte, cada vez más, en voluntad y organización para sustituir este régimen criminal por una forma de existencia social justa y respetuosa de la vida. Ha llegado la hora del cambio.

gustavoesteva@gmail.com