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La paradoja del amigo y enemigo, la aporía del santo y el demonio


Raúl Prada Alcoreza :: 08.06.17

La paradoja del santo y el demonio absoluto puede plantearse de la manera siguiente: el santo es santo precisamente por la existencia del demonio absoluto. El santo no lo sería sin la maldad absoluta, la que tiene que señalar, prohibir y exorcizar. El demonio absoluto o la maldad absoluta es una necesidad para el santo, pues tiene que demarcarse radicalmente respecto de él. La bondad absoluta no existiría sin la existencia de la maldad absoluta. Se requieren. Ciertamente todo esto, si se quiere esta dialéctica del mal y del bien, es imaginaria, mejor dicho, es el fondo secreto de lo imaginario.
El dramatismo de la guerra, que es como el substrato de la política, saca a relucir este secreto. Aparecen las concomitancias y complicidades paradójicas, se hacen visibles o evidentes. Es en el sacrificio que exige la guerra como tributo de muerte donde se hacen patentes estas complicidades paradójicas. El amigo y enemigo danzan con el demonio absoluto el baile macabro de la muerte.
El problema es que no solamente el amigo y el enemigo están involucrados, primero, en este ritual de convocación e invocación, después, en la danza macabra, sino que también comprometen a un tercero, al pueblo. Que de espectador termina participando tanto en el ritual como en la danza. Este es el asunto.
La conclusión de esta reflexión es que para dejar de ser dominado, el pueblo tiene que salir de este juego de poder, de este juego ritual de invocación y convocación, que se convierte en danza macabra; tiene que salir del círculo vicioso del poder. Tiene que abandonar al amigo y al enemigo, a sus juegos de poder, cuya verdad es la dominación del pueblo.


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