A propósito del Che: El esquematismo vulgar de héroes y villanos

La literatura mediática, incluso la literatura política, peor aún, la literatura de la diatriba, se mueven en un esquematismo vulgar, que opone héroes a villanos. Reproduciendo superficialmente, mas bien, como imitación, que se parece a los gestos o muecas del mimo, copian personajes de la epopeya; por un lado, los héroes, que adquieren la connotación del estereotipo del semi-dios, ya sin espesores humanos, limpio de contradicciones, casi elocuencia divina de conducta perfecta. Por otro lado, los monstruos, las aberraciones morales, políticas, históricas, hasta naturales. Se trata, si se quiere, reduciendo al máximo la expresión figurativa, que exalta por su inocencia común el contraste más evidente, el héroe que enfrenta al dragón de dos o más cabezas, el caballero que rescata a la dama



CRÍTICA,TEORÍA Y PRAXIS

OCTUBRE 9, 2017
El esquematismo vulgar de héroes y villanos

Raúl Prada Alcoreza

La literatura mediática, incluso la literatura política, peor aún, la literatura de la diatriba, se mueven en un esquematismo vulgar, que opone héroes a villanos. Reproduciendo superficialmente, mas bien, como imitación, que se parece a los gestos o muecas del mimo, copian personajes de la epopeya; por un lado, los héroes, que adquieren la connotación del estereotipo del semi-dios, ya sin espesores humanos, limpio de contradicciones, casi elocuencia divina de conducta perfecta. Por otro lado, los monstruos, las aberraciones morales, políticas, históricas, hasta naturales. Se trata, si se quiere, reduciendo al máximo la expresión figurativa, que exalta por su inocencia común el contraste más evidente, el héroe que enfrenta al dragón de dos o más cabezas, el caballero que rescata a la dama raptada por el monstruo insensible, incomprensible y trágico por su condena irremediable, determinada desde los comienzos de los tiempos mismos más remotos.

Este esquematismo trivial es el que, sin embargo, funciona como estructura de la trama de las narrativas provisionales del sentido común, que perduran, mas bien, por su proliferante variación. Aparece en la ideología, hermenéutica esquemática y dualista de la historia, entendida como escenario donde se enfrentan héroes y villanos. Aparece en las versiones de las narrativas escazas de los medios de comunicación, donde se hace hincapié más en el villano, monstruo moral y adulteración política, anomalía social. Reaparece en la diatriba, donde el héroe, por gracia ungida por las marcas que conlleva como señal de elegido, destaca desde sus actos más intrascendentes hasta sus actos más sobresalientes, anunciando la llegada del mesías civil y político. El villano también es destacado a través de sus marcas, sus rasgos inconfundibles, que lo delatan como manchado por el pecado original, como condenado desde que nació; fatalidad del mal.

Los “análisis”, si es que podemos llamarlos así, a las evaluaciones que se hacen y a las conclusiones que se sonsacan, son como preformados; ya están, en su condición de germen, en el formato del esquematismo en uso; por eso, sus derivaciones no sorprenden. El héroe habría sido la consagración del bien, en cambio el villano es la constatación del mal. Ya todo está resuelto en esta recurrencia discursiva que opone contrarios y antagonismos; lo único que hay que hacer es repetir el formato de la trama en distintas versiones.

El tema es que los unos y los otros utilizan el mismo esquematismo vulgar de héroes y villanos para legitimar sus prácticas y discursos, para legitimar sus hábitos e ideologías; la diferencia estiba en que para lo que para unos es el héroe, para otros es el villano. Se esmeran por describir al villano lo más abominable posible, lo más parecido al demonio o hijo del demonio, lo más cercano al endemoniado execrable. También se esmeran por limpiar toda adherencia compleja, contradictoria, ambivalente o abigarrada, de los rasgos y el perfil del héroe, para que sea presentable como esas figuras patriarcales del arte socialismo real; figuras parecidas a las imágenes de los santos mártires; solo que son parecidas no tanto por la forma de la expresión, que en el caso del arte del socialismo real se presentan como portavoces irradiantes de la alegría demostrativa auto-satisfecha del socialismo, y en el caso del imaginario religioso se presentan con el dramatismo del lenguaje del dolor, acogido como sacrificio. Las versiones conservadoras de estos estereotipos también hacen presentable a sus protagonistas de la historia en su esplendor patriarcal; solo que en este caso, se presentan como profetas de la nación olvidada o excluida, que retorna por los causes de la patria recuperada.

En lo que respecta a Ernesto “Che” Guevara, la literatura ideológica, mediática y de la diatriba, hace gala del apego a este esquematismo dualista de héroes y villanos. La propaganda socialista se ha esmerado por presentar al nuevo hombre, vaciado de sus contenidos humanos; es el héroe por antonomasia. La propaganda contrainsurgente, conservadora, chauvinista, se ha esmerado por presentarlo como monstruo, como afectado por inclinaciones sádicas, recientemente como enfermo del placer de matar. Como se puede ver el esquematismo dualista de héroes y villanos reaparece ritualmente en la diatriba que enfrenta a “izquierda” y “derecha”. Lo hace en toda la holgura de su simpleza, escasa en argumentos, vacío que llena con la interpelación sensacionalista. Estas recurrencias comunes y triviales están lejos de los esfuerzos descriptivos, analíticos, interpretativos, incluyendo toma de posiciones del libro de Taibo II Ernesto Che Guevara, también conocido como el Che; libro, que en principio iba a ser compartido con Jorge G. Castañeda, pero tuvieron desacuerdos y quizás otros conflictos, lo que llevó a escribir al segundo otro libro La vida en Rojo[1]. Ambos libros tienen entre sus fuentes los desclasificados de la CIA y la KGB; esto les otorga cierta proximidad a situaciones desconocidas para la opinión pública y para la población de lectores. El segundo libro intenta una biografía crítica del connotado guerrillero. Antes que estos libros, la trilogía de Críticas a las armas de Regis Debray ya efectuaba un análisis crítico de la experiencia guerrillera; lo hacía a partir de la propia experiencia en “la guerrilla del Che”, tal como se denomina a la guerrilla que comandó Ernesto Guevara en el sudoeste de Bolivia, elaborando un análisis teórico. Sin mencionar a la minuciosa biografía Che Guevara: Una Vida Revolucionaria escrita por Jon Lee Anderson[2], sustentada en amplias fuentes directas e indirectas, además de su experiencia en reportajes, podemos pasar a descripciones menos exigentes, como las que derivan de los partes y fuentes militares; uno de ellos es Como capture al Che de Gary Prado Salmon[3], que, por lo menos intentan una descripción a partir de cómo ven los hechos los militares que participaron directamente en la guerrilla, desde su posición contrainsurgente. Sin extendernos en la bibliografía, dejando en suspenso otros libros notorios, pues el propósito es otro; no un balance de la bibliografía sobre el Che. El propósito es auscultar en la estructura de prejuicios de la literatura que se basa en el esquematismo vulgar de héroes y villanos.

Además de esta estraficación en la formación discursiva epopeica o, en contraste, descalificadora, al estilo de una inquisición civil y política trivial, que lleva a cabo el recalcitrante conservadurismo, se halla otro estrato discursivo, que pretende seriedad, que analiza el acontecimiento Che Guevara como hito o pedrada en el estanque, que parte el estanque en dos aguas; un antes y un después. Este estrato de la literatura al respecto, no deja el esquematismo dualista del que hablamos, solo que lo hace, si se quiere temporalmente; habría un evento parte de aguas, un hito constitutivo, a partir del mismo la historia es distinta, los jóvenes se radicalizan, incluso la izquierda se habría radicalizado. ¿No eran antes los jóvenes radicalizados? ¿Cómo interpretar entonces la reforma universitaria y el movimiento estudiantil cordobés y con este proceso las subsiguientes reformas universitarias en el continente? ¿Los trabajadores mineros no eran jóvenes, en su mayoría, y radicalizados, contando con una expresión radical de la revolución en la Tesis de Pulacayo? ¿Los que participaron en la guerra civil de 1949 no eran jóvenes radicales, para su tiempo; lo mismo y con mayor alcance, los jóvenes que participaron en la revolución de 1952? ¿La resistencia obrera a las gestiones de gobierno del MNR, que comenzaban a destilar un camino regresivo, no era efectuada por jóvenes rebeldes en su mayoría? Sin seguir con una lista de ejemplos, que cuestionan la tesis de la “radicalización” a partir del Che, con solo los que mencionamos, se evidencia la delgadez de la argumentación de esta tesis del hito constitutivo, en la prosa que pretende más seriedad en la elaboración de evaluaciones retrospectivas sobre las incursiones del Che.

El problema de estos estratos discursivos es que al deshumanizar al Che, más el primer estrato que el segundo, le quitan no solo posibilidades a la comprensión e interpretación, sino que le quitan meritos al hombre. Un héroe consagrado desde nacimiento, un hombre fuera de serie, tiene sus hazañas como si formaran parte de su propia consistencia, sus propios atributos; un héroe es un héroe y realiza hazañas heroicas. Olvidan que lo sorprendente es que un hombre como todos los hombres de la tierra, un humano demasiado humano, realice gastos sin retorno, derroches corporales, sensibles e intelectuales; en otras palabras, efectúe actos heroicos, como los define Georges Bataille. Por otra parte, en contraste, la versión opuesta del esquematismo de héroes y villanos, al convertirlo en monstruo, en asesino, en anomalía social, lo que hacen es repetir la tautología de otra manera; un monstruo es un monstruo, dicho de manera pedestre, un villano es un villano, lo que hace es villanerías. No hay por qué sorprenderse entonces.

El segundo estrato discursivo, que hemos reconocido por su mayor elaboración y por su pretensión de seriedad, reduce el acontecimiento histórico-político a los contornos del perfil de un personaje-protagonista, que por sí solo puede cambiar el curso de la historia. Por eso decimos que incluso este estrato discursivo no deja el imaginario epopeico. La historia no la hace un hombre o un grupo de hombres, por más singulares que fuesen, sobre todo, en lo que respecta a su papel destacable; la historia, que es un relato, pero, que vamos a utilizar como metáfora de lo que pretende el mismo relato histórico, ser una descripción de los acontecimientos sociales, no la hacen ni siquiera los hombres, como mencionaba Karl Marx en su famoso enunciado, bajo determinadas condiciones históricas, sino se trata de realizaciones de efectos masivos de acciones, asociaciones, composiciones, relaciones, de singularidades sociales, territoriales, ecológicas. Donde la paradoja del azar y necesidad se efectúa en el devenir constante e incontrolable del mundo efectivo.

Desde nuestra interpretación, hablando de Ernesto Guevara, el Che, inmiscuyéndonos en su biografía efectiva, nos parece, mas bien, un ejemplo del humanismo desenvuelto en sus propios avatares, dilemas y laberintos. El enunciado del hombre nuevo no puede ser sino un enunciado que emerge de las tradiciones humanistas y renacentistas. Sus gestos para con los soldados que lo combatían, muestran sus sentimientos e inclinaciones humanistas. Hasta podríamos decir que su concepción del socialismo era, mas bien, humanista. Que alguien contra-argumente y diga que el humanismo no puede ser violento, tiene una acepción del humanismo circunscrito a la utopías cristiana de los primeros tiempos, los del cristianismo colectivista del desierto. No se trata de debatir esta interpretación, sino de decir que es una entre muchas interpretaciones del humanismo. No olvidemos que el humanismo, como matriz histórico-cultural de la civilización moderna, ha dado lugar a las historias más cruentas de violencias desatadas, al mismo tiempo a las historias más prometedoras de utopías buscadas y realizadas a medias. Negarle este rasgo sobresaliente a Ernesto Guevara es caer en los prejuicios de los estratos discursivos que mencionamos.

Ingresando a los ámbitos histórico-políticos y de la guerra de guerrillas, lo que parece que hay que comparar analíticamente es el papel cumplido por el insigne guerrillero en la toma de Santa Clara en Cuba y el papel cumplido en la guerrilla en Bolivia, anticipada abruptamente y fracasada. En el primer caso, no se puede negar la audacia y la eficacia de la estrategia militar; en el segundo caso, asistimos a una guerrilla anticipada, atrapada en su premura, enfrentándose a un ejército que la perseguía y la emboscaba, en condiciones de escasez de armas, de logística, de apoyo. Lo que asombra en la derrota de la guerrilla es el diferimiento del tiempo, mientras perduró y resistió, el esfuerzo corporal y militar de los guerrilleros que sobrevivían a las emboscadas militares. Por último, la victoria frente al ejército, al gobierno y al Estado, del escape del grupo de guerrilleros donde se encontraba el Pombo; en lugar de ellos podía haberse encontrado el otro grupo, donde estaba el Che, que se refugió en la quebrada.

La diferencia de los papeles cumplidos radica no tanto en el hombre, el lo que podía haber cambiado, hipotéticamente, sino en el contexto, las condiciones y la coyuntura en la que se dieron los dos acontecimientos guerrilleros. En resumen, de una manera simple, con peligro de esquematización, empero, ilustrativa, se puede decir que en un caso había un pueblo dispuesto a combatir y realizar actos heroicos, en el otro caso no había tal pueblo, como ocurrió en la guerra civil de 1949 y en la revolución de 1952. El proletariado minero sindicalizado no tomó las minas, como corresponde cuando la guerra de guerrillas estalla; la izquierda solo donó algunos militantes, sin jugarse el todo por el todo como corresponde.

La guerrilla del Che en Bolivia no es ningún hito constitutivo, tampoco ninguna epopeya, sino es una de las gramáticas de la insurgencia continental, que se reitera desde los primeros alzamientos de la guerra anti-colonial, en distintos contextos, escenarios histórico-políticos-culturales, coyunturas en crisis. Debemos aprender de esta experiencia lo que somos, los pueblos del continente, lo que buscamos, lo que perdemos y ganamos, interpretar los recorridos de la guerrilla como escritura fáctica de pre-narrativas todavía indescifrables.

Ante el acontecer de acontecimientos insurgentes, en constante devenir y metamorfosis, las interpretaciones epopeicas y las descalificadoras aparecen como balbuceos circunstanciales y fugaces. Se trata de gritos de consciencias desdichadas, sujetos desgarrados, consciencias culpables, atiborradas de espíritu de venganza o, en su caso, de búsquedas de notoriedad al decir algunas otras banalidades más exultantes. El discurso del conservadurismo recalcitrante, que quiere convertir al Che en un asesino, en un sádico, que le gustaba matar, muestra sus miserias en el más descalabrado sentido. Quieren dar lecciones de moral, asentados en la herencia de la más descarnada elocuencia de la violencia y el terrorismo de Estado. Los voceros de este discurso extremadamente endémico y pueril se desnuda en su retórica sin recursos, plagada de prejuicios, odios y miedos insoslayables. Creen, que la experiencia barroca del populismo gobernante, denominado “gobierno progresista”, hace olvidar lo acontecido en lo que se viene en llamar la dramática historia política del país. Se equivocan enormemente, la experiencia inscrita en la corporeidad popular, son entramados de huellas hendidas, que sostienen la memoria social.

[1] Revisar de de Taibo II Ernesto Guevara también llamado Che; editorial S. A. Joaquin Mortiz.

También de Jorge G. Castañeda La vida en rojo. Alfaguara.

[2] Revisar de Jon Lee Anderson Che Guevara: Una Vida Revolucionaria; Anagrama.

[3] Revisar de Gary Prado Salmon Como capture al Che. Ediciones B, S. A.