Argentina y Brasil: los desgobiernos del capital financiero

Las elites políticas y económicas están divididas y nadie presenta objetivos creíbles que incluyan a toda la población



12/09/2018 :: ARGENTINA, BRASIL
Argentina y Brasil: los desgobiernos del capital financiero
x Raúl Zibechi
La Haine

Las elites políticas y económicas están divididas y nadie presenta objetivos creíbles que incluyan a toda la población

La fenomenal escalada del dólar de Argentina y el incendio del Museo Nacional en Río de Janeiro, pocas horas después de que un tribunal decidiera que Lula no puede ser candidato a la presidencia, muestran que los dos mayores países de Sudamérica marchan a la deriva.

Los hechos que configuraron esta coyuntura se acumularon en pocas horas. El 30 de agosto el dólar rozaba los 40 pesos en Argentina. Dos días antes había trepado a 32 pesos, lo que implica una devaluación del 25% en 48 horas. La moneda argentina comenzó el año con una cotización estable, de 18 pesos por dólar, para superar los 40 pesos a comienzos de setiembre. Lo más sorprendente es la rapidez de la devaluación (más del 100%) que se disparó a partir del mes de abril.

En Brasil, el 1 de setiembre el Tribunal Supremo Electoral anuló la candidatura de Lula y al día siguiente, en la noche del domingo 2 de septiembre, un incendió destruyó completamente el Museo Nacional en Río de janeiro. Una “catástrofe cultural”, como la denomina el editorial de El País (edición Brasil), fruto de “la incompetencia y la incapacidad del Estado brasileño para proteger su patrimonio científico y cultural”.

Las dos sociedades asisten atónitas a sucesos que las superan. Días después del incendio de la quinta mayor colección etnográfica y antropológica del mundo, los medios informaron que el presupuesto para lavar los coches de los diputados es más alto que el dedicado al museo incendiado. El desprestigio de los políticos es mayúsculo, agravado por el hecho de que el candidato más popular, que concita casi el 40% de los apoyos, no pueda competir porque fue procesado por lavado de dinero en un cuestionado juicio.

El prestigioso antropólogo Eduardo Viveiros de Castro destacó las relaciones entre el desastre cultural y el desastre político: “Se trata de la destrucción del ‘ground zero’, el lugar central que era símbolo de la génesis del país como nación independiente”. En efecto, ardieron la colección de etnología indígena, incluyendo la de varios pueblos desaparecidos, la enorme biblioteca de antropología, 20 millones de piezas y documentos, y Luzia, el fósil humano más antiguo de las Américas.

A partir de esta constatación, Viveiros traza un paralelismo entre la destrucción de la Amazonia para exportar soja y la destrucción de la memoria cultural del país, para concluir que Brasil naufraga sin proyecto histórico, sin objetivos como nación. Con la prohibición de Lula, la gobernabilidad queda cuestionada. Si el responsable inmediato del incendio es el Gobierno de Michel Temer, que recortó la mitad del presupuesto de cultura, la crisis general del país involucra a toda la sociedad, pero en particular a las elites económicas.

La elite industrial de Brasil recibió a todos los candidatos para que expusieran su programa, convidados por la Confederación Nacional de la Industria en junio pasado. El más aplaudido fue el ultraderechista Jair Bolsonaro, que confesó no saber nada de economía, pero dijo que colocaría militares en los ministerios, que derribaría la estatua del Che Guevara en la casa de Gobierno y se quejó de que ya no se puedan hacer chistes racistas sobre los negros (52% de la población) por no ser políticamente correcto.

El fracaso de Mauricio Macri en la que prometió sería su área mejor gestionada, la economía, se hizo evidente esta semana cuando ni el apoyo explícito de Donald Trump, ni del FMI, frenaron la escalada del dólar. Una subida que se profundizó a pesar de que el Banco Central sigue quemando reservas, con picos de hasta 1.300 y 350 millones de dólares en un día para contener el alza. El riesgo país sigue subiendo y se acerca a los 800 puntos, más del doble de Brasil y cuatro veces el de Uruguay.

El nuevo ajuste, que se superpone a la impresionante alza de los precios de los servicios básicos, fue apoyada por el sector financiero que aún lo considera insuficiente. Pero la crisis financiera se traslada al conjunto de la economía (con caídas de casi dos dígitos en la producción y alza descontrolada de precios) y de inmediato, a la esfera política.

“El programa anunciado, en general, es positivo”, declaró un CEO de Credit Suisse a La Nación. “Pero las preocupaciones sobre el alcance de la recesión, la política y sus riesgos de implementación mantendrán los ánimos de los inversores bajos en los próximos meses”, añadió. En lo que va de 2018, la fuga de capitales trepó a 20.000 millones de dólares y está a punto de superar el récord que estableció el Gobierno de Cristina Fernández durante la crisis con el agro en 2008.

La tasa de interés al 60% disloca cualquier proyecto económico.

Argentina y Brasil comparten algunos problemas básicos que agravan la crisis que sufre buena parte de la población.

El primero es la incertidumbre. En Brasil hay elecciones presidenciales en octubre y en Argentina en un año. Nadie tiene la menor idea de quién puede vencer. Impedido Lula, es improbable que triunfe Bolsonaro.

Algunos sectores de las elites prefieren a Geraldo Alckmin, del partido de la socialdemocracia, muy quemado por su gestión privatizadora en los 90 y con escaso arraigo popular. En Argentina suena improbable el retorno del kirchnerismo luego de la difusión de los “cuadernos de las coimas”, que delatan una escandalosa corrupción de los gobiernos de Néstor Kirchner y Fernández.

Lo cierto es que las elites políticas y económicas están divididas y nadie presenta objetivos creíbles que incluyan a toda la población.

La segunda cuestión en común es que los gobiernos de Macri y Temer se han alineado con EEUU. Wall Street se inclina por Bolsonaro porque piensa privatizar Petrobras que fue la cuarta petrolera del mundo. Con Temer se produjo la fusión de Embraer con Boeing, facilitando el aterrizaje de los intereses del capital estadounidense. El acuerdo de Argentina con el FMI, que prometió liberar 50.000 millones de dólares en los próximos años para estabilizar las finanzas, la convierte en el país más endeudado con el ente financiero y, por lo tanto, con mayor dependencia política.

Por último, la inestabilidad será, en los próximos meses y tal vez años, la seña de identidad de una región vapuleada por la incapacidad de sus dirigentes de poner en pie proyectos de largo aliento. Hasta que no se resuelva la crisis política, no habrá crecimiento económico equitativo ni paz social.

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