La crónica de nuestro tiempo debe ser escrita una y mil veces

Fernando Butazzoni nació en Montevideo en 1953 y fue un militante de la guerrilla urbana de los Tupamaros en Uruguay. Cuando pasó al exilio participó como voluntario internacional en el Frente Sandinista de Nicaragua que acabó con la dictadura de Somoza en 1979.
La ignorancia, el aislamiento, la falta de relaciones hacen que las personas se vuelvan más amargas y hacen el mundo más violento y preocupado. La cultura es útil en el sentido que nos hace pensar, algo poco habitual en los tiempos que corren. Solo tienes que mirar los presidentes que tenemos: Trump, Putin, Rajoy, Maduro, Ortega… parece el elenco del “Planeta de los Simios”.



“La crónica de nuestro tiempo debe ser escrita una y mil veces”
El escritor Fernando Butazzoni fue militante de la guerrilla de Uruguay, los Tupamaros, y participó en el derrocamiento del dictador Somoza de Nicaragua durante la Revolución Sandinista. Hoy, tras volver de su exilio, vive de nuevo en su ciudad natal

Orsola Casagrande - José Miguel Arrugaeta
ANF
miércoles, 21 nov 2018, 09:40

Fernando Butazzoni nació en Montevideo en 1953 y fue un militante de la guerrilla urbana de los Tupamaros en Uruguay. Cuando pasó al exilio participó como voluntario internacional en el Frente Sandinista de Nicaragua que acabó con la dictadura de Somoza en 1979.

Su carrera literaria comenzó en ese mismo año con el premio que le otorgó la Casa de las Américas de Cuba. En 2014 ganaría también el Premio Nacional de Literatura de Uruguay, Bortolomé Hidalgo, por su monumental obra, la novela histórica “Las cenizas del Cóndor”. Actualmente vive de nuevo en su ciudad natal.

¿Cómo fue tu infancia en Montevideo?

Nací en Montevideo, en una época en que la ciudad era como un pueblo grande, elegante y de estilo europeo, pero aún así como un pueblo. Mi abuelo materno era un vendedor ambulante de verduras y yo recorría con él las calles de la ciudad. Este recuerdo es un buen resumen de lo que fue mi infancia, una infancia de aguda pobreza, pero también lleno de diversión y aventuras. Fue una época maravillosa. En cuanto a mi juventud, un hecho crucial fue mi arresto cuando tenía 16 años por participar en una manifestación. Las palizas, los gases lacrimógenos y la cárcel hicieron que me diera cuenta de cómo funcionaban las cosas. Trabajaba durante el día y estudiaba de noche. Veía las injusticias y además era un chaval inquieto.


¿Qué leías en aquella época?


Cuando tenía 7 años contraje la hepatitis. En casa no teníamos televisión. ¡No creo que hubiese ni una en todo Uruguay! Así que me dieron revistas y libros para niños. Y de esa manera comencé a leer, con uno de los libros de la colección de Robin Hood. A partir de ahí devoraba los libros: Defoe, Dickens, Hope y otros. Y luego cayó en mis manos ‘Bomba, el chico de la jungla’, que era una serie de libros de aventuras escritas por un tal Roy Rockwood, que de hecho era el pseudónimo de un editor que se dedicaba a escribir libros infantiles. De esta manera, también entré en contacto, ya desde niño, con el negocio de la publicación. Estoy muy agradecido a este editor porque desde ese momento nunca dejé de leer y creo que leer es una de las mejores ocupaciones que un ser humano pueda tener.

Vayamos hacia delante. Cuéntenos sobre sus primeros años de militancia, primero en los Tupamaros.


Me uní al MLN en medio de un clima de gran agitación social en Uruguay, con represión en las calles, presos políticos, opositores perseguidos y en muchos casos asesinatos, el gobierno solo sabía escucharse a sí mismo. Yo era un niño y este gobierno nos acusaba a todos de ser una minoría y de formar parte de una conspiración internacional para derrocarlo, evidentemente con ayuda y financiación exterior. Todo era falso, pero ese era el ambiente. Pacheco Areco no era técnicamente un dictador, pero sí era despótico, un autoritario que manipulaba la constitución a su gusto. Este es el origen de mi militancia tupamara, que acabó el 15 de marzo en 1985, el día en que el último de los presos políticos de la dictadura salió de prisión.

¿Y Nicaragua durante la Revolución Sandinista?


Nicaragua tiene más que ver con un compromiso solidario más maduro y responsable. La tiranía de Nicaragua no era solo la más vieja de América Latina, sino también la más cruel. Era algo casi gótico: celdas de aislamiento, torturas, personas lanzadas a los leones. Y seamos claros, no se trata de una metáfora. He visto jaulas de leones en el Chipote con huesos humanos. Derrocar a la dictadura, volver a crear las instituciones y convocar elecciones generales me parecía un manifiesto de lucha perfecto. 


¿Cuál es el valor de la militancia hoy en día? En el sentido más amplio del término.

El valor de la verdad. Este es uno de los grandes problemas que tenemos con la militancia. Es fuente de conflicto, divisiones y luchas. No hay debate porque no hay autocrítica. Sucedió entre los militantes comunistas europeos y sucede hoy en día con las militantes de izquierdas de América Latina. No hay debate de calidad por que no hay una aproximación genuinamente colectiva a la verdad. Hay análisis de la realidad, pero la verdad es diferente de la realidad. En muchos idiomas verdad y realidad son sinónimos, pero no deberían de serlo. La verdad de los hechos no es aristotélica. Nietzsche escribió en una de sus cartas: “no existen los hechos solo las interpretaciones”. Exageraba, sin embargo, es una declaración que sirve para mostrar que no todo nace y muere en Aristóteles. De la misma manera no todo nace y muere en Marx. Una sociedad comunista es una utopía porque es antidialéctica: su advenimiento supondría un congelamiento, una eliminación del conflicto y los antagonismos sociales son los verdaderos motores de la historia tal como enseña precisamente Marx.

Managua, 19 de julio de 1979: Los sandinistas toman la capital. ¿Cómo recuerdas esos días?

Recuerdo las miradas de las personas, libres y sin miedo. Era emocionante ver a todas esas personas celebrar en las calles, cantando y bailando sin miedo. La ciudad estaba devastada. Todavía había cuerpos en las calles, barricadas humeantes. No había electricidad ni comida. Habían sido cuatro o cinco días de pesadilla, pero al mismo tiempo de una enorme felicidad. En el aire lo que se podía respirar era la libertad. Es un aroma inconfundible, lo recuerdo perfectamente.

¿Cómo evalúas la situación actual en la región?

La veo de forma crítica. El proyecto de la izquierda no va a ninguna parte diferente al de la derecha: capitalismo, más o menos salvaje o cívico, más o menos democrático, más o menos humanitario. En muchos casos, entre otras cosas, hay procesos políticos y lideres que se consideran a si mismos de izquierdas pero que me recuerdan mucho a Jorge Pacheco Areco, que era de derechas. La izquierda latino americana casi no reflexiona. Más que ideas, lo que circula son intentos de un antiimperialismo más bien primario, tan entusiasta como infantil.

La izquierda parece incapaz de producir verdaderas alternativas al capitalismo sumido en una crisis estructural pero que mantiene su fiereza…

Tengo un problema: siempre he sido de izquierdas pero disfuncional, atípico, heterodoxo. En 1990 condené con contundencia al gobierno de Cuba y el giro de que tomó la Revolución, me acarreó la condena de una parte de la izquierda. En 2003, aquellos que me condenaron dispararon contra Fidel Castro y yo apoyé a Cuba y esto supuso que los intelectuales de derechas me atacaran. Ahora, han pasado años y sostengo que Ortega no es ni sandinista ni existe una revolución en Venezuela. Todo el mundo me mira raro. Pero sí, creo que la izquierda no ha generado alternativas validas al capitalismo. El proyecto soviético fracasó, el proyecto cubano fracasó, la única cosa que nos queda es reconstruir una alternativa, pero esto requiere de décadas y será la obra de las generaciones venideras, que esperemos aprendan de nuestros errores.

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

No podía hacer otra cosa. Estaba exiliado, en una especie de doble exilio: exiliado en Cuba y dentro de Cuba, estaba ‘exiliado’ como Holguin, a unos 800 km de La Habana, donde estaban la mayoría de mis compañeros combatientes. Así que me dije a mi mismo: ‘empecemos a contar historias’. Escribí unas pocas historias y las envié al Premio de la Casa de las Américas y gané la lotería. Me dieron el premio en 1979. Poco después, fui a Nicaragua para la ofensiva final en el frente sur.

¿Cuál consideras que fue tu influencia cultural general?

La Casa de las Américas, en primer lugar. Fui afortunado y pude trabajar ahí unos cuantos años a principios de los 80. Era como una central de estudios de alta cultura. Ahí conocí a la crema y nata de la cultura de América Latina, tuve una relación cercana con la mayoría de los más importantes creadores de la época, desde Le Parc a Cortazar. Y tuve mucha cercanía con Fernández Retamar, que fue una fuente de conocimiento y permanente diversión. También había libros, novelas que me marcaron, y el ballet. Fui y soy un gran entusiasta del ballet. Del baile clásico aprendí una cosa simple pero poderosa que me ayudó mucho en mi escritura: la belleza es la consecuencia del adecuado funcionamiento de un cierto mecanismo artístico. No es la causa, sino la consecuencia. La literatura es igual: la poesía de Borges es preciosa porque funciona perfectamente. Lo mismo se puede decir de ‘Cien años de Soledad’ o de ‘El Viejo y el Mar’. Por otro lado soy un admirador de los fundadores de lo que se conoce como ‘Nuevo Periodismo’. Los fundadores fueron Gabriel García Márquez, Jorge Vasetti y Carlos María Gutiérrez. Los otros, Capote por ejemplo, vinieron después. Los verdaderos inventores de la mezcla entre la ficción narrativa y el periodismo fueron esos tres.

¿Cómo escribes?

Básicamente, todo lo que sucede en mi vida desde las 07:00 hasta las 17:00 es trabajo, incluso cuando tengo alguna reunión o voy a caminar con mis nietos, o conversó con Lucy, mi esposa, sobre esto o aquello. Esto significa que todo lo que sucede, de una manera u otra, acaba en una olla, y forma parte del estofado. Entonces viene la escritura. Afortunadamente, es un proceso que no conozco exactamente como se produce. Nunca he querido deconstruir este aparato por miedo a no saber como volver a montarlo.

¿Cuáles son los elementos más importantes de tu escritura?

Todo está relacionado con todo. Cuando una historia no funciona es porque hay algo que no encaja bien con ese mecanismo. La historia y los personajes son dos caras de la misma moneda: no hay una sin la otra. Luego está el tono, la paleta de colores con la que trabajas. Y la aproximación, que para mí es muy importante. Por ponerlo en lenguaje cinematográfico: ¿dónde pones la cámara? En ese sentido, algunas cosas aparecerán en la imagen y otras no serán vistas. En una buena historia, no se describe casi nada. Está ahí pero no se cuenta. Es la vieja teoría del iceberg de Hemingway. No quiero confundir al lector con ‘varias cámaras’. Si hay un marco que funciona, pues bien. Esa es la que se usa. Claramente todo es literatura, es decir, palabras. Has de escogerlas con cuidado, porque cada palabra es sagrada y tiene un valor extraordinario. Los libros pueden arruinarse debido a que el autor ha hecho una selección mediocre de algunas pocas palabras. Siempre recuerdo la frase de ‘los ratones presuntuosos’ en una de las primeras novelas de Faulkner. ¡Era Faulkner por amor de dios! Claro, yo lo leí ya cuando Faulkner se había convertido en un gran escritor, y había ganado el premio Nobel. Pero en cualquier caso, una frase como esa puede arruinar una historia. ¿Ratones presuntuosos? ¿Quién puede escribir una frase tan horrible? Bueno, Faulkner.

¿Te sientes parte de una generación literaria?

Sí, sí. Pero no se cual de ellas. No es una cuestión de nacionalidad o geografía. Hay algo de ello, pero está más relacionado con un espíritu rebelde, de sentirse parte de un universo latino americano, más una forma de concebir la literatura, no solo como una esplendida forma de entretenimiento, sino también como una forma de ver y explicar el mundo en el que vives. Es una generación complicada de definir y delimitar, pero existe, no hay duda.

¿Cómo evalúas la literatura contemporánea de Uruguay?

Los jóvenes me emocionan. Hay muchas autoras buenas y algunos hombres jóvenes también. Uno de los problemas es que la literatura uruguaya es un poco endogámica. En este aspecto, creo que somos un poco cerrados y acabamos por crear productos con una especie de tara que son el resultado de esta endogamia: te leo y tú me lees a mi. Como decía Gelman: “Dios mío/ que hermosos que somos”.

Hablemos de Las Cenizas del Cóndor. ¿Cómo surgió la idea de este libro?

Tal como explico en el libro. Dirigía uno de los programas de periodismo más importantes de esa época en Uruguay. Digamos que era una especie de ‘estrella’ del periodismo. Un día, un chico me pidió ayuda. Me dijo que creía que era el hijo de un desaparecido. Mi único mérito literario era periodístico: buscar y tirar del hilo con paciencia hasta desenmarañar el ovillo, que en este caso fueron dos. Porque el chico me pidió ayuda, pero al final no era lo que él creía. Todo era diferente o al menos más embrollado. Más increíble y más doloroso.

Diez años de trabajo…

Sí, porque mis fuentes tardaron un tiempo antes de aceptarme, de confiar en mi y contarme sus historias. Después tenía que corroborarlas y para ello tenía que referirme a otras fuentes, y luego a otra y a otra… Y la guinda del pastel fue encajar el personaje de Katia Liejman en esta historia. No se trataba solo de encontrarla sino también de darle plausibilidad, porque, incluso para mí, la historia de Katia, una espía del KGB desaparecida en Buenos Aires, parecía poco realista. Pero no solo era realista sino real.

Este libro presenta toda una era, la del Plan Cóndor, las conexiones entre dictaduras… ¿Por qué es tan importante reconstruir este periodo tan duro y violento?

La memoria. La crónica de nuestros tiempo debe ser escrita y no solo una sino miles de veces. Tiene que ser revisada y escrita una y otra vez. Cada día salen a la luz nuevos documentos y estos no solo alumbran nuevos elementos, sino que cambian la perspectiva. Digamos que hasta hace poco, conocíamos lo acontecido a través de los hechos. Ahora podemos ver esta realidad a través de la verdad.

En este libro hay una “parte italiana”, relacionada con el neo-fascismo, con Gladio, con Borghese… ¿Cómo te acercaste a la conexión italiana?

Licio Gelli, el factótum italiano de Gladio, tiene muchas conexiones con Uruguay. Digamos que ha tenido relaciones íntimas. Una de estas relaciones apunta a Umberto Ortolani. Su banquero favorito, el cual vivió en Uruguay. El hijo de Gelli, entre otras cosas, es hoy embajador de Nicaragua en Uruguay. ¿Cómo te quedas? Y entonces están los hechos, la verdad de los hechos: Valerio Borghese se reunió con Pinochet y Delle Chiaie estuvo en Chile y Buenos Aires en ese periodo. Eran del Gladio. Debo señalar que hay mucha información muy importante sobre esto, especialmente actas y resoluciones del parlamento italiano, el parlamento belga y la justicia de Roma. Tuve que leer todo ese material, con dificultad, ya que el francés no es mi lengua. Esa es otra razón por la que me llevó tanto tiempo escribir el libro: las resoluciones. Debo de haberme leído alrededor de 12.000 o 14.000 páginas de resoluciones. Ahora tengo todo escaneado y digitalizado, sino Lucy me mataría.

Un libro que es una novela pero al mismo tiempo un análisis detallado y una investigación que trata de mantener la tensión constantemente…

Volvemos a los tres grandes maestros: García Márquez, Masetti y Gutiérrez. El periodismo investigativo es, o puede ser, literatura y esto ofrece algunas posibilidades en términos narrativos. Ya en 1984, cuando la primera versión de ‘El tigre y la nieve” fue escrita podías ver esta idea. El periodista y el escritor de ficción eran la misma persona. Me preguntaron: ¿es esto ficción? ¿un reportaje? Y la respuesta que dí fue esta: ¿a quién le importa? Me encanta la etiqueta novela, pero en general las etiquetas no tienen mucha utilidad, excepto para no equivocarte de medicación.

¿Crees que hay una desmemoria selectiva sobre ese periodo? ¿Hasta que punto se ha hecho justicia?

La memoria selectiva es una tendencia natural de la sociedad y los pueblos. En nuestro caso esta tendencia ha sido fortalecida por un sermón repetido durante años que tenía por objetivo insertar miedo. En cualquier caso, las sociedades no son solo los gobiernos, ni el ejército ni los partidos políticos. Hay muchos factores que interactúan. En Uruguay tuvimos dos plebiscitos para derogar las leyes que daban impunidad a los violadores de derechos humanos. Perdimos ambas veces. La justicia ha llegado con cuentagotas, así como la reconciliación. Hay profesionales del odio y no quieren justicia ni reconciliación. Pero la falta de progreso en términos de justicia es responsabilidad de toda la sociedad uruguaya. Es muy conveniente culpar al ejército, cuando en realidad todos nosotros, de una forma u otra, debemos asumir responsabilidades, acciones, omisiones, indolencia y cobardía.

En este sentido, Colombia está actualmente intentando implementar un proceso de paz en el que el concepto de ‘reconciliación’ es uno de los factores cruciales para su éxito. ¿Hasta que punto será este proceso diferente al que se ha experimentado en el sur del continente?

La clave es que han pasado muchos años. Los colombianos se miran en el espejo de las experiencias de Argentina, Uruguay, Chile, etc. Prácticamente de todo el continente. Cada proceso es particular y no conozco en detalle el caso colombiano. Pero, yo, que luché en una guerra, creo que la paz es el objetivo más loable de todos.

En un mundo en el que la identidad parece sumida en una crisis profunda ¿cómo redefinimos y reclamamos este concepto? ¿Qué significa la identidad para ti?

La identidad es la habilidad y la posibilidad de ser consciente de quien eres, de encontrarte a ti mismo en cualquier lugar. Es un concepto íntimamente relacionado con la libertad. Ser libre es tener identidad. Y tener identidad es básicamente ser libre. Cada vez considero más irracional tratar de limitar las libertades individuales. Esta es mi identidad: la libertad.

¿Qué te parecen los conflictos armados de la actualidad que parecen tratar de destruir culturas y aniquilar minorías?

Bueno, mi respuesta será necesariamente disfuncional, porque como he dicho, así es como soy yo. Un ejemplo es el conflicto árabe-israelí. Es cierto que los palestinos tienen el derecho de crear un estado, su estado. Al mismo tiempo los judíos son una minoría en Oriente Medio y han afrontado guerras de mayor o menor intensidad durante años, guerras cuyo objetivo declarado era borrarles del mapa. Personalmente creo que la minoría judía tiene derecho a existir y no podemos permitir que la cultura judía sea perseguida o eliminada por una amplia mayoría de creyentes musulmanes. Es solo un ejemplo, pero muestra que debemos defender al más débil. Es claro que el actual gobierno israelí es lo peor que le ha podido suceder a la región. Netanyahu va por ahí con un bidón de gasolina en medio de un incendio. Pero los gobiernos van y vienen (o al menos así debería de ser). Los pueblos como el palestino, el israelí, el sirio o el iraquí, son los que más sufren el declive de la hegemonía. Defender a las minorías a capa y espada es defender la diversidad, no solo a los que están en mi bando. Hay que defender a las personas que son sexual o intelectualmente diferentes, a aquellos que dicen no, o a aquellos que piensan diferente.

¿Qué papel juega la cultura en la resolución de conflictos?

Creo que puede jugar un papel en la prevención del conflicto. La cultura es relación. Acerca y une a las personas. La ignorancia, el aislamiento, la falta de relaciones hacen que las personas se vuelvan más amargas y hacen el mundo más violento y preocupado. La cultura es útil en el sentido que nos hace pensar, algo poco habitual en los tiempos que corren. Solo tienes que mirar los presidentes que tenemos: Trump, Putin, Rajoy, Maduro, Ortega… parece el elenco del “Planeta de los Simios”. La lista, que podría ser más larga, está compuesta por presidentes que en cualquier caso han sido elegidos por sus ciudadanos. No habla muy bien de nosotros como votantes y ciudadanos.