México: Profundizando las causas de la distancia y el choque entre el flamante presidente López Obrador y el zapatismo

Asumir que la Cuarta Transformación tendrá el mismo calado que la Independencia, la Reforma y la Revolución, tal vez sea albergar demasiadas esperanzas en un proyecto continuista, aunque socialdemócrata.



25 años del EZLN
Carlos Soledad*
La Jornada
3 enero 2019

El EZLN y su proyecto político cumplen 35 años, 10 en la clandestinidad y 25 de haberse levantado en armas contra el gobierno mexicano y contra el neoliberalismo. El primero de enero de 1994 sacudió al mundo el neozapatismo, la primera guerrilla transmoderna, o dicho de otra manera, anticapitalista, anticolonial y patriarcal, la cual planteó un movimiento de transformación basado en la construcción de alternativas desde la retaguardia y no desde la vanguardia, como postulan los movimientos de filiación marxista. El zapatismo armado nació para desaparecer. Los indígenas mexicanos se taparon el rostro para que los vieran. Las y los rebeldes irrumpieron para pelear la guerra contra el olvido.

El ¡ya basta! zapatista se repitió el primero de julio, cuando en las urnas, el pueblo mexicano dio la victoria presidencial a Andrés Manuel López Obrador, indiscutible líder del partido Morena. Aunque legítimas las esperanzas que arropa el proyecto de transformación lopezobradorista en muchas personas, hemos de reconocer que en lo profundo, su llegada al poder representa una respuesta al hastío generalizado contra el PRI-PAN-PRD, cuyo proyecto neoliberal y militar dejó al país hundido en un contexto de terror con cifras escalofriantes de muertes y desaparecidos.

Los análisis de Javier Hernández Alpízar (https://goo.gl/kgUBpr) y de Gilberto López y Rivas (https://goo.gl/6ih9fr) son esenciales para entender las grandes distancias que separan al proyecto zapatista y a la Cuarta Transformación. López Obrador apuesta por un proyecto de gobierno, ideológicamente socialdemócrata, en el que la palanca de desarrollo sea la lucha contra la corrupción. Confía en el mercado como mecanismo para generar riqueza y en el Estado como garante de la distribución de los beneficios.

Con base en esta lógica ideológica, Morena recae en constantes contradicciones. Por un lado, planea obtener con su programa de austeridad, los recursos necesarios para impulsar su Cuarta Transformación, sin cuestionar la explotación de los de más abajo y, por otro lado, aunque se declara antineoliberal, ha asegurado que impulsará las zonas económicas especiales, auténticos paraísos del capitalismo salvaje. Además, promoverá megaproyectos extractivistas con base en inversiones nacionales e internacionales. Por ejemplo, recién su gobierno anunció la construcción de una gran planta de Nestlé en Veracruz, en contra de los intereses de los cafetaleros locales (https://goo.gl/M3SKK2). Parece que impondrá el Tren Maya, a pesar de las resistencias de los pueblos indígenas y además está desarrollando la Guardia Nacional que continuará el proceso de militarización en el país y que podrá ser usada en contra de las resistencias a los megaproyectos, como ha señalado el profesor Carlos Fazio (https://goo.gl/ZBqzTw). Por tanto, asumir que la Cuarta Transformación tendrá el mismo calado que la Independencia, la Reforma y la Revolución, tal vez sea albergar demasiadas esperanzas en un proyecto continuista, aunque socialdemócrata.

Las y los zapatistas irrumpieron hace 25 años en un Chiapas en pleno proceso de colonización, donde las niñas y niños se morían y se siguen muriendo de desnutrición y por falta de medicamentos. Basta recordar que mientras leemos este artículo, mil 237 personas del poblado de Chalchihuitán se encuentran desplazados de sus comunidades por conflictos armados por tierras (https://goo.gl/LCFNky). Aunque el proyecto zapatista ha ido madurando y afinándose con el tiempo, desde el principio lucha por crear un mundo nuevo, abajo y a la izquierda, y es eso lo que han venido haciendo desde entonces. Se trata de una apuesta firme por la defensa del territorio. Plantea ante todo, un proyecto de democracia radical y de respeto a la madre tierra, un mundo donde quepan muchos mundos.

No se trata sólo de que AMLO, incluyera a Esteban Moctezuma como secretario de Educación, quien realizó labores de contrainsurgencia y persecución a la comandancia zapatista durante el proceso de los acuerdos de San Andrés en 1998. Las diferencias de proyecto son insalvables. El zapatismo forma parte de un proceso mucho más amplio de transformación. Se trata de una apuesta clara de defensa de un modelo alternativo ante la crisis civilizatoria por la que atravesamos. Es un proyecto culturalmente crítico con la modernidad occidental, de corte capitalista, colonial y patriarcal. El EZLN forma parte de los movimientos sociales y políticos del México profundo, como el Congreso Nacional Indígena, que busca poner nuestra matriz mesoamericana en el centro. De ver a Occidente desde nuestras comunidades, de continuar con el proceso de descolonización y de ejercer los principios del mandar obedeciendo.

Con más de 525 años de resistencia, el México de abajo, el México profundo continúa la misma lucha de descolonización. El primero de enero de 1994 inició la verdadera transformación, el cambio de era, de paradigma; lamentablemente, la ceguera de la izquierda institucional es tan profunda que difícilmente se sumará a ella.

* Sociólogo especialista en migración
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El neoliberalismo que continúa con AMLO
Javier Hernández Alpízar
2 julio 2018 18
Desinformémonos

Es legítimo que las personas que votaron por López Obrador celebren su triunfo, en la tercera postulación de su candidato y tras superar al menos un fraude seguro en 2006 y una “imposición”, como calificaron la elección de 2012. Es legítima la celebración masiva del hartazgo contra los gobiernos priistas, panistas y perredistas, corresponsables de dos sexenios de muerte, violencia, terror, despojo y depauperización contra el pueblo mexicano. Sin embargo, es falsa la expectativa de que con este triunfo ha ganado una “izquierda” y falsa la idea de que “se van” PRI, PAN y PRD. La realidad es muy otra y no podemos ocultarla bajo la estela de euforia por el triunfo reconocido desde el inicio del conteo de votaciones por el sistema, en voz de los candidatos de los partidos derrotados.

Para saber si un proyecto de gobierno será violador de derechos humanos basta con verlo sobre el papel: el neoliberalismo es violador de derechos humanos porque bajo las palabras “inversión”, “desarrollo”, “eficiencia”, “infraestructura”, se esconde la realidad de un modelo de desarrollo depredador del medio ambiente y causa de despojo, desplazamiento de poblaciones (especial, pero no únicamente, rurales y sobre todo indígenas), explotación de los trabajadores, represión de las protestas, luchas y resistencias en defensa del territorio, los recursos locales, los derechos humanos, y un nefasto etcétera.

Esta política los mexicanos la conocemos porque la hemos vivido desde el sexenio de Miguel de la Madrid a la fecha, es decir de 1982 a 2018: 32 años de neoliberalismo que han dejado, especialmente en los recientes 12 años, miles de muertos, desaparecidos y la destrucción de la economía local y el despojo muchos de los recursos del territorio y del pueblo mexicano.

A pesar de que López Obrador mismo y especialmente su brazo derecho, ya confirmado como su coordinador de gabinete, Alfonso Romo, han declarado explícitamente que el neoliberalismo continuará, hay una falsa expectativa y hasta una ilusión de que esto no es así y de que habrá una política diferente: en el imaginario social, el estado de bienestar de los años sesentas y principios de los setenta.

En su discurso del triunfo, López Obrador expresó claramente que la política neoliberal continuará, con palabras que podrían haber sido las de cualquier otro candidato, todos neoliberales:

“Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución.

“En materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros.”[1]

Dejando de lado la promesa de “libertad de creencias” (la cual no tendría por qué prometerse porque en México existe legal y realmente, pero que aquí es un guiño a sus aliados evangélicos del derechista Partido Encuentro Social), están ahí los elementos esenciales del neoliberalismo: libertad empresarial, autonomía del Banco de México, disciplina financiera y fiscal. Es obvio que nadie espera que se desconozcan los compromisos con bancos, pero la continuidad del neoliberalismo está expresada en los términos que la desean los grandes empresarios mexicanos y extranjeros y no son diferentes a un discurso de De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox o Peña.

De manera aún más clara que Obrador, si tal es posible, su coordinador de gabinete y uno de los autores de su Plan de Nación, Alfonso Romo, ha expresado así, dirigiéndose deliberadamente a los empresarios, la garantía de continuidad del neoliberalismo y del modelo de desarrollo de los últimos 32 años:

“Los empresarios piden responsabilidad financiera y se les vas a cumplir más de lo que creen”, declaró Romo, en entrevista con Forbes México. “Tenemos que dar toda la certeza. Se necesita mucha inversión. Tenemos que darle todos los elementos para que los empresarios mexicanos se queden y los extranjeros vengan a México”.

El reportero de Forbes preguntó a Romo si apoyarían las Zonas Económicas Especiales y recibió por respuesta: “Quizá las hagamos más grandes. Todo. Chiapas, Oaxaca, Guerrero. ¿Qué dejas fuera? No puedes dejar nada fuera”.[2]

Las Zonas Económicas Especiales, que pueden llamarse también “polos de desarrollo”, son enclaves de desarrollo colonizador: “Una zona económica especial (ZEE) es un área geográfica delimitada que ofrece un entorno de negocios excepcional con el objetivo de incentivar la inversión en dicha zona, teniendo miras a industrializarla

“Busca hacer altamente competitivas a las empresas que operan en ellas, mediante medidas que suelen incluir incentivos fiscales, facilidades al comercio exterior, beneficios aduaneros, un marco regulatorio ágil y desarrollo de infraestructura.”

El modelo de desarrollo de estas Zonas Económicas Especiales es depredador del medio ambiente y colonizador; amenaza con el despojo y el desplazamiento a comunidades urbanas, rurales, indígenas y especialmente a los estados más pobres (en lenguaje desarrollista y neoliberal “atrasados”) como Chiapas, Oaxaca y Guerrero. Probablemente AMLO cambie de nombre al modelo, pero éste no dejará de ser violador de derechos humanos individuales y colectivos. Además, otorga todos los beneficios a las empresas inversoras: incentivos fiscales, facilidades al comercio exterior, beneficios aduaneros, un marco regulatorio ágil y desarrollo de infraestructura. Este último incentivo, desarrollo de infraestructura, implica megaproyectos destructores del territorio y el tejido social como el Aeropuerto en Texcoco, carreteras, extractivismo, presas y represas; entre otros, uno muy prometido por AMLO en diversas candidaturas anteriores: el corredor Coatzacoalcos- Salina Cruz, que conecta, para servicio de los capitales y mercancías, dos puertos marítimos, y atraviesa muchas comunidades que serán afectadas; asimismo, el extractivismo minero, canadiense y otros, que AMLO ha dicho que seguirá permitiendo, pese a que se comporta de manera criminal, como lo saben los opositores a proyectos mineros. Si revive su proyecto de un tren de alta velocidad entre México y Centroamérica, prometido en campañas anteriores, tendría que afectar a comunidades indígenas chiapanecas, incluidas las zapatistas. Ningún gobierno de izquierda ha logrado un modelo alternativo de desarrollo al industrializador, y el del proyecto de la “izquierda” mexicana no es la excepción.

El modelo de desarrollo depredador está representado en el gabinete de López Obrador por personajes como Víctor Villalobos, defensor de la Ley de Bioseguridad, aprobada en favor de empresas promotoras de transgénicos como Monsanto, Pionner y Syngenta.[3] Un académico que apoyó a Obrador por años, Víctor M. Toledo, prácticamente rompió con él por este nombramiento y criticó acremente así a ese proyecto: “Ello convierte a Morena en un partido que posee una piel de oveja con un cerebro de lobo”.[4] En países como Argentina, que ha padecido los monocultivos de soya (soja) transgénica y sus agrotóxicos, saben que tener en un gobierno a promotores de esas empresas no es nada inocuo, como tampoco lo es tener un gobierno promotor de la minería.

Cada miembro del gabinete propuesto por López Obrador es una garantía de la continuidad del neoliberalismo, pero podemos destacar uno de los más polémicos, su titular de Educación, el ex secretario de gobernación y de desarrollo social de Zedillo, Esteban Moctezuma Barragán, quien fue presidente de la Fundación de TV Azteca y, anteriormente, parte de la contrainsurgencia antizapatista de Zedillo.

Algunos han tratado de limpiar su imagen del manchón de haber formado parte de una trampa a la dirigencia del EZLN que estaba citada a dialogar con él como titular de Gobernación mientras Zedillo ordenaba a los militares detenerlos. La trampa no funcionó y el desprestigio de Zedillo y su estrategia obligó a sacrificar la cabeza de Moctezuma haciéndolo renunciar, pero no fue una ruptura con Zedillo, porque en ese mismo sexenio regresó a la oficina de Desarrollo Social, que también hace contrainsurgencia mediante dádivas llamadas “programas sociales”.

El argumento de los defensores de Obrador es que, si bien es neoliberal, atacará la corrupción: Esta es una vieja y falaz concepción de la derecha: se puede mejorar el funcionamiento del sistema capitalista neoliberal atacando solamente la corrupción, pero sin tocar los intereses de los capitales.

López Obrador dijo en su discurso del triunfo: “Bajo ninguna circunstancia, el próximo Presidente de la República permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez por la casa empieza.

“Todo lo ahorrado por el combate a la corrupción y por abolir los privilegios, se destinará a impulsar el desarrollo del país. No habrá necesidad de aumentar impuestos en términos reales ni endeudar al país. Tampoco habrá gasolinazos. Bajará el gasto corriente y aumentará la inversión pública para impulsar actividades productivas y crear empleos.”

Suena muy bien acabar con la corrupción, pero el problema es que no suena verosímil cuando AMLO está rodeado de personajes como Elba Esther Gordillo y sus operadores, o como Napoleón Gómez Urrutia, quien todo parece indicar que será operador de los intereses de las mineras canadienses en México. Más bien hace recordar que no acabó con la corrupción en su gobierno de la Ciudad de México, y el recuerdo de René Bejarano y Rosario Robles, están ahí para refrescar la memoria, pero incluso si ataca la corrupción, no tocará algo más fundamental: la explotación, como ya vimos que no atacará el modelo colonialista de desarrollo basado en el despojo.

Respecto a la explotación, Obrador cree que en México no es importante y que seguir pensando en ella es un discurso “teórico y académico rebasado”. Un discurso de campaña en Los Reyes Acaquilpan, Estado de México, López Obrador dijo: “Tenemos que acabar con la corrupción, porque muchos teóricos sociales, académicos, intelectuales no tratan este tema. Los académicos más clásicos, más teóricos se quedaron con la idea de que la desigualdad se produce por la explotación que se hace de los trabajadores, que el burgués explota al proletario, que se va acumulando ganancias y que esas utilidades se las apropia el dueño de los medios de producción y que por eso es la desigualdad y la pobreza. Pero en México, no aplica esa teoría del todo; aquí las grandes fortunas se han acumulado mediante la corrupción, al amparo del poder público”.[5]

Ese es un discurso que elaboró la derecha empresarial panista en oposición al PRI: lo que hay que acabar es la corrupción, entiéndase en el gobierno y el Estado, sin cuestionar la riqueza privada. Los empresarios se quejaban de que el marxismo enseña a los obreros que el patrón no les paga su salario completo y que se queda parte de él (plustrabajo impago que genera plusvalía en la teoría del valor de Marx), lo cual, según los empresarios, es falso y es una ideología que alimenta el odio de clases y con ello la lucha de clases. De la Madrid se hizo eco de ese discurso (demagógicamente) con su lema “Renovación Moral” (y se lo reprochó Carlos Pereyra, porque era sumir la postura de la derecha ya mencionada). Hoy es la ideología de AMLO.

En su discurso, Obrador retomó punto por punto esa ideología empresarial de derecha: La falacia de que la explotación es el origen de la desigualdad económica “en México casi no aplica”. Como los empresarios dijeron siempre, el marxismo es una ideología ajena, extranjera, exógena y exótica, en México las cosas no son así. Además, como ha dicho el neoliberalismo triunfalista, el marxismo es cosa del pasado, quedó sepultado: en su discurso de campaña, dice Obrador que los académicos más “clásicos” (como “viejos”) “se quedaron” (rebasados ya) en la teoría de la explotación, pero el fenómeno real es la “corrupción”, que “los académicos no estudian”. Todas ellas son ideas falsas, pues la explotación sigue siendo le fuente de la riqueza capitalista, algunos académicos sí estudian teóricamente la corrupción[6] y además, la explotación capitalista genera corrupción, como decía Marx: la corrupción es floración habitual del capitalismo.

El discurso apologista del capitalismo y del neoliberalismo dice que en México el capitalismo neoliberal no ha generado desarrollo, no porque sea depredador, explotador y colonialista, sino porque hay políticos corruptos (el PRIAN-PRD), los que AMLO llama “mafia del poder” (algunos de los cuales hoy son aliados, candidatos y asesores suyos) y ocurre lo que Denisse Dresser, de ideología de derecha empresarial panista, llama “capitalismo de compadres”.

Es una falacia que se pueda combatir la corrupción sin atacar al neoliberalismo y al capitalismo (sus raíces, en gran medida). Es una falacia que baste con el dinero ahorrado por evitar la corrupción para mejorar la condición de las mayorías, sin tocar los intereses del capital y manteniendo el neoliberalismo (libre empresa, autonomía del Banco de México, etc.). Lo que una política así de inconsistente puede lograr es solamente una caricatura del estado de bienestar que hubo en México cuando era la forma de regulación del conflicto del capitalismo mundial, pero que hoy simplemente no existe porque el capitalismo no tiene competencia y las clases trabajadoras no oponen una política de izquierda anticapitalista. (En México las banderas anticapitalistas las enarbolan las comunidades indígenas autónomas que tienen su Concejo Indígena de Gobierno.)

Decir que el problema no es la explotación sino la corrupción es retomar una ideología de la derecha empresarial que ahora ha aceptado con los brazos abiertos a AMLO, al menos en el caso de representantes conspicuos como Azcárraga, de Televisa, y Salinas Pliego, de TV Azteca.

Acercando el lente analítico, las expectativas de cambio se reducen a niveles muchísimo menores de los que anuncian el fervor popular y los titulares de los medios de masas que hablan de que en México “ganó la izquierda”. Pero claro, para el sistema capitalista neoliberal esa es la izquierda aceptable: la que niegue que la explotación sea el problema.

El PRI, el PAN y el PRD perdieron las elecciones, pero su ideología neoliberal está intacta y ahora gobernará con las siglas de Morena; ésa es una de las razones por las que no hicieron fraude electoral a Obrador. El fraude será para quienes esperaban un cambio verdadero.

Y desde luego, es perfectamente legítima la resistencia de comunidades y organizaciones que se oponen al despojo, la explotación, la represión y el desprecio racista del capitalismo neoliberal y patriarcal, incluso si ahora significa oponerse a megaproyectos impulsados por gobiernos de Morena. Y seguramente resistirán, aun si eso implica enfrentar las calumnias y linchamientos mediáticos de los seguidores más fanatizados de Obrador.

[1] López Obrador https://lopezobrador.org.mx/2018/07/02/palabras-amlo-con-motivo-del-triunfo-electoral-del-1-de-julio/

[2] Alfonso Romo https://www.forbes.com.mx/mexico-tendra-que-ser-un-paraiso-de-inversion-alfonso-romo/

[3] La Jornada http://www.jornada.com.mx/2017/12/18/politica/011n1pol

[4] Víctor Toledo en La Jornadahttp://www.jornada.com.mx/2017/12/19/opinion/016a1pol

[5] López Obrador, video en You Tube, aproximadamente minutos 7 a 9:https://www.youtube.com/watch?v=04zqGpsr-is

[6] Estudios en la UNAM sobre la corrupción http://www.gaceta.unam.mx/20180604/la-corrupcion-se-extiende-en-forma-similar-al-cancer/

Publicado originalmente en Zapateando
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¿Cuarta Transformación?
Gilberto López y Rivas
La Jornada
28 dic. 2018

La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República y el triunfo de Morena como primera fuerza política en el Congreso de la Unión, las gubernaturas de cuatro estados, la jefatura de Gobierno de Ciudad de México, numerosas alcaldías y gobiernos municipales, exigen reflexionar, desde el pensamiento crítico, sobre los alcances y las limitaciones de la denominada Cuarta Transformación.

Es necesario caracterizar el gobierno actual, sus proyectos económicos y sociales considerados prioritarios, así como la nueva correlación de fuerzas políticas que se está conformando, con objeto de contar con herramientas que permitan comprender y responder adecuadamente al nuevo sistema hegemónico de dominación con el que se reconfigura el capitalismo.

Se requiere analizar las bases que sustentan la Cuarta Transformación, que no deja ver con claridad su estrategia programática ni legislativa. El combate a la corrupción, sin una ruptura con el modelo desarrollista, no sienta las bases para un cambio de las dimensiones históricas de la Independencia nacional, la Reforma y la Revolución de 1910. Negar la vigencia de la lucha de clases en México, situarse como árbitro supremo de los conflictos sociales y pretender mutar el Estado en un aparato redistributivo clientelar, no significan una transición histórica de la República, ni mucho menos un cambio de época.

Asimismo, una enumeración de los proyectos económicos prioritarios: Zonas Económicas Especiales, Tren Maya, desarrollo del Istmo de Tehuantepec, siembra de árboles frutales y maderables en un millón de hectáreas, construcción de 300 caminos en territorios rurales, refinerías, sistema de aeropuertos en el área metropolitana de Ciudad de México; zonas francas en la frontera norte y región istmeña, continuidad de los proyectos mineros, la reiterada afirmación de respetar los contratos, la independencia del Banco de México, la perspectiva del jefe de gabinete, de hacer de México un paraíso de las inversiones, y la iniciativa de Morena en el Congreso para abrogar la actual Ley Agraria, y expedir otra que refuerza los mecanismos de privatización de las tierras ejidales y comunales, y, sobre todo, la aceptación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, confirman la continuidad de políticas económicas dentro de la lógica del sistema capitalista, del neoliberalismo que se afirma superar.

En lo político, la creación del Instituto Nacional de Pueblos Indígenas es un retorno al viejo indigenismo establecido por el régimen priísta, clientelar y corporativo, que fue caracterizado como una política de Estado para los pueblos indígenas autoritaria y manipuladora, y cuyos funerales fueron celebrados en los diálogos de San Andrés entre el gobierno federal y el EZLN. El hecho de establecer 130 oficinas del nuevo INPI en territorios de los pueblos originarios, con funcionarios hablantes de la lengua respectiva, con recursos y proyectos gubernamentales, es una agresión directa a los procesos autonómicos y a los movimientos en defensa de los territorios y contra la invasión corporativa. Particularmente en los territorios donde se desarrollan procesos autonómicos más profundos, relacionados con conflictos armados, como la región maya zapatista, o que defienden la territorialidad indígena campesina, el INPI corre el riesgo de desempeñar labores contrainsurgentes y de ingeniería de conflictos que las empresas mineras ponen en práctica para vencer las resistencias.

Se constata la metáfora del subcomandante Moisés de que cambian los mayordomos y capataces, pero el dueño de la finca continúa siendo el mismo. El rechazo a estos proyectos por parte del Congreso Nacional Indígena-Concejo Indígena de Gobierno, de numerosas organizaciones independientes indígenas y campesinas, de especialistas en diversas disciplinas científicas, así como la crítica a las consultas gubernamentales por no cumplir con las condiciones establecidas en la Constitución, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, la Declaración de Derechos de los Pueblos Indígenas de la Organización de las Naciones Unidas, que mandatan que éstas sean previas, libres, informadas y vinculantes, no ha recibido la atención que merecen y, por el contrario, fueron objeto de un trato despreciativo por parte del Presidente.

En este sentido, destaca el clima de intolerancia a la crítica al nuevo gobierno desde la izquierda anticapitalista, aduciendo que hace el juego a la derecha, es un regreso al comunismo primitivo, o un menosprecio a los 30 millones de votantes que eligieron a Andrés Manuel López Obrador.

Precisamente por el respeto que se merecen todos y todas los mexicanos (as) que votaron por un cambio profundo, se reivindica la necesidad de un análisis riguroso de la naturaleza y los impactos de los proyectos en ciernes, de la direccionalidad de los mismos, a partir de las resistencias de abajo y a la izquierda, y de una intelectualidad comprometida con estas luchas. La disyuntiva continúa siendo: con el príncipe o con el pueblo.