Mujeres palestinas: guardianas de la vida, la memoria y la resistencika

El objetivo ?ltimo de la ocupaci?n es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la poblaci?n ocupada. (?) la tenaz pervivencia de un pueblo expulsado de su tierra, despojado, disperso, bajo ocupaci?n militar, se ha apoyado en la fortaleza de sus mujeres, en su empe?o, a veces sobrehumano, por reconstruir una y otra vez el hilo de la cotidianidad destruida, en su inquebrantable voluntad de seguir siendo familia, vecinas, pueblo.



Mar?a Landi
4 marzo 2019 0
Mujeres palestinas: guardianas de la vida, la memoria y la resistencia
Desinform?monos

A mis amigas, vecinas, compa?eras y hermanas palestinas,
por ense?arme con sus vidas y sus cuerpos que existir es resistir.

Cada 8 de marzo evoco los que he pasado en Palestina ocupada. Fueron tres, y en tres lugares bien diferentes, pero siempre marcados por los cuerpos femeninos protestando y los masculinos armados reprimiendo. Y evoco tambi?n a las muchas mujeres que guardo en la memoria del coraz?n.

Mucho se dice y se escribe sobre las mujeres palestinas: las m?s cultas y educadas de su regi?n; las m?s politizadas (les sobran razones); las m?s fuertes, valientes y resilientes. Todos los elogios se quedan cortos, y no les hacen justicia. Yo tengo la certeza de que ellas son las principales responsables de que la limpieza ?tnica sionista (en curso desde hace m?s de siete d?cadas) haya fracasado. Como dice la periodista Teresa Aranguren, que las conoce bien:

?El objetivo ?ltimo de la ocupaci?n es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la poblaci?n ocupada. (?) la tenaz pervivencia de un pueblo expulsado de su tierra, despojado, disperso, bajo ocupaci?n militar, se ha apoyado en la fortaleza de sus mujeres, en su empe?o, a veces sobrehumano, por reconstruir una y otra vez el hilo de la cotidianidad destruida, en su inquebrantable voluntad de seguir siendo familia, vecinas, pueblo.?1

Numerosos trabajos acad?micos, period?sticos y de ONGs sobre las mujeres palestinas, as? como an?lisis del proyecto colonial sionista con perspectiva de g?nero, ayudan a comprender la matriz de control que rige las vidas palestinas, y sus impactos sobre ellas. En un estudio sobre las condiciones que enfrentan las mujeres en el territorio ocupado al transitar por el embarazo y el parto, la acad?mica palestina Nadira Shalhoub-Kevorkian2 analiza la realidad que vive su pueblo desde tres claves te?ricas:

? la biopol?tica y la necropol?tica,bas?ndose en Foucault y Mbembe respectivamente3, tal como se manifiestan en el r?gimen israel? de colonialismo de asentamiento. Este proyecto, seg?n la definici?n de Patrick Wolfe adoptada por la autora, invade y se apropia de un territorio, expulsando o aniquilando a la poblaci?n originaria (junto con los trazos de su historia y su identidad enraizadas en esa tierra) y sustituy?ndola con poblaci?n colona. El biopoder colonial determina qui?n puede vivir y qui?n no, en funci?n de sus intereses de ?seguridad? (un t?rmino del cual Israel abusa para justificar todas su arbitriedades y violencias). En el contexto colonial de Israel/Palestina, un claro ejemplo son las pol?ticas demogr?ficas excluyentes, dise?adas e implementadas de manera violenta para imponer por la fuerza una mayor?a jud?a en un territorio donde la mitad de la poblaci?n no lo es. El epicentro de esa necropol?tica es la ciudad de Jerusal?n, donde mediante demolici?n de viviendas, desalojos forzados, detenciones arbitrarias y ejecuciones sumarias de j?venes, denegaci?n de servicios b?sicos (salud, educaci?n, recolecci?n de residuos, permisos de construcci?n), clausura de centros culturales, vandalizaci?n de sitios religiosos y estrangulamiento del espacio p?blico se busca expulsar a la poblaci?n palestina para judaizar toda la ciudad. Pol?ticas que tienen impactos diferenciados de g?nero, pero afectan de manera dram?tica la calidad de vida de las mujeres, al incrementar sus responsabilidades de cuidados.

? la construcci?n geopol?tica del espacio (y consecuentemente del tiempo), ya que −pese a las diminutas dimensiones de Palestina− la ocupaci?n militar israel? se ha encargado de fragmentar el territorio y hacerlo intrincado o imposible de transitar. Esto tiene enormes impactos en la vida cotidiana, ya que esa infraestructura (el Muro, los checkpoints, las carreteras segregadas o bloquedas, los diferentes documentos de identidad −y matr?culas de veh?culos− que coartan la libertad de movimiento) apunta a atomizar a la poblaci?n ocupada de m?ltiples formas, separando a los agricultores de sus tierras, a las mujeres de los hospitales, a la juventud de sus universidades, a las familias entre s? y a la poblaci?n en general de sus centros culturales y religiosos. Quiz?s la expresi?n m?s gr?fica de esta geopol?tica espacial −y que constituye el terror de las mujeres embarazadas− es la cantidad de palestinas que han dado a luz, o han muerto (ellas, o sus beb?s reci?n nacidos) esperando largas horas en un checkpoint militar para llegar a un hospital4.

? lo cotidiano como un escenario donde las pol?ticas del biopoder y el necropoder se confrontan con las estrategias de resistencia que despliegan los grupos dominados para sobrevivir y evitar ser exterminados. Ese es el espacio privilegiado de las mujeres. Citando de nuevo a Teresa Aranguren: ?Siempre he pensado que una de las claves de la capacidad de resistencia del pueblo palestino es la cohesi?n de su entramado social, la fortaleza de sus v?nculos de solidaridad interna y su hondo sentido de la dignidad.? Por eso la humillaci?n, el aislamiento y la fragmentaci?n son elementos esenciales en la estrategia del poder ocupante. Y son las mujeres, desde una infinidad de formas de resistencia −generalmente silenciosas, aparentemente ?pasivas?, en los espacios cotidianos− quienes mejor desaf?an a la dominaci?n sionista.

Se ha dicho en muchos estudios que las mujeres palestinas, sus cuerpos que resisten, sostienen y reproducen la vida (a pesar de los esfuerzos del necropoder por aniquilarla) son la materializaci?n de la ?amenaza demogr?fica? que tanto teme el r?gimen sionista. Como escribi? la arabista feminista Carolina Bracco: ?Las mujeres palestinas fueron desde el comienzo un problema para Israel. Primero y principalmente porque desde su misma constituci?n, este Estado se erigi? como el fecundador de una tierra ajena, como un violador orgulloso que intent? despojar de su honor y su identidad a la poblaci?n nativa a trav?s de ese acto tan propio de los estados homonacionales modernos en un espacio colonial racializado.

?(?) estos cuerpos femeninos racializados son un problema para Israel. Un problema que hace setenta a?os no sabe c?mo resolver; porque las palestinas siguen pariendo, manteniendo viva su cultura y criando a sus hijos en la resistencia, la mayor?a de las veces solas porque sus maridos, padres y hermanos est?n en las c?rceles de la ocupaci?n o muertos. Son un problema porque desaf?an la esencia del nacionalismo construido sobre la noci?n de masculinidad jud?a y porque no se han doblegado ante la intentona constante de conquistar sus cuerpos (?) porque cuando encarcelan arbitrariamente a sus maridos ellas trafican semen5 para fecundarse y seguir creando vida, porque cuando las arrojaron al exilio ellas siguieron construyendo comunidad.?

A todo ese marco te?rico, este 8 de marzo quiero ponerle rostros, nombres, paisajes e historias.

Quiero recordar a tantas madres an?nimas que, en la ciudad de Hebr?n, cada ma?ana visten, peinan y acicalan a sus hijas e hijos para que, impecables y implacables, caminen hacia la escuela atravesando varios checkpoints donde ?como ellas saben− los soldados armados a guerra les apuntar?n con sus ametralladoras, revisar?n sus mochilas escolares y les intimidar?n de todas las maneras posibles (a veces incluso con gases lacrim?genos o invadiendo sus escuelas). Pero ellas seguir?n mand?ndoles a estudiar. Y cuando los soldados arresten a sus ni?os, ellas saldr?n a la calle y correr?n a enfrentar como leonas a esos terroristas de Estado para tratar de rescatarlos.

Y a Nisrin, que como sus vecinas resiste en el barrio Tel Rumeida de Hebr?n, asediada y hostigada por los colonos m?s violentos de la ciudad. Su esposo muri? gaseado por los soldados, pero ella sigue all? junto a sus cuatro hijas/os, pintando hermosos y coloridos cuadros con motivos de la cultura palestina y recibiendo con su dulce sonrisa a quienes se animan a visitarla. Y a Layla y Nawal, las ?nicas mujeres que tienen un puesto de textiles y artesan?as −hechas por mujeres de Idna− en el mercadito de la Ciudad Vieja de Hebr?n, donde a menudo colonos y soldados incursionan haciendo tropel?as, destruyen la mercader?a, les insultan y amenazan. En invierno las lluvias inundan ese mercado, debido a que los colonos vecinos han clausurado los desag?es pluviales, y los textiles y kuffiahs quedan bajo agua. Pero ellas y sus colegas siguen all?, ofreciendo su t? dulce y su charla amena a los visitantes.

A Myassar, Soraida, Hanin, Jitam, Suhad y otras muchas activistas feministas que, adem?s de lidiar con el r?gimen sionista, enfrentan al sistema patriarcal palestino. La lucha por la igualdad de g?nero, por los derechos de las minor?as sexuales, contra la violencia machista y contra las discriminaciones que las mujeres enfrentan en el sistema legal as? como en las pr?cticas tradicionales es para ellas ?y lo ha sido por d?cadas− parte inseparable de su lucha por la liberaci?n de su pueblo.

A Tajeed, Hanedi, Taghrid, Alaa y todas las estudiantes que me encontr? muchas veces en el transporte p?blico viajando a la universidad desde sus pueblos ?tambi?n a trav?s de checkpoints y carreteras llenas de soldados que en cualquier momento pueden volverse una trampa mortal−, y que con su locuacidad curiosa y acogedora me ense?aban expresiones en ?rabe mientras practicaban su ingl?s. Porque las j?venes palestinas van a la universidad y buscan superarse, aunque sepan que la econom?a de su pa?s ocupado no les permitir? encontrar un trabajo acorde a su preparaci?n.

A Neimah, Maysa, Ferial y las muchas −demasiadas− mujeres que cada mes visitan a sus hijos o maridos en las c?rceles israel?es, sorteando mil obst?culos y soportando humillaciones, en viajes agotadores e interminables, a veces para rebotar al llegar a la prisi?n, porque la autoridad de turno se despert? de mal humor y decidi? quit?rselo maltratando a los presos y sus familias. El dolor que estas mujeres cargan en sus entra?as solo es superado por el de las madres o esposas de los m?rtires, en una tierra donde la necropol?tica colonial decret? hace tiempo que la vida palestina es desechable, y que matar j?venes es parte de la guerra demogr?fica.

A Asmaa, mi amiga gazat? que vive en Nablus con su marido y sus cinco hijas e hijos, so?ando con poder visitar a su familia en Gaza (y sufriendo ag?nicamente cada vez que hay un nuevo ataque israel?), mientras saca adelante a su familia con el trabajo que se gan? en una ONG internacional. Cuando la conoc? llevaba ocho a?os sin ver a su familia, pues le hab?an negado el permiso para visitar a su padre enfermo. ?Te dejaremos ir cuando se muera?, le dijeron los israel?es. Pero ella sali? con sus hijos hacia Am?n, atraves? Jordania y Egipto ?gastando una fortuna y corriendo peligros− para poder entrar por el cruce de Rafah. La sonrisa radiante de Asmaa haciendo el signo de la victoria con su familia en la playa de Gaza era la prueba de que no la hab?an derrotado.

A Miriam ?con quien hablo en castellano porque naci? en Caracas−, que vive indocumentada en un barrio conflictivo de Jerusal?n Este6. Su marido es de all? y tiene documento azul, pero el de ella es verde, y los israel?es suelen negar la unificaci?n familiar a quienes tienen c?nyuges de Cisjordania. Para Miriam, como para tantas palestinas de Jerusal?n, su hogar, su barrio, su ciudad son una c?rcel, pues vive rodeada de colonos siempre al acecho para agredirlas, o apoderarse de sus casas, o denunciar que est?n construidas sin permiso, o que no tienen documentos. Cuando la tensi?n aumenta ?Miriam vive con su familia en el mismo predio que su cu?ado, un l?der comunitario constantemente encarcelado−, ella encierra a sus cuatro hijos en la casa y no les deja salir ni a jugar al patio, por miedo a los colonos. Ella tambi?n hace muchos a?os que no puede visitar a su familia en Cisjordania (a pocos kil?metros de su barrio), porque si lo hace no podr?a volver a entrar a Jerusal?n −a trav?s del checkpoint y el Muro− por carecer de permiso y documento azul.

A Nayiha, Tamam, Nayah, Wafa, Adla, Nahla, Hakima y tantas mujeres campesinas de las aldeas de Yanun, Awarta, Burin, Asira Al-Qibliya, Urif, Qusra, Al-Mughayer y otras de los distritos de Nablus y Ramala que est?n rodeadas por colonos extremistas y fan?ticos. Ellas tambi?n est?n presas en sus comunidades, aunque vivan en medio de paisajes cuya belleza deja sin aliento, porque tienen miedo de que los colonos las ataquen ?a ellas o a sus hijas− en alguna curva solitaria del camino, o invadan sus casas cuando est?n ausentes y destruyan o roben sus propiedades y cosechas. Pero nunca van a abandonar su tierra, sus olivos, sus cabras y ovejas, sus huertos y sus manantiales. Su resiliencia es directamente proporcional a su generosa hospitalidad. Cualquiera que llegue a sus casas ser? recibida con t? dulce con maramiya o menta, pan tibio reci?n salido del tabun (horno de piedras en la tierra) con aceite de oliva y z?tar, aceitunas, queso y yogur; manjares que ellas y sus familias producen en las tierras que han habitado por generaciones, pero que est?n perdiendo gradualmente, dunam tras dunam, a manos de los colonos invasores.

A Farisa, Sabbah, Fatima, Samiha y todas las mujeres y ni?as que viven en Jirbet Tana, Susiya, Jan Al-Ajmar y muchas comunidades pastoras o beduinas en la periferia de Jerusal?n, el Valle del Jord?n o las Colinas del Sur de Hebr?n, resistiendo las intenciones de expulsarlas de sus tierras ancestrales para d?rselas a colonos jud?os. Y que cada d?a cuidan sus reba?os, cr?an a sus hijos/as y reconstruyen sus precarias viviendas de chapa y lona cada vez que son destruidas por los buld?ceres militares israel?es. No saben si su aldea sobrevivir?, pero se niegan a abandonarla. Su resistencia perseverante tiene un nombre en ?rabe: sumud, y representa la porfiada voluntad palestina de permanecer en su tierra, igual que sus olivos milenarios.

Y no me olvido de las mujeres encerradas con sus familias ?y peri?dicamente bombardeadas− en la c?rcel que es la bloqueada Franja de Gaza. Ni de las que malviven en los campos de refugiados de los pa?ses vecinos, so?ando con regresar a una patria que muchas solo conocen por los relatos de sus abuelas. Ellas son las encargadas de transmitir la memoria a las nuevas generaciones nacidas en el exilio, junto con las llaves de las casas de las que fueron expulsadas hace 71 o 52 a?os, hoy destruidas u ocupadas por personas jud?as tra?das de todo el mundo. En el campo de refugiados/as de Aida, en Bel?n ocupada, conoc? a algunas de esas mujeres, y escuch? sus relatos. Algunas recordaban al detalle su casa, el sabor de sus naranjas, el pozo de agua, la iglesia y la mezquita de su aldea; podr?an reconocerlas bajo los escombros o los bosques plantados para esconderlos. La mayor?a de esas mujeres est?n muriendo, y saben que no volver?n ni siquiera para ser enterradas en el cementerio de su aldea. Pero sus hijas y sus nietas seguir?n atesorando sus historias y reclamando su derecho al retorno; un derecho que, como me ense?aron en Aida, Deheisheh, Al-Ashkar, Balata y otros campos de refugiados/as, es innegociable.

Quiero terminar recordando tambi?n que este 8 de marzo se cumplen tres a?os del llamado que nos hicieron las mujeres palestinas organizadas llamado que nos hicieron las mujeres palestinas organizadas para que apoyemos su lucha de liberaci?n sum?ndonos al movimiento palestino y mundial de BDS (Boicot, Desinversi?n y Sanciones) para ejercer presi?n sobre Israel hasta que respete los derechos humanos y colectivos del pueblo palestino. El llamado abre con una cita de ?ngela Davis: ?Apoya al BDS, y Palestina ser? libre?, y termina as?:

?En el esp?ritu de una visi?n feminista inclusiva que lucha por la justicia racial, social y econ?mica, y es solidaria con los pueblos ind?genas y los derechos de soberan?a a nivel mundial,

En un esp?ritu de coherencia moral y resistencia a la injusticia y la opresi?n, incluida la opresi?n de las mujeres,

Hacemos un llamamiento a las mujeres y feministas de todo el mundo para que se pongan del lado correcto de la historia y se unan a nuestro movimiento BDS.

La justicia es siempre una agenda feminista.?

1 ?Mujeres de Palestina?, en Palestina tiene nombre de mujer. Mundubat, Bilbao, 2008.

2 Birthing in Occupied East Jerusalem: Palestinian Women?s Experiences of Pregnancy and Delivery. YWCA, Jerusal?n, 2012.

3 Michel Foucault: Society must be defended (Londres, 2003). Achille Mbembe: ?Necropol?tica? (2003). Sobre la relaci?n dial?ctica entre ambos conceptos, ver Ariadna Est?vez, ?Biopol?tica y necropol?tica: ?constitutivos u opuestos??.

4 Entre 2000 y 2002, 52 mujeres palestinas parieron en checkpoints israel?es; 19 de ellas, y 29 beb?s reci?n nacidos/as, murieron. (Erturk, 2005, citado en el trabajo de Nadira Shalhoub-Kevorkian).

5 El semen es extra?do clandestinamente de las c?rceles (sobre todo cuando los prisioneros cumplen sentencias de varias d?cadas, obviamente sin posibilidad alguna de visita conyugal ni el menor contacto f?sico) e inseminado en las mujeres. Muchas esposas de prisioneros han tenido beb?s mediante esta t?cnica asistida.

6 Omito el nombre del barrio por razones de seguridad.