La cuesti?n estatal y el realismo pol?tico (r)

Como nunca, ahora, la cuesti?n estatal est? ?ntimamente vinculada al realismo pol?tico. Ocurre, en los supuestos del realismo pol?tico, como si el Estado fuese el n?cleo de la ?realidad?. La hip?tesis es la misma: Hay que usar el Estado para transformar. No podemos hacer nada sin el Estado. Los pa?ses del Sur requieren del Estado para defenderse del imperio.
Desde que la criatura humana, esta instituci?n, llamada Estado, captura fuerzas, cuerpos, mentes, desde que las convierte en su propia expresi?n centralizada. A esto hemos llamado el fetichismo institucional.
Pensar de esta manera es pensar fetichistamente, es decir; pensar ?ideol?gicamente?. Tener el Estado inscrito en el cuerpo, cristalizado en los huesos, incorporado en la mente. Por m?s que se pretenda una posici?n revolucionaria o descolonizadora, respecto a un conjunto de t?picos, de temas, de problem?ticas, cuando se parte de esta premisa, se comienza con la colonizaci?n interna[2], la inoculaci?n primordial del poder, el fetichismo institucional.



La cuesti?n estatal y el realismo pol?tico

Ra?l Prada Alcoreza

Como nunca, ahora, la cuesti?n estatal est? ?ntimamente vinculada al realismo pol?tico. Ocurre, en los supuestos del realismo pol?tico, como si el Estado fuese el n?cleo de la ?realidad?. La hip?tesis es la misma: Hay que usar el Estado para transformar. No podemos hacer nada sin el Estado. Los pa?ses del Sur requieren del Estado para defenderse del imperio. El imperio, mas bien, quiere que no tengan Estado los pa?ses dominados, para que no puedan defenderse de sus avasallamientos. ?Es as?? Vamos a tratar de responder a esta pregunta, que parece simple; pero, no lo es. No vamos a repetir lo que dijimos en Genealog?a del Estado ni en Acontecimiento pol?tico[1], vamos a intentar otros recorridos. ?De d?nde viene ese apego al Estado, eso de tomarlo como n?cleo de la ?realidad?, incluso como la ?realidad? misma?

El Estado, en toda su variedad, dada en las historias sociales y pol?ticas, dada en los distintos contextos hist?rico-sociales-territoriales, no deja de ser una criatura de las sociedades humanas. ?Por qu? tomarlo como el n?cleo de la ?realidad?? ?C?mo algo natural, por as? decirlo, forzando un poco las cosas, como algo que se da y se tiene que dar en la historia? ?De d?nde viene esta inversi?n, desde cuando se toma como origen del desenlace de las fuerzas sociales concurrentes? Hip?tesis: Desde que la criatura humana, esta instituci?n, llamada Estado, captura fuerzas, cuerpos, mentes, desde que las convierte en su propia expresi?n centralizada. A esto hemos llamado el fetichismo institucional.

Pensar de esta manera es pensar fetichistamente, es decir; pensar ?ideol?gicamente?. Tener el Estado inscrito en el cuerpo, cristalizado en los huesos, incorporado en la mente. Por m?s que se pretenda una posici?n revolucionaria o descolonizadora, respecto a un conjunto de t?picos, de temas, de problem?ticas, cuando se parte de esta premisa, se comienza con la colonizaci?n interna[2], la inoculaci?n primordial del poder, el fetichismo institucional. En vano recurrir a la historia de las sociedades antiguas, que desde esta perspectiva institucional, habr?an inventado el Estado, antes que la modernidad lo haya retomado, convirti?ndolo en un instrumento fundamental del capitalismo[3]. Pues esto no habla bien de esas sociedades antiguas, que supuestamente habr?an conformado el Estado antiguo. Qu? la modernidad haya retomado esta maquinaria para lograr la centralidad, la s?ntesis de la sociedad, la homogeneizaci?n, la colonizaci?n generalizada y el sistema-mundo capitalista, muestra que esta maquinaria antigua es no solamente efectiva para consolidar las dominaciones contempor?neas, sino que muy probablemente tambi?n lo fue para consolidar las dominaciones antiguas. El problema, tanto para las sociedades antiguas como para las sociedades modernas, no deja de ser el Estado, con todas las diferencias hist?ricas que podamos encontrarle.

El tema es: ?C?mo salir de la genealog?a de las dominaciones? A estas alturas, de las luchas sociales contra el imperio, contra la hegemon?a del capitalismo financiero, articulador especulativo de las distintas formas y estratos del capitalismo; a estas alturas de las luchas pol?ticas contra el capitalismo, en su etapa tard?a, donde acude desmesuradamente a la acumulaci?n especulativa, apoyada por el descomunal desbocamiento de formas extractivistas, altamente destructivas, logrando la acumulaci?n real por despojamiento y desposesi?n, no se puede retomar la tesis del realismo pol?tico de que el Estado es el instrumento que tenemos a mano para transformar. Pues ya sabemos que ha sido al rev?s, que el Estado ha transformado a los ?revolucionarios?, convirti?ndoles en sus engranajes de poder.

No se discute que tengan que haber transiciones. Es posible, dependiendo de las correlaciones de fuerzas, de los distintos campos de fuerzas; sin embargo, hay que distinguir lo que se nombra como transiciones transformadoras de lo que son las transiciones restauradoras. Si no se tiene claro que hay que desmantelar, desmontar, des-construir y destruir el Estado, en transiciones cortas, medianas o largas, entonces el Estado se convierte en el fin de la historia, en la finalidad de la ?revoluci?n?, convirti?ndose esta actitud conservadora, en el termidor.

Si este fuese el caso, las ineludibles transiciones, lo que hay que discutir es esto, ?c?mo asumir, intervenir, incidir, empujar, transiciones transformadoras? Empero, es esta discusi?n la que se elude. Se prefiere optar por la apolog?a de la ?revoluci?n? estatal, la revoluci?n institucional, lo que, por s? mismo, es un contrasentido. Se lo haga de una manera torpe o de un modo m?s sutil no importa, pues el resultado es el mismo, la legitimaci?n del poder, en su forma concentrada, centralizada, y separada de la sociedad. Es esta una posici?n reaccionaria, no solo conservadora, pues re-acciona contra la potencia social, contra las fuerzas creativas de la sociedad, que ser?an emancipadas si fuesen aut?nomas.

A la pregunta ?de si las sociedades pueden funcionar sin instituciones?, respondemos, que esta pregunta no es adecuada, pues, volviendo al principio, de lo que se trata es de que las criaturas humanas, las instituciones, no se conviertan en los amos de sus creadores, sino que sean tan solo instrumentos d?ctiles y cambiables al servicio de sus creadores. Esto es salir del fetichismo institucional.

Considerar como fatalidad, inscrita en la realidad, que tengamos obligatoriamente que recurrir a las instituciones, es entregarse de lleno al fetichismo del poder. De lo que se trata es de evitar que los humanos sean seducidos por su propio imaginario, que no pierdan la perspectiva vital de su capacidad creadora. El debate entonces se encuentra en torno a esta fenomenolog?a del fetichismo del poder. Ciertamente, podemos coincidir, que esta es una cr?tica a la ?ideolog?a?, como lo hicieron Marx y Engels, en su tiempo; empero, se trata de una cr?tica integral a la ?ideolog?a? generalizada. No solo se trata del fetichismo de la mercanc?a, sino del fetichismo institucional, del fetichismo del poder, del fetichismo de los signos, del fetichismo colonial, en el sentido de su econom?a pol?tica racial. Al respecto, hay que dejar en claro que esta cr?tica ?ideol?gica?, esta lucha ?ideol?gica?, no es solamente ?ideol?gica?, sino tambi?n pol?tica, cultural y epistemol?gica. Destruir el fetichismo implica tambi?n destruir las instituciones que lo sustentan. Colocar en su sitio lo que deber?a ser la plasticidad de las instituciones como instrumentos, al servicio de la vida; no someter la vida al servicio de estos fantasmas ? aunque sustentados por materialidades espectrales -, las instituciones.

Se habla del Estado como si fuera un sujeto; nunca lo fue, ni siquiera cuando el cuerpo del rey simbolizaba al Estado. El cuerpo del rey como s?mbolo no era m?s que eso, la materialidad f?sica que hac?a de sost?n del s?mbolo; el cuerpo, por as? decirlo, del Estado no se encuentra en el cuerpo del rey, sino en el campo burocr?tico, en el campo institucional. Sin embargo, como hemos dicho, esta maquinaria no es sujeto. No tiene vida propia. Son m?ltiples de vidas, de vidas humanas, que hacen funcionar esta maquinaria. Son sus relaciones, sus pr?cticas, sus formas de organizaci?n, sus t?cnicas, en tanto saberes, habilidades, destrezas, composiciones, las que mueven este aparato. No es pues el Estado el que act?a como sujeto, el que pondera, eval?a y decide, son estos conjuntos humanos, organizados de determinadas maneras, los que pondera, eval?an y deciden, los que act?an. La realizaci?n, la efectividad, se encuentra en los movimientos, desplazamientos y composiciones singulares, de los humanos involucrados. Que los humanos interpreten estos movimientos, estos desplazamientos, estas acciones y estas pr?cticas, como si fuesen actuaciones y decisiones del Estado, es parte de las narrativas que construyen, dando lugar a la representaci?n; es decir, a la significaci?n tr?gica, en un caso; dram?tica, en otro, m?tica, en otra versi?n; cient?fica o descriptiva, en las versiones modernas, aunque tambi?n pueden ser noveladas. Por cierto, tambi?n puede asumir formas discursivas, mas bien, dispersas, fragmentarias, sin lograr una composici?n ni una trama, como es el caso de lo que se llama ?ideolog?a?; empero ?ideolog?a? difusa, usada por partes, por los usuarios del sentido com?n.

El Estado es una idea, es imaginario, es la interpretaci?n dada, sobre todo en la modernidad, al efecto masivo que producen las acciones, movimientos, desplazamientos y pr?cticas sociales, en lo que respecta a las composiciones pol?ticas. Lo que existe es la malla institucional, como materialidad social, es decir, como din?mica de relaciones y composiciones sociales. Por lo tanto, lo que importa es comprender las formas de organizaci?n, de relaci?n, de variaci?n organizativa y de variaci?n en los flujos y ritmos de las pr?cticas y relaciones. No se trata de conocer el Estado; esto equivale a decir que de lo que se trata es de conocer un concepto. No se puede conocer un concepto, se lo puede construir, aprender usar; los que se conoce es el referente o los referentes del concepto, las din?micas sociales que son se?aladas por la estructura conceptual. Por eso mismo, lo que importa es comprender las formas de uso de esta maquinaria, llamada Estado, no conocer el Estado.

Cuando se dice el Estado es la soberan?a, defiende la soberan?a, no se hace otra cosa que convertir al Estado en un sujeto y creer que este sujeto es la soberan?a y defiende la soberan?a, cuando son los humanos, cumpliendo los papeles que se otorgan, los que ejercen el poder, los que llaman a este ejercicio soberan?a, los que la defienden con estrategias, t?cticas, dispositivos, incluso normas y leyes. No es pues el Estado el que defiende la soberan?a de los pueblos, que deber?amos entenderla como autonom?a y autogobierno, sino son los mismos pueblos los que la defienden, organiz?ndose de una determinada manera. Entonces se trata de lograr las mejores formas de organizaci?n, las m?s eficaces y apropiadas; no de estructurar el mejor Estado, el que m?s se parezca a su concepto o a su norma. Cuando los pueblos se embarcan en defender al Estado o a un Estado en singular, se embarcan no solamente en defender una idea, sino quiz?s una forma de organizaci?n pret?rita, inadecuada en el momento, en la actualidad, para responder a los desaf?os y problem?ticas del presente. Lo m?s dram?tico, es que defienden, en ?ltima instancia, la legitimidad de las dominaciones.

La discusi?n entre la posici?n pol?tica o filos?fica que dice Estado y la posici?n que dice no-Estado es abstracta; es como si peleara por un concepto que afirma esta idea, en un caso, en el opuesto, por otro concepto que la niega. No es esta la discusi?n concreta; la discusi?n concreta tiene que ver con liberar o no las capacidades creativas de la potencia social, sus facultades de composici?n, sus posibilidades, pasando de una forma de organizaci?n a otra, dependiendo de las circunstancias. Que se le llame o no Estado a estas acciones, organizaciones y composiciones sociales, ser?a indiferente si es que la idea de Estado, incluso la malla institucional, que es su materialidad pol?tica, materialidad jur?dica, no fuese una idea conservadora y un campo inmovilizador e inhibidor de la potencia social. Sin embargo, este es el caso. La idea de Estado y su campo burocr?tico, su campo institucional, su campo pol?tico, se convierten en obst?culos para la el flujo de fuerzas, de potencia y capacidades sociales. Lo que importa no es decir s? o no al Estado, sino seleccionar, inventar, construir las formas de organizaci?n m?s adecuadas, dependiendo de las problem?ticas. Esto equivale a pensar formas institucionales pl?sticas, flexibles d?ctiles, cambiables y combinables.

Sorprenden las formas de representaci?n pol?tica a las que llegaron las sociedades humanas. No solo que las representaciones se convierten en el lugar privilegiado de la racionalidad instrumental, como si este campo imaginario fuese el lugar substancial de la ?realidad?, sino que los significantes de esta representaci?n, los cuerpos de la significaci?n pol?tica, se convierten no s?lo el cuerpo del s?mbolo del poder, sino que se los presenta y asume como si as? lo fueran; es decir, ocurre que se atribuye a estos cuerpos la cualidad y el atributo de contener esa sustancia ?m?gica?; seductora, al mismo tiempo, aterradora, del poder. Con esto se habr?a llegado a una de las desmesuras perversas del fetichismo del poder. Por ejemplo, se cree que los caudillos encarnan a la naci?n, al pueblo, a los oprimidos, por lo tanto, contienen, en su cuerpo, como una sustancia hist?rica, que les hace actuar y hablar de una determinada manera. Podr?amos llamar a esta interpretaci?n, tan peculiar de la ciencia, del an?lisis, del comentario pol?tico, as? como tambi?n del sentido com?n, metaf?sica pol?tica.

Este fen?meno, de la transferencia de atributos sustanciales o esenciales a los cuerpos de la representaci?n, pasa no s?lo con los cuerpos de los caudillos, algo parecido a lo que pasaba con el cuerpo del rey, sino con toda arquitectura institucional, en el sentido de su materialidad estructural, propiamente arquitect?nica. Se les atribuye tambi?n poderes ?m?gicos?, lo mismo que pasa con los fetiches. Este animismo pol?tico, por llamarle algo, forma parte de la antropolog?a pol?tica moderna. En otras palabras, la pol?tica moderna, pol?tica no en el sentido pleno, sino restringido, prejuicio de poder, se constituye e instituye sobre la corporeidad fantasmag?rica de los mitos. La pol?tica, en este sentido, es creencia. Los que se toman en serio el Estado, la m?xima expresi?n de esta metaf?sica pol?tica, no hacen otra cosa que manifestar elocuentemente esta antropolog?a pol?tica, que tiene como contenido los mitos modernos del poder.

En el fondo, este es el armaz?n del discurso nacional-popular o de lo que en Bolivia se llam? nacionalismo revolucionario. Este armaz?n, esta estructura ?dura?, reside, como gesto dram?tico, en el mito del caudillo. En este mito se manifiesta, como condensaci?n pat?tica, el imaginario de la dominaci?n patriarcal; base ?ideol?gica? y cultural del conjunto de dominaciones. Si podemos hablar de colonialismo, llegando hasta la ra?z, vamos a encontrarnos con las estructuras patriarcales de poder. El cuerpo del caudillo, como s?mbolo del poder, es el lugar som?tico donde reluce plenamente este patriarcalismo heredado, por consiguiente, el colonialismo inscrito en los cuerpos. Llama la atenci?n, por eso que los nacionalistas, populistas y estatalistas, de toda la?a, sean los m?s esforzados en encontrar en estas marcas hist?ricas del poder, dibujadas en el caudillo, se?ales de ?emancipaci?n? o de ?liberaci?n?. ?No hay algo m?s grotesco, en el significado del contrasentido?

Las paradojas de la existencia, esta vez las paradojas de las sociedades humanas, manifiestas en las paradojas pol?ticas, aparecen evidenciadas en las contradicciones inherentes a las revoluciones, a los proyectos socialistas, que efectivamente se dieron, cuando estas revoluciones y estos socialismos reales recurren al mito, al cuerpo del rey, al cuerpo del caudillo, como n?cleo esencial del Estado policial, para, sorprendentemente ?emancipar? y ?liberar?. Hay que tomar atenci?n en estas paradojas pol?ticas, las mismas que nos muestran los nudos mismos problem?ticos del poder y la pol?tica efectiva.

Utilizando una palabra comprometedora, empero, por su uso com?n, puede ayudarnos a ilustrar, podemos decir que el secreto del poder se encuentra en estas paradojas pol?ticas. El poder, es decir, el dominio, se ejerce; el objetivo del poder es primordialmente ejercer la dominaci?n, inscribirse en los comportamientos y conductas de los cuerpos de la poblaci?n. Por lo tanto, cuando se discursa sobre la ?emancipaci?n? o la ?liberaci?n?, desde la pronunciaci?n ronca del poder, se lo hace convirtiendo a la emancipaci?n y la liberaci?n en una excusa para conservar y prolongar el poder, para efectuar la reproducci?n del poder. La ?emancipaci?n? y la ?liberaci?n? son aditamentos edulcorantes para que se cumpla el ejercicio supremo del poder. En sentido pleno, las emancipaciones y las liberaciones no pueden convivir con esta estrategia de poder, pues son su opuesto. Las emancipaciones y liberaciones efectivas interpelan al fetichismo del poder, a los mitos pol?ticos; plantean colmadamente no solo la igualdad, la libertad, la justicia, sino tambi?n la autonom?a, el uso cr?tico de la raz?n integral[4], que implica, la condici?n lograda del pre-juicio de igualdad y la consciencia de libertad.

No se puede seguir entonces, reproduciendo las mismas paradojas pol?ticas de la modernidad, que sostienen esta metaf?sica pol?tica, no se puede seguir apostando a proyectos ?emancipadores? o de ?liberaci?n? sobre el substrato de mitos patriarcales, sobre el fetichismo estatal, sobre la elocuencia de las representaciones. Las emancipaciones y liberaciones o son liberaci?n de la potencia social, en contra de toda forma de poder; es decir, son realizaci?n efectiva de las autonom?as m?ltiples, cohesiones colectivas y comunitarias, basadas en construcci?n de consensos, o, en contraste, no son efectivamente emancipaciones y liberaciones. En este ?ltimo caso, ser?an la reiteraci?n perversa de las dominaciones efectuadas a nombre de las v?ctimas. Esta es pues la iron?a sarc?stica del poder.

Ciertamente, estas contradicciones no s?lo se dan en el campo socialista, por as? decirlo, sino tambi?n en el campo liberal. En realidad, forman parte de las paradojas inherentes al poder y a las pol?ticas modernas, paradojas que atraviesan el sistema-mundo moderno, envolviendo a todas sus composiciones, estructuras y disposiciones pol?ticas, adem?s de los comportamientos y conductas sociales. Si nos concentramos en las paradojas pol?ticas de las expresiones que se reclaman de ?vanguardia?, de ?revolucionarias? o, con menores pretensiones, de reformistas o progresistas, es porque, precisamente, en estas expresiones, que prometen ?emancipaciones? y ?liberaciones?, se dan de manera notoriamente expl?cita las paradojas del poder; los gobiernos ?revolucionarios? efect?an las supuestas ?emancipaciones? y ?liberaciones? recurriendo al Estado policial.

No es que los gobiernos liberales no contemplen la posibilidad del Estado policial; al contrario, en momentos de emergencia o de crisis, recurren a este ancestro, pues este es, en realidad, el origen, llamado Estado de Excepci?n, de la genealog?a estatal. Esto no podr?a extra?arnos, trat?ndose de Estados liberales, que expl?citamente defienden, garantizan e impulsan la acumulaci?n de capital. Lo que llama la atenci?n es que los gobiernos ?revolucionarios? sean los que expl?citamente recurran al Estado polic?a, sac?ndolo de la sombra, ocultando, por el contrario, su vinculaci?n opaca con la reproducci?n del capital.

En la historia de estas paradojas pol?ticas, son elocuentes las defensas del Estado-naci?n de parte de los ?revolucionarios?, de los ?antiimperialistas?. Ellos suponen que la mejor defensa contra el ?imperialismo? es el Estado-naci?n soberano. El argumento usado es que el ?imperialismo? encuentra las resistencias nacionales en el estado-naci?n soberano. Tambi?n se dice que el ?imperialismo? quisiera no encontrar resistencias en su camino, por lo tanto, no quisiera encontrarse con Estado-naci?n soberanos. Esta es una verdad a medias. Si bien las luchas de liberaci?n nacional, los gobiernos populistas y nacionalistas del siglo XX, lograron constituir soberan?as populares y nacionales, lograron recuperar el control de sus recursos naturales, por lo menos en lo que respecta al control en su condici?n de reservas, incluso de propiedad de materias primas, oponi?ndose a la vor?gine del despojamiento extractivista trasnacional, con el tiempo, este control nacional, esta soberan?a sobre los recursos naturales, estos Estado-naci?n, se convirtieron en dispositivos indispensables del orden mundial y de la acumulaci?n ampliada de capital, en la geopol?tica renovada y recompuesta del sistema-mundo capitalista. Este es el problema contempor?neo.

La constataci?n de esta situaci?n no le quita ning?n m?rito a las luchas de liberaci?n nacional de los pueblos, tampoco a los gobiernos nacional-populares, dados dram?ticamente el los contextos del siglo XX. De ninguna manera. Empero, le quita todo m?rito a los gobiernos neo-populistas, neo-nacionalistas, pretendidamente ?antiimperialistas?, investidos de las remembranzas de los h?roes del pasado; sin embargo, gobiernos claramente entregados a pol?ticas econ?micas extractivistas, en el mejor de los casos desarrollistas. Estos gobiernos ?progresistas? son, en la pr?ctica, los mejores dispositivos del orden mundial, en lo que respecta a la legitimaci?n del sistema-mundo capitalista, en su etapa de dominio financiero. Estos gobiernos atacan el fantasma del ?imperialismo? del pasado; empero, dejan indemne, la estructura del imperio, del orden mundial del capital actual. De manera comprometedora tienen lazos y relaciones concomitantes con los circuitos financieros, con los circuitos y recorridos de las materias primas, con el sistema financiero internacional y las trece empresas trasnacionales del extractivismo, consorcios oligopolios, controladores efectivos, no nominales, como lo que ocurre con los Estado-naci?n, de las reservas del planeta.

Para decirlo de una manera provocadora; los ?antiimperialistas? de hoy son de pacotilla. No tienen la voluntad de lucha, la convicci?n, la capacidad de enfrentamiento y de confrontaci?n, que tuvieron los antimperialismos del siglo XX. Los ?antiimperialistas? de hoy forman parte del emblem?tico diagrama de poder de la simulaci?n. ?Cu?l entonces la estrategia de estos ?antiimperialistas?, de estos ?revolucionarios? del siglo XXI? Es una estrategia de poder. El uso de las figuras revolucionarias, ?antiimperialistas?, el investirse con los logros y gastos heroicos del pasado, los convierte, simb?licamente, en el teatro de las representaciones, en los que monopolizan la verdad, apoy?ndose en dispositivos disciplinarios, como los partidos, incluso de domesticaci?n; por lo tanto de subalternizaci?n. Usan el prestigio de las revoluciones y del antiimperialismo con fines privados.

Las luchas contempor?neas de los movimientos sociales anti-sist?micos se encargan de desmontar este teatro pol?tico, de interpelar a estas pretendidas ?vanguardias?, que cobijan conservadurismos recalcitrantes, prejuicios patriarcales, prejuicios sexuales, prejuicios de g?nero y prejuicios generacionales, incluso prejuicios raciales. Estos ?vanguardistas? son esquem?ticos; reducen la historia a c?digos morales, como lo hacen las religiones monote?stas y trascendentales. Son los nuevos sacerdotes represores, en un siglo donde los patriarcas se aferran a sus bastones bajo los celajes del crep?sculo.

[1] Revisar de Ra?l Prada Acontecimiento pol?tico. Editorial Rinc?n; La Paz 2014. Din?micas moleculares; La Paz 2014.

[2] El concepto de colonialismo interno tiene varios nacimientos. El que conocemos m?s y nos parece pr?ximo, es el que se refiere a las sociedades poscoloniales; es decir a la continuidad colonial despu?s de la independencia; pero, antes, el concepto de colonialismo interno se refer?a a lo que hace el Estado con los cuerpos, al inscribirse en ellos, en la superficie de los cuerpos como historia, en el espesor de los cuerpos como subjetividad.

[3] Este argumento es, en todo caso discutible. ?Es adecuado utilizar un concepto, como la del Estado, que tiene una consolidaci?n te?rica fuerte en la modernidad, bajo los paradigmas usados por la ciencia pol?tica, para referirse a formas de organizaci?n compleja y marcadamente distinta de las sociedades antiguas? Lo que reclaman los que argumentan de esta forma, que el estado tiene sus or?genes en sociedades antiguas, en sociedades que se encuentran, en pleno esplendor, en tiempo pret?ritos y en geograf?as no europeas. Esto puede ser ponderado como perspectiva no euroc?ntrica; empero, en la medida que se quedan ah?, afirmando que el Estado nace antes y no en Europa, en As?a, solo mejoran la posici?n estatalista, la posesi?n del dominio estatal, reforzando, al mismo tiempo la perspectiva, de la excepci?n europea. Convierten al Estado-naci?n; es decir, al Estado moderno, Estado por excelencia colonizador, en parte de una historia m?s larga y no s?lo europea, historia que abarca al mismo planeta. Esto es hacer una apolog?a del Estado y de las dominaciones hist?ricas.

[4] Emanuel Kant, en ?Qu? es la ilustraci?n?, propone la madurez como uso cr?tico de la raz?n; sin embargo, habla de la raz?n abstracta, no de la raz?n integral, que forma parte del acontecimiento integral de la percepci?n.