Crítica de la defensa del marxismo según Trotsky

Stalin mandó a asesinar a Trotsky, ambos eran seguidores de Lenin, quien a su vez fue seguidos de Engels, el compañero de Marx e ideador del Marxismo como concepto rechazado tres veces por escrito por Marx, pero que Engels y luego sus tres seguidores levantaron a su muerte para seguir con la fase estatista de Marx, que había superado desde su estudio de la experiencia de la comuna de París. De modo que las diferencias entre Lenin, Stalin y Trotsky eran el como organizar y administrar el estado socialista que finalmente se quedó pegado administrando el capitalismo, en lo que se llamó el capitalismo de estado.



Crítica de la defensa del marxismo según León Davidovich Bronstein, Trotsky.
Miguel Manzanera Salavert

Los pasados días 6, 7 y 8 de mayo de 2019, se ha celebrado en La Habana un Evento Académico
Internacional glosando la figura de León Trotsky, convocado por la Asociación por el Derecho
de Asilo. Casa Museo León Trotsky por parte de México, y los Institutos de Filosofía y de
Investigación Cultural Juan Marinello por parte de Cuba. Se presentaron más de 40 ponencias
que fueron discutidas durante tres intensas jornadas. Hay que ponderar el valor de esta
reunión de intelectuales progresistas, que constituye un paso adelante para afrontar la verdad
histórica de la URSS y la recuperación del marxismo como ciencia social. Sigue a continuación el
texto de la ponencia que presenté.
El marxismo: ciencia para la emancipación
Transcurrida una década después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de que el estalinismo
había transformado el marxismo en una dogmática, haciendo involucionar su carácter
científico, constituyó un tópico entre los intelectuales de las corrientes progresistas europeas.
Lukács lo afirmó con rotundidad; Marcuse escribió una prolija crítica en su ensayo El marxismo
soviético; Sartre en su Crítica de la crítica crítica lamentó las deficiencias epistemológicas del
materialismo dialéctico practicado por los cuadros del movimiento obrero,… Entre los
marxistas españoles Sacristán se hizo eco de estas posiciones, y tras su experiencia como
miembro de la dirección del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), cuando renunció a
las tareas de dirección acusó a sus antiguos compañeros de oportunismo. Corría el año 1969 y
tras el fracaso del mayo francés del 68 –la mayor huelga obrera de la historia de Francia,
disuelta por el PCF (Partido Comunista Francés)- y la primavera de Praga –que acabó con la
experiencia de renovación del leninismo por el PCCh (Partido Comunista de Checoslovaquia)-,
se anunciaba ya esa involución del movimiento obrero europeo que llega hasta nuestros días.
Esa tópica había sido ya anticipada por Trotsky en su crítica del estado burocrático en que se
había convertido la URSS bajo el estalinismo. El esfuerzo que realizó para mantener el carácter
científico del marxismo se refleja en las polémicas que se produjeron en la IV Internacional al
comienzo de la Segunda Guerra Mundial y que fueron recogidas en el volumen titulado En
defensa del marxismo. Nada más comenzar el texto leemos: En el problema del carácter social
de la URSS, los errores suelen proceder, como ya habíamos previsto, de reemplazar el hecho
histórico por la norma programática. El hecho concreto se deriva de la norma. Esto no significa,
sin embargo, que la rompa: por el contrario, la reafirma, en su aspecto negativo (Trotsky 1974,
23). Se trataba de definir la formación social surgida de la Revolución de Octubre, de manera
adecuada para la práctica histórica revolucionaria. Pero antes de comenzar la discusión, Trotsky
sienta un principio metodológico fundamental para la ciencia: la teoría debe adecuarse a los
hechos para explicarlos satisfactoriamente; y no al revés. Hay aquí una percepción clara de los
errores que suele cometer la dogmática marxista: forzar los hechos para someterlos a la norma
prevista por la elucubración teórica de los responsables burocráticos.
Esa actitud intelectual fue descrita por los griegos clásicos mediante una metáfora, el lecho de
embargo había sido anticipado por la teoría marxista; pero solo hasta cierto punto.1
Como
señaló Isaac Deutscher en 1960 –de manera un tanto exagerada, pero significativa-: la realidad
de la revolución rusa fue en todos y cada uno de sus aspectos una negación de los supuestos
del marxismo clásico (Deutscher 1970, 43). Esta afirmación requiere ser matizada, pero hace
comprensible que las consecuencias de esa acción histórica fueran completamente diferentes a
lo pronosticado por los creadores de la doctrina. De tal manera, la revolución soviética
confirmaba y desmentía al mismo tiempo la teoría marxista de la historia.
Hoy sabemos que esa situación es normal en el modo de proceder teórico: las investigaciones
sobre filosofía e historia de la ciencia en la segunda mitad del siglo XX nos han mostrado esa
característica del método hipotético, que consiste en acertar de un modo general y aproximado
en un principio, para ir afinando paulatinamente la teoría según se van dibujando los hechos.
Copérnico afirmaba que nuestro sol estaba en el centro del universo y las órbitas de los
planetas eran circulares. Pero esos errores de concepción no restaron valor a su labor
científica, que renovó el paradigma teórico de la astronomía. Y aún tuvieron que pasar dos
siglos para que Newton estableciera con precisión las leyes que rigen el sistema solar.
Esa consideración nos aclara la última frase del párrafo reseñado, que nos ha dejado
pensativos: ¿la negación de la norma por el hecho confirma la norma de modo negativo? Sí, en
efecto, así es siempre que la norma –vale decir la ley científica, sea intencional o no- se
modifique para incluir el nuevo hecho que ha aparecido refutando las ideas preconcebidas.
Con un típico lenguaje dialéctico de la tradición marxista, interpretamos que Trotsky intuye
certeramente un tema de la moderna filosofía de la ciencia elaborada a partir de los años 60 en
la academia anglosajona, especialmente Kuhn y Lakatos: las refutaciones no invalidan una
teoría, solo nos invitan a modificarla y completarla, perfeccionando su descripción de la
realidad. Desde nuestro punto de vista las concepciones historicistas de estos autores se
corresponden con el método dialéctico del desarrollo del conocimiento.
Trotsky ha intentado pensar científicamente con conceptos marxistas la nueva realidad que
apareció tras la Revolución de Octubre, y esta es la principal lección que podemos sacar de su
empeño intelectual. Su perspectiva estaba muy cerca de la concepción de los fundadores de la
teoría, acerca de la función revolucionaria del proletariado como sepulturero de la sociedad
capitalista, y las expectativas optimistas de un rápido tránsito al socialismo –la tesis de la
revolución permanente, ya formulada por Marx y Engels (Pérez Varona 2017)-. Solo que a) la
revolución se realizó en un país atrasado –y no en uno desarrollado como estaba previsto-; b)
la clase obrera europea no se hizo eco de la revolución rusa –no se produjo la revolución
permanente como extensión europea de la conquista del poder por los trabajadores en Rusia-;
y c) el resultado no fue una dictadura del proletariado, sino un capitalismo de estado, primero,
y una burocracia dictatorial sobre el proletariado, después. La cuestión, por tanto, es cómo
debemos entender la teoría de la revolución proletaria para que sea compatible con los hechos
de la historia.
Las refutaciones de ciertos supuestos básicos de la teoría en su formulación original han sido
constantes; pero las confirmaciones de sus pronósticos también. Recientemente la crisis
capitalista y el inicio de una depresión económica de larga duración han vuelto a confirmar el
1
La Revolución de Octubre no fue un accidente. Había sido prevista desde hacía tiempo. Los
acontecimientos confirmaron esta previsión. La degeneración no refuta la previsión, porque los marxistas
nunca creyeron que un estado obrero aislado en Rusia pudiera mantenerse indefinidamente (Trotsky
1974, 34).
análisis del capitalismo por Marx –especialmente en la versión actualizada por Ernest Mandel-.
Hemos de comprobar que se trata siempre de confirmaciones a medias que deben servirnos
para perfeccionar la teoría. Y si bien el marxismo no es todavía el paradigma científico de la
ciencia social –universalmente reconocido por todos los estudiosos de la historia humana-,
creemos que hay suficientes razones para considerarlo como el candidato más serio a
convertirse en ello. Siempre que seamos capaces de adecuarlo para la explicación de las
actuales circunstancias históricas y los hechos del pasado reciente.
A partir de esa convicción debemos estudiar la tradición trotskista como una aportación
importante a la construcción de la teoría marxista, caracterizada por esos dos principios: a)
mantener el carácter científico del marxismo –que incluye la metodología dialéctica como
comprensión de las leyes de la historia-, y b) confiando en la capacidad política de la clase
obrera para construir una sociedad sin clases en el proceso de emancipación de la humanidad.
Sobre la caracterización de la URSS
Trotsky estuvo entre los primeros intelectuales que aplicaron el marxismo al análisis de la
URSS, como sistema social resultante de la revolución rusa de 1917; ello condujo a ciertas
precisiones de la teoría en su descubrimiento de la nueva realidad histórica. Se opuso a Stalin
quien propuso la tesis de la revolución por etapas para justificar la existencia de la URSS, y
hasta su muerte se atuvo a la concepción original de la revolución permanente, que sin
embargo tenía abundante evidencia histórica en su contra: primero, porque la revolución
proletaria quedó aislada en Rusia en 1917, fracasando los intentos revolucionarios en Europa, y
después también en China y España en los años 30 del siglo pasado; además, porque ese
fracaso condujo al desarrollo del fascismo –proceso que vuelve a mostrarse entre nosotros en
estos años y que fue anticipado por Mandel-.
La revolución permanente es una ley empírica en la medida en que puede comprobarse la
dinámica internacional de las luchas obreras y sociales, como se manifestó plenamente en la
revolución del 1848, observada por Marx y Engels, y en otras oleadas sucesivas de conflicto
político; pero queda refutada porque el éxito de la política revolucionaria en un lugar
geográfico no ha podido generalizarse hasta nuestros días, quedándose esas victorias aisladas.
La revolución permanente debe formularse entonces como una norma de acción para los
comunistas de izquierda (una ley intencional): si se quiere superar el capitalismo y alcanzar el
socialismo es necesario actuar según la concepción de la revolución permanente, para la
generalización constante de los procesos revolucionarios. Mandel en su análisis de Las ondas
largas del desarrollo capitalista ha establecido cuáles son los periodos de máxima agitación
revolucionaria del proletariado, que coinciden con el final de una fase ascendente o expansiva
de desarrollo. Pero incluso en épocas de estabilización capitalista, una vez superada la etapa
crítica, pueden producirse esos procesos de transformación social radical.
Esa concepción resulta perfectamente asimilable al contexto cubano, donde fue expresada a
su modo por el proceso revolucionario: ¡hasta la victoria siempre! Y también en la práctica
política de Che Guevara: ¡diez, cien, mil Vietnam! Veamos cómo fue expuesta por Trotsky en la
discusión política de 1939 ante el estallido de la SGM (Segunda Guerra Mundial): se trataba de
trazar una perspectiva de revolución permanente como consecuencia del conflicto bélico. Para
ello los textos publicados en el libro En defensa del marxismo recogen un debate en la IV
Internacional, donde Trotsky intenta pensar la sociedad soviética desde las categorías
marxistas, confiando en la acción de los trabajadores para desembarazarse de la burocracia
estalinista. Se trataba de fijar así las posiciones políticas ante la evolución de la URSS y
presentar una alternativa revolucionaria basada en el poder obrero, con la perspectiva de
cambio social en Europa tras la masacre previsible de la guerra imperialista.
Dadas las circunstancias históricas en que se desarrolló la revolución bolchevique, la URSS se
transformó en un estado burocrático, lo que constituía un hecho nuevo no previsto por la
teoría. Una revolución triunfante de los trabajadores hubiera debido producir una dictadura
del proletariado –esto es, una República Democrática-, que evolucionara rápidamente hacia el
socialismo, la sociedad sin clases. En cambio, la aparición de la nueva realidad burocrática
creaba un problema teórico importante: ¿en qué consiste ese nuevo hecho histórico?, ¿se trata
de una nueva estructura de clases sociales, donde la burocracia ha sustituido a la burguesía
como clase dominante?
Trotsky rechaza esa posibilidad: Si la canalla bonapartista es una clase, esto significa que no
es un aborto, sino una criatura viable de la historia (Trotsky 1974, 46). Rechaza la posibilidad de
que pueda establecerse un modo de producción fundado en la estructura de clases
burocracia/proletariado y prefiere provisionalmente ofrecer otras soluciones, ¿por qué? Por un
lado, esa caracterización de la burocracia soviética se comprende a partir de su función
estructural determinada parcialmente por su estatuto jurídico constitucional –parcialmente
porque la acción burocrática es con frecuencia inconstitucional por el fenómeno generalizado
de la corrupción: la apropiación privada de los bienes públicos-. Por otro, la formación de esa
burocracia en la historia soviética y mundial nos explica ciertas características de su acción
política conservadora. Finalmente, la reflexión de Trotsky está orientada por las expectativas
políticas creadas a partir de la guerra imperialista, pensadas desde la revolución permanente –
y aquí reside la verdadera motivación para su propuesta teórica-.
Trotsky cree posible todavía en 1939 una revolución proletaria en Europa, que se
desencadenaría tras la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo que la Primera produjo la
Revolución Soviética. Su confianza en el proletariado ha sufrido desencantos por causa de los
acontecimientos de aquellos años: el ascenso del fascismo y la burocratización de la URSS. Pero
todavía piensa esos acontecimientos como un pequeño desvío histórico circunstancial que será
rápidamente reconducido por la lucha de clases –al menos cree que así debe pensarlo-.2
El
optimismo histórico ilustrado alienta en su descripción de la historia. Las categorías que
propone para interpretar el estado burocrático están en función de las expectativas acerca de
una pronta abolición revolucionaria de la sociedad capitalista.
El texto reflexiona sobre la caracterización del estado surgido de la revolución soviética de
1917, y Trotsky ofrece una definición que le parece la más precisa: Si queremos definir
exactamente la política exterior del Kremlin, debemos decir que es la política de la burocracia
bonapartista de un estado obrero degenerado, en un entorno imperialista (Trotsky 1974, 50).
De esta definición conviene retener en primer lugar el condicionamiento imperialista de la
política soviética. En las circunstancias históricas del proceso soviético reside la explicación de
su desarrollo deformado, que se manifiesta en la política tacticista y criminal del estalinismo,
sacrificando revoluciones para sostener la burocracia soviética, identificada ésta con los
intereses generales de la clase obrera. Esa identificación del poder burocrático con los intereses
proletarios para la emancipación es pura ideología que falsifica la realidad social y deforma la
2

Pero se da cuenta de que esa previsión puede volver a fallar: si el proletariado es a
explicación marxista de la historia. Pues el estado obrero degenerado no es ni el representante
ni el instrumento de la clase revolucionaria, sino el intermediario entre esta clase y el sistema
imperialista, jugando un papel contrarrevolucionario como instrumento del capitalismo
internacional. Respecto de la guerra civil española Trotsky asevera: Franco necesitaba ayuda
que proviniera del otro lado del frente. Y la ha obtenido. Su principal auxiliar ha sido y sigue
siendo Stalin, el sepulturero del Partido Bolchevique y de la revolución proletaria (Trotsky 2010,
157).
La caracterización de la formación social soviética –‘estado obrero degenerado’- como una
burocracia bonapartista y no como una clase social, debe ser revisada cuidadosamente y
objeto de una discusión conceptual, en la medida en que las sucesivas revoluciones del siglo XX
han sufrido desarrollos similares a la antigua URSS. En opinión de Trotsky el estado soviético se
había transformado en un aborto histórico, que podría revertirse mediante la acción
revolucionaria del proletariado; las circunstancias que harían posible esa intervención estaban
dadas por la Segunda Guerra Mundial, que expandiría la revolución proletaria por toda Europa
y el mundo. Esa apuesta táctica se produce a pesar de la evidencia en contra de un
proletariado que, tras el fracaso de la revolución europea a comienzos de siglo, había perdido
la conciencia de clase y la confianza en sí mismo que todavía le otorgaba Trotsky. En aquel
momento histórico, la clase obrera en su mayor parte se dejaba arrastrar por el nacionalismo
chovinista para someterse a la masacre bélica.
Es pertinente tener en cuenta la advertencia de Lenin acerca del carácter reformista
espontáneo del proletariado, que solo se arriesgará a la revolución por la influencia de un
partido comunista –formado como una institución científica bajo el materialismo histórico y
dialéctico-, capaz de señalar las tareas políticas para la transformación social. Teniendo en
cuenta esa observación, Trotsky dedicó sus energías a la construcción de la IV Internacional,
que había de jugar la función inductora de los procesos revolucionarios tras la catástrofe bélica.
La vanguardia abre el camino de la revolución –y de nuevo el ejemplo cubano resulta ilustrativo
de esa observación del proceso histórico-. La creación de esa vanguardia es un largo proceso
de educación moral y política de los cuadros dirigentes, que no puede completarse ni siquiera
en una generación –teniendo que afrontar además la fuerte represión por parte de los poderes
conservadores del sistema-.
Dadas esas condiciones se hace difícil pensar que fuera posible un cambio repentino de las
actitudes y objetivos de la clase trabajadora, que dieran lugar a la transformación
revolucionaria en Europa, y la posición de nos dice bastante del carácter y la personalidad del
hombre que creó el Ejército Rojo y con él venció la guerra civil contra la reacción conservadora.
Su posición debe ser interpretada a partir de la continuidad con su trayectoria intelectual y
vital, y en sintonía con los avatares del proceso soviético. Pero los conceptos con que piensa la
sociedad son teóricos y deben ser discutidos en el plano de la teoría marxista, para orientar la
práctica emancipatoria en función de la coyuntura histórica.
Trotsky versus Stalin, versus Lenin/Bujarin
Tras la guerra civil española estalló la Segunda Guerra Mundial. Trotsky pronosticó la victoria
de la clase obrera, reorganizada por las instituciones sociales anticapitalistas dirigidas por la IV
Internacional. Y aunque no pudo verlo, pues fue asesinado antes del final de la guerra, su
vaticinio resultó parcialmente correcto: la guerra terminó con la victoria de los aliados, una
correlación de fuerzas favorable a los trabajadores y un avance notable de las fuerzas
progresistas. Pero de nuevo no en la forma esperada por él: la IV Internacional no alcanzó el
liderazgo del proletariado, ni tampoco se produjo la revolución socialista, sino un modelo social
que combinaba el estado y el mercado, corrigiendo en parte los desequilibrios del capitalismo.
Sus esperanzas se vieron frustradas, sin que podamos reprochar al viejo luchador la más
mínima falta contra la honestidad. Pero debemos criticar sus fallos predictivos y conocer sus
causas: el error teórico de Trotsky es haber pasado por alto determinados hechos que para él
no fueron significativos, pero que hoy sabemos que lo son.
Igual que en 1917, tras la SGM la revolución comunista quedó reducida a una perspectiva
maximalista de la acción política del proletariado militante. Se produjo una victoria de la clase
obrera organizada sobre el fascismo –la política de la burguesía en los momentos de crisis
capitalista extrema-, pero esa victoria no condujo a una construcción inmediata y decidida
hacia el socialismo, sino a pequeños pero importantes avances, especialmente en el terreno de
los derechos humanos, el bienestar de las clases populares y la influencia política de los
intereses emancipatorios de la humanidad. La revolución permanente quedó como una
perspectiva voluntarista de la política a impulsar en el proceso histórico contemporáneo. Pero
lo que Trotsky no ha podido observar es que tras la revolución bolchevique, igual que en otros
procesos revolucionarios antimperialistas posteriores, no se crea un nuevo modo de
producción, sino una nueva forma de capitalismo con predominio del estado; y que los intentos
de superación del capitalismo en sus nuevas formas estatalizadas han terminado hasta el
momento en rotundos fracasos bajo regímenes burocráticos transitorios.
En 1917 los bolcheviques esperaban que la revolución proletaria se expandiera por Europa,
contaminando a otras naciones –especialmente Alemania- tras la Primera Guerra Mundial; de
modo que el tránsito al socialismo se podría realizar con celeridad en Europa del Este
combinando los avances tecno-científicos del capitalismo alemán y las riquezas naturales de
Rusia. Sin embargo, la revolución quedó aislada en Rusia y Asia central, y tuvo que afrontar
enormes dificultades ante la guerra civil, hasta el punto de que la clase obrera quedó
prácticamente diezmada y el país sufrió una hambruna terrible en 1920. Bajo esas condiciones
se abandonó el comunismo de guerra y Lenin promovió la NEP (Nueva Política Económica) que
recuperaba el mercado y la propiedad privada. Consiguió de ese modo reanimar la economía y
dar de comer al pueblo. El resultado de esa evolución fue denominado por Lenin capitalismo
de estado.
3
Pero un sector de los bolcheviques, que resultó ser el más fuerte o el más oportunista,
interpretó ese capitalismo de estado como un remedio temporal que habría de ser superado
rápidamente. De ahí surgió la tesis del socialismo en un solo país: tras la muerte de Lenin,
Stalin deshizo el Comité Central del partido bolchevique y cambió su política, intentando
acelerar el tránsito hacia el socialismo a través de una serie de medidas autoritarias y
coercitivas que acabaron siendo un desastre. Los defensores de la NEP fueron eliminados,
especialmente Bujarin, a quien se tenía por el continuador de Lenin, y que sufrió un infamante
proceso político para liquidar su influencia en el Partido Bolchevique. En 1933 la población de
la URSS volvió a padecer una hambruna terrible, y sin embargo el desarrollo económico fue
3

Hoy en día se utiliza la expresión socialismo de mercado (Schwelekart 2009, 28), pero en mi opinión es
preferible mantener la denominación leninista de ‘capitalismo de estado’, y el concepto de socialismo
para el modo de producción que supera las clases sociales. Como muestra este autor, el mercado de
bienes es todavía imprescindible para la organización económica, pero se deben abolir el mercado de
trabajo y el mercado financiero para alcanzar esa nueva formación social.
espectacular, mientras la depresión capitalista hundía a las naciones más desarrolladas en
conflictos cada vez más agudos.
¿Cuáles son las lecciones de esos acontecimientos? Se deben distinguir dos formaciones
sociales diferentes que aparecieron tras la Revolución de Octubre, y que se han producido
también tras otros procesos revolucionarios contemporáneos: el capitalismo de estado y la
dictadura burocrática. El capitalismo de estado, emergiendo en la desembocadura de la
revolución proletaria, es una sociedad de clases, con una pequeña y mediana burguesía aliada
al proletariado hegemónico en la República Democrática. La hegemonía obrera se construye a
partir de las instituciones que organizan su acción colectiva: partidos, sindicatos y sociedad
civil; pero en esas instituciones aparece constantemente el problema de la burocracia. Pues
como dice Trotsky, un estado obrero no es más que un gran sindicato.
La dictadura burocrática, establecida en la abolición del capitalismo de estado, consistió
precisamente en liquidar las clases. Pero no hay atajos en la historia y esa liquidación resultó
ser temporal: la burocracia soviética acabó convirtiéndose en una rapaz clase capitalista en el
proceso de liberalización económica de los años 90. Por lo tanto, se puede conceder la razón a
Trotsky en su caracterización de la URSS: el sistema social burocrático es transitorio; pero
teniendo en cuenta que, si esa burocracia no es una clase, puede transformarse fácilmente en
eso. Y no se puede interpretar que el resultado de una revolución proletaria victoriosa habría
de ser necesariamente una sociedad sin clases. Así interpretada, la concepción de Trotsky se
opone a la caracterización de Lenin del capitalismo de estado, participando del rechazo de ese
modo de producción diseñado por éste tras la estabilización del proceso soviético en los años
20 –en ese sentido Lukács ha podido decir que la política de Trotsky y Stalin era la misma-.4
Trotsky opone la revolución permanente a la absurda doctrina del socialismo en un solo país –
y la historia le ha dado la razón frente al posibilismo estalinista con la liquidación de la URSS-;
pero no parece conceder que pueda establecerse una sociedad de clases tras la revolución
proletaria, como había propuesto Lenin con la NEP. Interpretada de ese modo la revolución
permanente es una falsa comprensión de la acción política del proletariado. Dado que los
hechos han desmentido tozudamente las expectativas de un rápido tránsito al socialismo, que
se produciría gracias a la potencia y creatividad del proletariado, el problema teórico viene a
ser la compatibilidad de la táctica de la revolución permanente con la construcción de una fase
de capitalismo de estado, como resultado de la revolución proletaria contra el imperialismo
liberal. Tal vez la dictadura burocrática, que abole y supera las clases sociales, pueda ser un
momento de transición hacia socialismo –una formación social transitoria-, pero es necesario
establecer las condiciones históricas que harían posible ese tránsito histórico y estas apenas
están dadas en la actual coyuntura.
¿Fue su concepto de revolución permanente responsable de esa divergencia más o menos
aparente de Trotsky con el leninismo? Partamos de la siguiente formulación de la época de la
guerra civil: incluso las tareas puramente democráticas, tales como la liquidación de la
propiedad semifeudal de la tierra, no pueden ser resueltas sin la conquista del poder por el
proletariado (Trotsky 2010, 141). Se puede confirmar esta aseveración con numerosos hechos
4

La parálisis de Trotsky a la hora de combatir a Stalin tras la muerte de Lenin plantea un auténtico
problema de interpretación: puede entenderse como una inhibición ante la liquidación de la NEP, que sin
embargo el propio Trotsky propició en 1920. En este evento internacional, algunas intervenciones han
señalado que hubiera sido necesario una alianza de Trotsky con Bujarin para derrotar el estalinismo en el
lustro de 1925-30.
de la historia reciente –entre los que cuenta la guerra civil española, y también los recientes
procesos latinoamericanos en Brasil o Argentina-. Pero como hemos visto, la conquista del
poder político por la clase obrera apenas puede mantenerse en un entorno histórico con
predominio del imperialismo capitalista. Y la experiencia histórica nos muestra –en las
Repúblicas de China, Vietnam, Corea, Bielorrusia o Cuba-, que las condiciones para la
pervivencia del estado obrero son de carácter nacional: la construcción de un sistema de
alianzas de clase, en las que el proletariado conserve la hegemonía. Para pensar esa formación
social hemos de recurrir al concepto de bloque histórico de Gramsci.
Desde la SGM acá ha habido varias revoluciones socialistas y todas han desembocado en el
capitalismo de estado –esto es, en una sociedad de clases-, excepto en breves periodos de
voluntarismo, por ejemplo, el gran salto adelante y la revolución cultural en China. Esos
intentos voluntaristas, fundados en los incentivos morales, resultaron fallidos o transitorios
(Schwelekart 2009, 27). La explicación de ese giro de los acontecimientos hay que buscarla en
las lecciones de la historia –que no solo están ahí para que intelectuales y filósofos las
interpreten y las transformen, sino sobre todo para que el pueblo y los trabajadores se
orienten en su acción política concreta y cotidiana-: se encuentra en la inmadurez de los
factores históricos para avanzar al socialismo. En primer lugar, el desarrollo desigual de las
fuerzas productivas que crea diferencias enormes en la población mundial en cuanto a riqueza
y productividad; injustificadas por las necesidades productivas, en cambio son racionales desde
el punto de vista capitalista –factores objetivos-; en segundo, por el retraso de la conciencia de
clase en la población mundial –factores subjetivos-.
La antinomia Trotsky/Stalin parece inoperante: ambos se equivocaron.5
Lenin tenía razón al
establecer la NEP y parece lamentable que Bujarin no haya podido dirigir el desarrollo
soviético. Pero seguramente fue necesario hacer la experiencia de liquidar las clases y
comprobar la teoría con los hechos históricos. Se ha interpretado entonces la revolución
permanente como la subordinación de la política nacional a la lucha internacional del
proletariado por avanzar hacia el socialismo. Cuba ofrece un ejemplo extraordinario de esta
interpretación, incluso después del hundimiento de la URSS y el periodo especial. Pero hay un
detalle que complica grandemente la política revolucionaria de los comunistas: en la tradición
trotskista se suele correlacionar el avance hacia formas socialistas democráticas de
organización social con la expansión de los procesos revolucionarios; ambos aspectos de la
revolución permanente están unidos en el desarrollo de la conciencia de clase. No es fácil
encontrar el camino de la revolución, que es siempre un equilibrio entre diversos factores:
subjetivo/objetivos, nacional/mundiales, económico/político/sociales.
Debemos pensar, por tanto, la posibilidad de implementar una táctica de revolución
permanente, a través de un proceso que provisionalmente todavía conduce a una sociedad de
clases como es el capitalismo de estado; compatibilidad que se nos muestra como la auténtica
posibilidad del tránsito hacia el socialismo. Esa compatibilidad viene ofrecida por la teoría
política de Gramsci, con sus conceptos de bloque histórico, guerra de posiciones y guerra de
movimientos, como actualización de la dictadura del proletariado: el ejercicio exclusivo del
poder político por el proletariado –única garantía de orientar el proceso histórico hacia el
socialismo-. Admitiendo la existencia de clases sociales en la fase de la dictadura del
5

Naturalmente hay una diferencia importante entre ambos: la posición de Trotsky conduce a reconocer
los errores y analizarlos desde el punto de vista marxista, mientras que el estalinismo bloquea esa
posibilidad; se debe denunciar la explotación de la clase obrera rusa para generar el desarrollo
económico de la URSS y la política criminal del estado soviético contra los comunistas de izquierda.
proletariado, Trotsky, en los años en que dirigía el Ejército Rojo, nos presenta así este concepto:
el poder único del proletariado no excluye la posibilidad de acuerdos parciales o grandes
concesiones. Se trata de una alianza de clases con la pequeña burguesía y el campesinado,
dominada por el proletariado que se reserva el poder de decidir libremente las concesiones
que debe hacer o rechazar en interés de la causa socialista (Trotsky 2005, 37). Al menos en ese
momento histórico Trotsky no disentía de Lenin.
Los modos de producción
Esa discusión nos debe llevar a la conclusión de que hoy en día es necesario perfeccionar la
teoría marxista atendiendo a los acontecimientos de las últimas décadas, que en la parte
principal teórica confirman sus concepciones: la inviabilidad del capitalismo a largo plazo y la
necesidad de superarlo con una sociedad socialista; pero que en partes secundarias empíricas
las refutan: cómo se pensaron en el pasado los modos y las vías de esa transformación
histórica fundamental. Sigamos pues el ejemplo trotskista, sometiendo nuestra teoría a la
crítica de los hechos, sin perder de vista el horizonte histórico de la emancipación humana.
Entre las causas que explican la incapacidad del proletariado europeo para realizar las tareas
históricas de superación del capitalismo, quizás sea la más significativa aquella que se
desprende de la teoría del imperialismo de Lenin: es evidente que tan gigantesca
‘superganancia’ (imperialista)… permite corromper a los dirigentes obreros y a la capa superior
de la aristocracia obrera (Lenin 1974, 10-11). Esa superganancia es lo que Mandel llama
‘ganancias extraordinarias’ en su estudio sobre el capitalismo tardío, mostrando cómo la
explotación colonial se mantiene aún después de la descolonización a través del mecanismo
del intercambio desigual en el mercado mundial: Las ganancias extraordinarias coloniales
fueron así la ‘forma principal’ de la explotación del tercer mundo en esa época, siento el
intercambio desigual sólo una ‘forma secundaria’ de dicha explotación… Las proporciones
cambiaron en la época del capitalismo tardío (Mandel 1970, 338-339). En la época de la
globalización el intercambio desigual se realizó a través de los mecanismos financieros, hasta la
crisis del 2008 que originó una larga fase recesiva.
La revolución tecnológica de la informática y sus aplicaciones industriales, que Mandel estudia
en su libro El capitalismo tardío, permitió la estabilización del capitalismo tras la SGM, a pesar
de que la lucha por la independencia de los países colonizados eliminó las ganancias
extraordinarias coloniales tras la SGM. Posteriormente las superganancias imperialistas han
sido obtenidas por el intercambio desigual en el proceso de globalización económica, gracias a
la fortaleza del dólar y secundariamente del euro, monedas sostenidas por la potencia militar
de la OTAN. La riqueza así generada ha permitido la conversión del proletariado europeo en
‘clases medias’ de la sociología capitalista, es decir, en ‘aristocracia obrera’, una clase
trabajadora subordinada a la dirección imperialista que recientemente parece optar por una
vuelta al fascismo, viendo peligrar los privilegios obtenidos por la hegemonía política y militar
de ‘occidente’.
Ello explica que tras la desintegración de la URSS el marxismo haya casi desaparecido de
Europa, mientras que mantiene su vigencia en los países dependientes. Y como muestra el caso
de Cuba ello exige un completo replanteamiento de las perspectivas históricas –como había
pedido Trotsky en su defensa del marxismo, cuando consideró la posibilidad de un fracaso de la
táctica revolucionaria-. En primer lugar, puesto que la mayor parte de las revoluciones
socialistas se han producido fuera de Europa, es imprescindible quitarse el filtro etnocéntrico
que fue usado por los fundadores del materialismo histórico y sus inmediatos seguidores. La
revolución socialista será mundial o no será, no podría limitarse a un continente como el
europeo, ni siquiera por ser el más avanzado de la historia. En segundo lugar, como
consecuencia de ello, materialismo histórico necesita ser modificado desde perspectivas no
europeas, como ha hecho el egipcio Samir Amin presentándonos interesantes observaciones
acerca de la historia de las estructuras sociales.
Entonces la cuestión sigue en el aire: ¿cómo calificar el modo de producción de la extinta
URSS en el periodo que va desde su estabilización tras la SGM hasta su desaparición en los
años 90 de siglo pasado? Para responder a esta pregunta necesitamos perfeccionar nuestra
teoría de los modos de producción, y para ello me parecen imprescindibles las aportaciones
del egipcio Samir Amin, quien ha criticado la perspectiva eurocéntrica de Marx y Engels, y
consecuentemente las formulaciones del marxismo clásico. También numerosos colonizados
del siglo XX vieron la teoría socialista como un problema de los colonizadores, ajeno a sus
intereses de liberación nacional. Y sin embargo en nuestros días el marxismo como teoría social
y filosofía de la emancipación está más viva en las antiguas colonias que en las metrópolis
imperialistas ya desahuciadas por la historia.
El marxismo desarrollado fuera de Europa necesita contemplar el mundo desde otros puntos
de vista. Entonces Amin nos dice que el esclavismo y el feudalismo –que Marx consideró
procesos fundamentales en la evolución de las relaciones de producción- son modos de
producción principalmente europeos, periféricos respecto de los asiáticos que han sido los más
avanzados a lo largo de la historia hasta el siglo XVI y el comienzo del capitalismo. El modo de
producción asiático es un estado burocrático, que atraviesa dos fases: una antigua,
caracterizada por su ideología mítica, y otra más moderna, racionalizada a través del
pensamiento metafísico elaborado por los filósofos griegos y su magisterio posterior en
Oriente Medio; y la filosofía china confuciana en el Extremo Oriente.
Amir propone la desconexión de las Repúblicas Democráticas respecto del capitalismo –lo que
se está haciendo cada vez más plausible con la crisis económica y la reacción chovinista de las
potencias de la OTAN, lideradas por los EE.UU.-. Los últimos acontecimientos históricos nos
muestran que los países asiáticos han vuelto a tomar el liderazgo en el desarrollo económico y
político de la humanidad del siglo XXI. En consonancia con esa evolución debemos repasar
nuestros conceptos hasta hoy mismo demasiado vinculados a la hegemonía económica,
política y cultural del imperialismo liberal. Y tenemos que pensar el tránsito a la sociedad sin
clases a partir de esa realidad contemporánea. El antagonismo entre la clase obrera y la
burguesía capitalista se nos presenta encarnado en dos estructuras sociales diferenciadas: el
Estado Burocrático Oriental y el Capitalismo Liberal Occidental –Oriente y Occidente, en
términos gramscianos-. Pero entrecruzado con la lucha de los colonizados por alcanzar su
soberanía, como antagonismo entre la República Democrática y el Imperialismo Liberal –Sur y
Norte, en términos más recientes-.
La tradición trotskista y la actual coyuntura histórica
Si bien la victoria proletaria tras la SGM fue evidente en la evolución de las sociedades
europeas, en los procesos de descolonización, en las revoluciones china, coreana, cubana y
vietnamita, en el avance económico y tecnológico de la URSS, los acontecimientos no siguieron
el pronóstico de Trotsky al pie de la letra: no se produjo la revolución proletaria en la URSS y los
trabajadores europeos se conformaron con mejorar sus expectativas de vida dentro del
capitalismo reformado que se llamó el Estado del Bienestar –una economía mixta donde el
estado regulaba el funcionamiento del mercado para redistribuir la riqueza en nombre de la
justicia social-. Ese modelo social se pudo comparar en paralelo al capitalismo de estado en
numerosas interpretaciones de la posguerra, entre las que destaca la teoría del capitalismo
monopolista de Baran y Sweezy. Frente a esas teorías Ernest Mandel, economista miembro de
la IV Internacional, subrayó la inestabilidad del modo de producción capitalista, explicándola
bajo los principios analíticos establecidos por Marx y Engels en El capital.
Ernest Mandel ha sido el continuador más destacado de la propuesta para desarrollar el
marxismo como ciencia social crítica del modo de producción capitalista, demostrando la
validez explicativa de la ley tendencial a la baja de la tasa de ganancia y sus consecuencias en
la dinámica del desarrollo capitalista. En su estudio sobre El capitalismo tardío ha mostrado
cómo el capitalismo pudo recuperarse gracias a la derrota de la clase obrera tras la Revolución
Soviética, estabilizándose después por las ganancias extraordinarias que se lograron con la
innovación informática que robotizó el trabajo fabril sustituyendo a los trabajadores
industriales por máquinas. Su análisis del capitalismo monopolista mantuvo la ortodoxia
marxista –frente a las innovaciones teóricas de Baran y Sweezy-, subrayando la vigencia de las
conclusiones de El capital: La capacidad de los monopolios para asegurar la estabilidad a largo
plazo de las ganancias, proclamadas por algunos autores burgueses y algunos otros que
pretenden ser marxistas, es un mito (Mandel 1979, 521). Pues la competencia por apropiarse
de la plusvalía continúa entre los sectores productivos monopolizados. La presente crisis
económica ha corroborado sus investigaciones, demostrando la validez actual del análisis
marxista del modo de producción capitalista.
Una de las aportaciones más interesantes de Mandel a la teoría marxista es su estudio de las
ondas largas del desarrollo capitalista, provocadas por el descenso de la tasa de ganancia y su
recuperación a través de los mecanismos propios de la dominación capitalista.6
Mediante esa
teoría se pudo predecir la fase depresiva que aconteció desde 1968 hasta 1990
aproximadamente. Y aunque Mandel era pesimista respecto de la posibilidad de recuperación
del capitalismo, después ha sobrevenido una fase expansiva del capital, hasta el 2008 cuando
comenzó una nueva fase depresiva en la que todavía estamos inmersos. La última fase
expansiva se originó con el derrumbe del bloque del Este y el saqueo capitalista de las naciones
eslavas; posteriormente se estabilizó por la globalización económica y el crecimiento de la
economía asiática: China, India, los llamados tigres asiáticos, Vietnam, etc. En mi opinión, la
principal fuente de ganancias extraordinarias en esta fase del desarrollo capitalista, provino de
la plusvalía absoluta arrancada a los trabajadores asiáticos, extraída mediante la aceleración de
la rotación del capital a través de la ingeniería financiera –provocando el intercambio desigual
en términos de Mandel, esto es, mediante las diferencias en el precio de la fuerza de trabajo-.
A pesar de la descarada explotación de la clase obrera asiática, ese proceso de globalización
ha dado como resultado la creación de un potente eje de desarrollo en Asia, dirigido
fundamentalmente por la República Popular China con una formación social de capitalismo de
estado. Sucede así lo previsto por la filosofía racionalista acerca de la superioridad de las clases
subalternas frente a las dominantes –y que fue expuesta por Hegel en su famoso pasaje de la
‘dialéctica del señor y del siervo’ dentro de la Fenomenología del espíritu-. Para analizar
correctamente la actual coyuntura histórica desde el punto de vista marxista, hay que quitarse
6
“…la teoría de las ondas largas en la historia de la economía capitalista es claramente marxista (sus
iniciadores fueron Parvus, Kautsky, Van Gelderen y Trotsky)” (Mandel 1974, 1).
las gafas eurocéntricas y comprender que la mayor parte de la clase obrera mundial trabaja y
produce en Asia.
Es notable que ese desarrollo se haya realizado bajo una nueva formación de la sociedad
capitalista. El capitalismo de estado se ha instaurado en los países que han enfrentado el
imperialismo en Asia: China, Vietnam, Corea,… -y está desarrollándose también en Cuba-.
Incluso en la India existe una fuerte tradición marxista y maoísta con fuertes cotas de poder
político. En Siberia, Mongolia y las Repúblicas turcas de Centro Asia la conversión al capitalismo
liberal no ha podido liquidar la experiencia de la revolución socialista. La periferia de Asia se
convierte cada vez más intensamente en un frente de guerra entre el imperialismo y las nuevas
potencias emergentes.
La clave de ese desarrollo, y su posible victoria sobre el imperialismo liberal de la OTAN,
consiste en que el capitalismo de estado puede eliminar, gracias a la planificación, el
condicionamiento económico del capitalismo por el descenso de las ganancias que lleva a crisis
periódicas y brutales. En la actual fase depresiva la economía china se ha contraído pero sigue
creciendo con fuerza. Quizás bastaría cortar la rotación acelerada de los circuitos financieros
para provocar el derrumbe definitivo del liberalismo económico; para ello sería necesario
también derrotar militarmente a los ejércitos de la OTAN que garantizan el intercambio
desigual mediante la coacción bélica, sosteniendo por la fuerza la moneda americana, el dólar,
y subsidiariamente en la europea, el euro, como monedas de comercio internacional.
Si el análisis precedente es correcto, entonces estamos en camino de avanzar hacia el
socialismo a partir de la nueva hegemonía emergente en Asia. La primera condición para ello
será la creación de un orden internacional fundado en el derecho emanado de las Naciones
Unidas. Tenemos las bases jurídicas para conseguirlo, solo queda conseguir que esas normas se
apliquen realmente, y de nuevo parece que la condición indispensable para ello es la derrota
del imperialismo impulsado por la OTAN, principal violador de los derechos humanos en la
actual coyuntura histórica.
Se trata de especificar el entorno político mundial que haría posible esa transición hacia el
socialismo y podemos vislumbrar una ruta factible a través de la República Democrática: del
capitalismo liberal al capitalismo de estado, de éste a la dictadura del proletariado más o
menos burocratizada –como instrumento para eliminar las clases sociales en un entorno
mundial pacificado por el derecho internacional-, y de esta dictadura al socialismo. El primer
paso será la hegemonía económica del bloque asiático y la derrota del imperialismo liberal por
éste en el plano militar. La derrota militar del imperialismo debe hacer posible que la ONU
funcione como un auténtico organismo de regulación pacífica de los conflictos internacionales,
y un foro de debate y decisión que haga posible resolver los graves problemas ambientales de
la humanidad contemporánea creados por el capitalismo globalizado.
Será importante que a lo largo de ese proceso el proletariado sea capaz de alcanzar la
hegemonía en el bloque histórico dentro del estado formado por la alianza de clases
nacionales. El capitalismo de estado bajo hegemonía proletaria exige la construcción del
bloque histórico, lo que subraya la importancia del componente nacional. De nuevo la
experiencia cubana parece señera en este aspecto, como lo muestra la consigna Patria o
muerte. La hegemonía de la clase obrera ha de conseguirse a través de la participación política
de la ciudadanía, organizada en las agrupaciones voluntarias y solidarias de la sociedad civil.
Esa participación democrática debe construirse también en el terreno económico de las
relaciones de producción, fomentando el cooperativismo y la democracia empresarial.
Solo en ese momento se podrá plantear el paso al socialismo a través del estado burocrático.
Isaac Deutscher expuso esta posibilidad en unas conferencias de 1960 en la London School of
Economics: si la burocracia era un débil preludio de la sociedad clasista, la burocracia
caracterizará el cruel y feroz epílogo de la sociedad clasista (Deutscher 1970, 57). Recuérdese
que los primeros estados fueron burocracias surgidas dentro de las sociedades neolíticas para
organizar los trabajos colectivos en los grandes valles fluviales. Deutscher niega el carácter
clasista de esas burocracias primitivas, que fueron el tránsito a la creación de una auténtica
sociedad de clases, donde el orden social está garantizado por el uso de la violencia por parte
del estado. Comparó éstas con la burocracia soviética, que podría desmontarse fácilmente –
como de hecho lo fue-, lo que facilitaría el tránsito al socialismo –aunque en realidad facilitó
una vuelta al capitalismo-.
Conclusiones
Se ha mostrado el papel relevante de Trotsky en el desarrollo de la teoría marxista, sin obviar
los errores que pudo cometer, derivados de la coyuntura histórica y la escasez de experiencia
histórica relevante en el momento de formular sus hipótesis para la acción. Si bien la IV
Internacional, fundada por éste, no ha conseguido ganar la confianza de la clase obrera
mundial, ha producido interesantes aportaciones teóricas, que constituyen un desarrollo del
marxismo conservando algunas de sus tesis más ortodoxas. Pero los pronósticos de la teoría
marxista solo se han confirmado parcialmente. Al producirse la revolución en los países menos
desarrollados, como una lucha antimperialista de carácter nacional, es imprescindible volver a
considerar críticamente esas hipótesis previas, conservando los fundamentos teóricos y la
crítica del capitalismo liberal como un modo de producción injusto y catastrófico.
Considero que la revolución antimperialista –que todavía se encuentra inconclusa- es el
primer paso en el camino del socialismo, tiene carácter nacional y su resultado es una sociedad
de clases bajo la hegemonía del proletariado, dentro de un sistema social organizado como
bloque histórico, donde una sociedad civil formada por organizaciones altruistas de la
ciudadanía alcanza una importante independencia y capacidad de decisión autónoma. Ese
sistema social denominado capitalismo de estado por Lenin –y que hoy puede entenderse
como socialismo de mercado- tiene la misión histórica de abolir los conflictos internacionales y
establecer un sistema de derecho mundial capaz de proteger la dignidad de las personas y los
pueblos. En esas condiciones históricas se haría posible la transición al socialismo como
sociedad sin clases, bajo una dictadura burocrática cuya misión sería remover las condiciones
sociales que determinan la constitución de la sociedad clasista.
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