Asambleas populares en la Argentina: procesos sociales y prácticas políticas tras la crisis de 2001

Esto no es historia para que vean hechos pasados o presentes los espectadores pasivos de la vida, sino las lecciones de vida para quienes martillo en mano clavan los cimientos y tablas del nuevo armazón social que viene desde abajo en la actual crisis de los estados.



Asambleas populares en la Argentina: procesos sociales y prácticas políticas tras la crisis de 2001

Autor/es: Matías Triguboff

Sección: Especial

Edición: 13


 
 

Introducción

Luego de las jornadas de manifestación popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, vecinos de diferentes barrios comenzaron a reunirse con regularidad y a funcionar bajo la denominación de asambleas1 en la Ciudad de Buenos Aires, Gran Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y otras ciudades del país.

Al inicio concurrieron a las reuniones entre cincuenta y cien personas, aunque pocas semanas más tarde, en la mayoría de los casos llegaron a ser entre doscientos y trescientos asistentes. Hacia marzo de 2002 el número de integrantes se asentó en alrededor de cincuenta asambleístas. En el momento de mayor auge, en agosto de 2002, existían más de trescientas asambleas en todo el país y más cien en la Ciudad de Buenos Aires.

Las asambleas, por un lado, acompañaron las demandas y protestas de otros grupos –como organizaciones de desocupados, empresas recuperadas por sus trabajadores, organismos de derechos humanos y otros sectores– y por otro lado construyeron reivindicaciones propias vinculadas, sobre todo, a la renovación del sistema político, a la baja de las tarifas y aumento de la calidad de los servicios públicos, y al mejoramiento de los servicios de salud y educación. Llevaron adelante distintas actividades en los barrios, como ollas populares, revistas semanales, festivales, huertas, ferias de productos alimenticios y pequeños emprendimientos.

Con el tiempo, algunas asambleas dejaron de funcionar, al tiempo que otras comenzaron a constituirse en nuevos actores de su barrio y ciudad. Paulatinamente fueron constituyéndose en organizaciones sociales y políticas locales, centros culturales o emprendimientos productivos, entre otros.

¿Quiénes formaron parte de las asambleas? ¿Cómo se organizaron? ¿Cuáles fueron sus principales características? Luego de diez años, nos interesa recuperar algunos aspectos centrales y distintivos de esta experiencia colectiva en el caso de la Ciudad de Buenos Aires.

Asambleas, trayectorias y vida cotidiana

En la mayoría de los casos, las asambleas fueron conformándose a partir de conversaciones informales de vecinos que se encontraban en las calles durante los cacerolazos de verano de 2002. El primer cacerolazo –movilización desde diferentes sectores de la ciudad, haciendo sonar cacerolas bajo la consigna “que se vayan todos”– se produjo el 19 de diciembre de 2001, luego de que el presidente De la Rúa anunciara que, para poner orden a los saqueos a los comercios y otros disturbios que venían produciéndose en el conurbano bonaerense, implantaría el estado de sitio.

El proceso de constitución de las asambleas estuvo atravesado por historias previas y expectativas individuales, así como por una coyuntura política de amplia movilización. La crisis económica y política cobraba cada vez más fuerza y la “falta de perspectiva de futuro” se percibía como un denominador común. Algunas de las personas que se acercaron a estos espacios ya habían intervenido en actividades políticas o sociales durante los meses previos o eran activistas desde hacía tiempo; otras, preocupadas por la situación que estaban viviendo, tuvieron su primer momento de participación durante los cacerolazos y/o las primeras reuniones de las asambleas. Para todos, las asambleas ofrecían la posibilidad de “hablar con desconocidos de todas las edades”, realizar una “catarsis colectiva”, conocer “otras realidades del barrio” y compartir preocupaciones, propuestas y expectativas. En ese marco, comenzaron a llevar a cabo las primeras actividades. Era “un momento donde el trabajo escaseaba” y había “muchas ganas de participar”.

Desde el primer día de funcionamiento, recuperaron un formato común utilizado en distintas organizaciones políticas: la reunión en asamblea. Este formato fue central en todo su desarrollo, convirtiéndose en fuente de legitimidad para su funcionamiento. En este proceso, el momento del plenario muchas veces se delineaba más como un espacio para el intercambio y el encuentro, que para la toma de decisiones.

Concurrir a las reuniones respondió a una variedad de motivaciones personales, pero a la vez a un sentido de compromiso respecto de la propia presencia y la interacción con otros. Un compromiso en el plano personal que adquirió significación por la posibilidad de reproducir ese espacio de sociabilidad en base al intercambio recíproco de experiencias y saberes, y de redefinición de las relaciones sociales.

En este sentido, la composición heterogénea hizo de esta acción colectiva su singularidad. Formaban parte mujeres y varones de distintas edades y trayectorias: desde personas que promediaban los 70 años hasta adolescentes, estudiantes secundarios y universitarios, desocupados, ocupados, jubilados, comerciantes, entre otros. Algunos llevaban años de activismo político, otros tenían pocas experiencias de tipo colectivo, incluso había quienes jamás se habían interesado en política. Varios habían intervenido políticamente durante los años 70 y, en ese momento, después de más de veinte años, volvían a involucrarse en este tipo de actividades.

La diversidad de trayectorias, de historias políticas y personales y la confluencia de saberes brindaron una particular dinámica al funcionamiento de las asambleas. En ese proceso, los asambleístas recuperaron conocimientos previos, resignificaron prácticas anteriores y crearon nuevas formas de relación y acción. Estas características se expresaron, según sus protagonistas, en la “flexibilidad” de las asambleas, que se manifestaba, por ejemplo, en una forma de trabajo no organizado ni pautado previamente.

Al mismo tiempo, las asambleas no constituyeron solo un espacio de organización de acciones e iniciativas, ni de promoción de instancias de coordinación. La asamblea era parte de la cotidianeidad de sus miembros. Integrarla no implicaba solamente concurrir a las reuniones y actividades sino redefinir ciertas rutinas, expectativas y significaciones de la vida cotidiana. Estas redefiniciones se tradujeron en cambios en las prácticas de sus integrantes y en sus concepciones políticas respecto de la relación entre activismo político y aspectos estratégicos de la vida personal, como la familia y el trabajo.

Conclusiones

Algunos análisis ponderaron el estudio de las potencialidades y dificultades de las asambleas para constituirse en actor colectivo, focalizando sus acciones de confrontación con el Estado, sus identidades, sus repertorios de acción colectiva y el impacto de sus demandas en el sistema político.2 Sin embargo, si corremos la mirada del preciso momento de la protesta, es posible observar tanto la diversidad de trayectorias sociales y de vida, como los sentidos y alcances de esta práctica colectiva, que hizo visible una experiencia a la vez individual y colectiva, y posibilitó para sus protagonistas entramar pasado y presente, vida cotidiana y política.3

Las asambleas fueron, entre otras formas de protesta, un espacio para la crítica a la particular coyuntura política que atravesó nuestro país durante los primeros años de este siglo. No obstante, las asambleas no fueron un lugar establecido, un espacio determinado, un sello; no tuvieron delegados o autoridades que las representaras. Las asambleas estaban presentes a través de sus integrantes, de las múltiples relaciones construidas por ellos y de las actividades desarrolladas a partir de la red que conformaron. Se constituyeron como un espacio de socialización, solidaridad y reciprocidad social donde sus integrantes fueron otorgándoles sentido a su propio lugar como asambleístas y a la asamblea como espacio colectivo.


Bibliografía

  • Di Marco, G. et al (2003), Movimientos Sociales en la Argentina. Asambleas: la politización de la sociedad civil, Buenos Aires, Universidad Nacional de General San Martín.
  • Grimberg, M.; Fernandez Alvarez, M.I. y Manzano, V. (2004), “Modalidades de acción política, formación de actores y procesos de construcción identitaria: un enfoque antropológico en piqueteros y fábricas recuperadas”, en: B., M. S.; Casarin, M. y Piñero, Ma. T. (comp), Escenarios y nuevas construcciones identitarias en América Latina, Centro de Estudios Avanzados, Universidad Nacional de Córdoba, pp. 185-198.
  • Ovalles, E. (2002), “Desde marzo, las asambleas barriales se han incrementado un 21%”, Nueva Mayoría, septiembre de 2002, http://www.nuevamayoria.com/.
  • Pérez, G., Armelino, M., Rossi, F. (2005), “Entre el autogobierno y la representación. La experiencia de las asambleas en la Argentina”, en Schuster y otros (comp) Tomar la palabra, Buenos Aires, Prometeo, pp. 387-414.
  • Svampa, M. (2008) Cambio de época. Movimientos sociales y poder político. Buenos Aires: Siglo XXI.

Notas

1 Entre las asambleas podía observarse una amplia diversidad en sus denominaciones, que variaban entre “barriales”, “populares”, “vecinales”, “vecinos autoconvocados”, según las estrategias desarrolladas en sus comienzos en relación al barrio y a otras organizaciones sociales y políticas (Pérez, Armelino, Rossi, 2005). Por ello, utilizaremos el concepto asamblea para poder contener estas diferentes denominaciones. Utilizamos comillas para referencias textuales y bastardilla para términos nativos.
2 Svampa, 2008; Perez, Argelino y Rossi, 2005; Di Marco et al, 2003.
3 Grimberg, Fernández Álvarez y Manzano; 2004.