Notas sobre “El capital odia a todo el mundo, fascismo o revolución”, de Maurizio Lazzarato

Máquina de guerra y estrategia // Diego Sztulwark
Hay que agradecer el impulso que lleva a un escritor a sacudirse aquellas premisas que ya no le son útiles. Tanto más si sus desplazamientos ayudan a provocar pensamiento. El último libro de Maurizio Lazzarato, El capital odia a todo el mundo, es ejemplar al respecto. Su crítica al llamado “pensamiento del 68” -fue, ostensiblemente, el suyo- propone una amonestación política a las corrientes llamadas autónomas además de una refutación filosófica a textos clave de Foucault, Deleuze, Guattari, Agamben, Negri o Rancière.



Máquina de guerra y estrategia // Diego Sztulwark

Notas sobre El capital odia a todo el mundo, fascismo o revolución, de Maurizio Lazzarato

 

La teoría de la guerra es un modelo para la ciencia social.

León Rozitchner

Hay que agradecer el impulso que lleva a un escritor a sacudirse aquellas premisas que ya no le son útiles. Tanto más si sus desplazamientos ayudan a provocar pensamiento. El último libro de Maurizio Lazzarato, El capital odia a todo el mundo, es ejemplar al respecto. Su crítica al llamado “pensamiento del 68” -fue, ostensiblemente, el suyo- propone una amonestación política a las corrientes llamadas autónomas además de una refutación filosófica a textos clave de Foucault, Deleuze, Guattari, Agamben, Negri o Rancière.   

Se trata de algo más que de meros ajustes de cuentas personales. Los desplazamientos propuestos por Lazzarato conectan con una insatisfacción respecto del estado actual de la teoría y de su capacidad para articularse con una política. En particular, el autor pretende llamar la atención sobre el dramático olvido de la guerra como principio que anima a la política, la economía y la técnica. No se trata solo de la guerra como creciente amenaza de conflagraciones bélicas entre Estados en la actual coyuntura global sino, más en general, del poder fundado en la violencia y en la fuerza armada como razón última del capitalismo, y del neoliberal actual.

  1. El pensamiento del 68 y sus límites

En muchas de sus intervenciones anteriores, Lazzarato partía de la impugnación de la tradición marxista en un doble aspecto: por un lado, la concepción del trabajo en Marx -propia del siglo XIX- debía ser sustituida por una nueva ontología fundada en la filosofía de la diferencia, capaz de captar la dimensión inmaterial de la producción; por otro, el partido revolucionario y la centralización política debían ser sustituidos por agencias múltiples, capaces de desplegar el acontecimiento más que realizar la toma del poder del Estado.

Frente a la doble limitación marxista, Lazzarato acudía al pensamiento radical francés del 68, en polémica con sus antiguos compañeros de la autonomía postobrerista italiana, a los que consideraba aún impregnados de conceptos propios del siglo XIX. Su propósito general, en libros como Políticas del acontecimiento, era sustituir la ecuación clásica, según la cual cabía deducir del valor-trabajo un sujeto obrero revolucionario, por una fundada en la filosofía de la diferencia, en la que fuerzas múltiples y procesos de producción inmateriales devenían capaces de acontecimiento. Algunos de sus libros traducidos al castellano como El hombre endedudado o Gobernar a través de la deuda, continuaron en esta línea, enseñando -en base a prolijas lecturas de Foucault, Deleuze y Guattari- que la relación acreedor-deudor se convertía, en el neoliberalismo, en las cateogrías fundamentales de la explotación social.

Sin embargo, y en vistas de la evolución de la coyuntura global, así como de la impotencia política en la que ha caído buena parte de la teoría radical francesa, Lazzarato asume a fondo la tarea del balance ácido, dirigiendo un reproche demoledor a

aquella izquierda del 68: el engendramiento de un pensamiento político nulo, miserable en términos de estrategia. A pesar de su atractivo superficial, sus líneas principales estarían contaminadas por una ambigüedad esterilizante. Lo que en su origen fue concebido como una original renovación del proyecto revolucionario, en un doble desafío a la cartografía de la guerra fría (oponer un nuevo proyecto revolucionario al capitalismo y, a la vez, unos devenires revolucionarios sin centro al viejo socialismo de Estado), aparece hoy, en la visión retrospectiva, como la fuente de una doble derrota cantada.

 

Para Lazzarato, 1968 fue el último intento europeo de animar una tentativa revolucionaria, luego de verificar la inviabilidad o el fracaso de la hipótesis leninista. En particular, el autor considera los grandes afluentes radicales que determinaron su formación ética e intelectual: la gran filosofía francesa de inicios de los años setenta -muy en particular la obra de Foucualt, Deleuze y Guattari- y la iniciativa teórica y militante de la llamada autonomía obrera italiana -Mario Tronti y Toni Negri.

 

Lazzarato opera sus desplazamientos, en primer lugar, alrededor de los límites que identifica en estas corrientes. Esos límites son tanto internos –europeísmo, exaltación de una figura restringida al movimiento obrero del ámbito fabril, desconsideración del pluralismo del sujeto presente en el feminismo y en la lucha anticolonial- como externos -la desactualización de muchas de sus categorías como producto de la evolución de la coyuntura global, la proliferación de discursos políticos y académicos que desfiguran ese pensamiento volviendo patética su impotencia para una coyuntura completamente diferente-. El cuadro de impotencia de la política radical del presente está configurado por estos límites.

 

  1. Disparen contra los foucaultianos

Cinco décadas después, el panorama es desolador: el socialismo real implosionó; el capitalismo, sin amenazas que lo fuercen a hacer reformas, descarga toda su agresividad sobre el planeta; y el pensamiento filosófico radical se convierte en las universidades en simple racionalización de la derrota.

La polémica principal de Lazzarato se dirige, en este contexto, contra lo que él denomina los “foucaultianos”, una noción genérica en la que agrupa diversas corrientes teóricas que tendrían en común el haber desarrollado todo aquello que en Foucault sería errado y nocivo. Esto es, una cierta imagen de los dispositivos de poder que crean subjetividad mediante una serie de automatismos, despojados de toda consideración de su violencia expropiadora. Este sería el caso de las analíticas del neoliberalismo en autores como Luc Boltanski y Ève Chiapello, o Christian Laval y Pierre Dardot. La positividad del poder circularía en el neoliberalismo entre las finanzas y las tecnologías, como si estos funcionamientos no respondieran a estrategias de guerra entre clases sociales.

Lo ausente, sobre todo en el último Foucault, sería una analítica del papel de la violencia tanto en los dispositivos coloniales como en los propiamente neoliberales. Pero lo que en Foucault es una ausencia fatal, en sus seguidores, afirma Lazzarato, es complicidad flagrante. Es el caso de Giorgio Agamben y de Roberto Esposito, cuyas retóricas referidas a los dispositivos “biopolíticos”, con todas sus variantes, no harían otra cosa que opacar o mistificar la realidad que es necesario pensar: el neoliberalismo como la estrategia del capital que, para aumentar la ganancia a toda costa, acude a la violencia y la emplea como medio para extraer valor de la vida. Al denegar esta verdad fascista del neoliberalismo, los “foucaultianos” dan la espalda y renuncian a la tarea intelectual del momento: aportar las categorías para crear una organización capaz de enfrentar al enemigo principal: el ensamble político entre la violencia neocolonial, patriarcal y propiamente neoliberal.

 

El reproche a la izquierda universitaria (los “foucaultianos”) se basa en que haya dejado de lado los orígenes fascistas del neoliberalismo. Este borramiento, para Lazzarato, se da por la vía de una desconexión entre “dispositivos” -en tanto que dominación de los automatismos- y subjetividad estratégica de dominación en manos de sujetos concretos y específicos. Para ilustrar esos orígenes, el autor recurre a la implantación de las políticas neoliberales en América del Sur, al papel contrarrevolucionario del terrorismo de Estado que instauró los “dispositivos” neoliberales, pero también al fascismo neoliberal actual de Bolsonaro.  

  1. Marx y América Latina (o Marx y el eurocentrismo)

Lazzarato tiene razón cuando nos recuerda que los fenómenos económicos y tecnológicos de la llamada globalización responden a una lógica de la desposesión violenta y, por lo tanto, a una determinada estrategia de guerra. Y tiene buenas razones, quizás, para acudir a la historia latinoamericana reciente en apoyo de sus tesis, despavilándose de un largo europeismo. De hecho, algunas de sus principales intuiciones se han desarrollado con más profundidad entre lxs pensadorxs y movimientos populares de esta región.

Es posible citar algunos esfuerzos intelectuales que desde hace décadas han planteado con toda claridad muchas de las ideas que Lazzarato apenas esboza. La cita más directa y reciente pertenece, sin dudas, a la literatura feminista que Lazzarato no desconoce aunque prácticamente no cita como, por ejemplo, el libro de Rita Segato, La guerra contra las mujeres. Sin embargo, fue después de la derrota político-militar, en el exilio argentino en México, a comienzos de los años ochenta, cuando comenzaron a reelaborarse las orientaciones de un marxismo no eurocéntrico (en diálogo, incluso, con la autonomía obrera italiana), y una nueva comprensión de la centralidad de la guerra en la política (tomando muy en serio al Foucault de la noción de resistencia y estrategia). Vale la pena retomar estas citas argentinas clásicas, porque confirman y enriquecen notablemente -lo veremos- las intuiciones de Lazzarato. Me refiero al libro de José Aricó, Marx y América Latina, y al de León Rozitchner, Freud y el problema del poder (texto previo inmediato a su magnífica reflexión sobre la guerra, a propósito de la guerra de las Malvinas).

José Arico -el mítico inspirador de la revista y luego de los cuadernos Pasado y Presente– descarta que la incomprensión de Marx de la realidad latinoamericana (ejemplificada en su célebre artículo sobre Simón Bolívar) se deba a un simple prejuicio eurocéntrico. La preocupación por las formaciones asiáticas así como su dedicación, a partir de los años sesenta, al problema de las naciones oprimidas, obligan a Aricó a precisar el diagnóstico. La hipótesis a la que arriba, luego de una pormenorizada reconstrucción de la evolución intelectual de Marx, es la siguiente: la ceguera de Marx con respecto a América Latina no se debió tanto al prejuicio o la ignorancia (como sucede con buena parte de los teóricos radicales actuales) sino en todo caso a un obstáculo propiamente político. Las características particulares del desarrollo de las sociedades latinoamericanas (sobre todo el hecho de que los Estados no derivan de procesos nacionales previos, sino que operan como instancias activas de constitución de las naciones desde arriba; “las formaciones nacionales se le aparecerán así como meras reconstrucciones estatales impuestas sobre el vacío institucional y sobre la ausencia de una voluntad popular, incapaces de constituirse debido a la gelatinosidad del tejido social”) perturbaban su principal tesis política: la inexistencia real de una autonomía del Estado respecto de la lucha de clases. La política de Marx, afirma Aricó, se había desarrollado en medio de dos grandes polémicas. En su temprana crítica de la Filosofía del derecho de Hegel, Marx afirmaba que el Estado centralizado, que surge del proceso de las formaciones nacionales europeas, no era más que una falsa totalidad racional y moral que incubaba y contenía una lucha de clases que, encabezada por el proletariado, se convertía en un efectivo proceso racional. Más tarde, en El 18 brumario de Luis Bonaparte, denunciaba la “aventura bonapartista” (caracterización aplicada a Bolívar), fenómeno mediante el cual la burguesía delega su representación política – nunca su poder económico- en un poder ejecutivo fuerte, dentro del marco de una disputa entre fracciones de clases y con el proletariado derrotado, ubicado en el fondo de la historia.

 

Bajo la remanida cuestión del europeísmo de Marx emerge, gracias Aricó, un verdadero problema aún hoy irresuelto: ¿cómo se realiza la crítica del Estado (algo que parece interesar muy especialmente a Lazzarato) en condiciones históricas sociales no europeas? Esta cuestión ya había enfrentado, medio siglo antes, a José Carlos Mariátegui con los partidos comunistas, pero también con el populismo aprista que había ayudado a fundar. La hipótesis según la cual el problema de Marx con América Latina fue su “exacerbado antibonapartismo”, no se resolvería entonces con una mera denuncia del prejuicio europeísta, sino que la crítica del Estado seguiría resultando un problema de dificil solución para los marxistas latinoamericanos, tal como lo evidencia la querella actual con el populismo.

 

  1. La teoría social continúa la guerra por otros medios

El núcleo de la intervención de Lazzarato consiste en mostrar que toda analítica de poder falla cuando no se remite el dispositivo a la estrategia bélica que le da vida y racionalidad. En el fondo, se trata de retomar la vieja máxima del teórico militar Carl von Clausewitz, según la cual la guerra es la prolongación de la política por otros medios. O, más bien, de seguir la inversión leninista por la cual la política prolonga y da forma, en el mejor de los casos, a la guerra. Lazzarato acierta en buscar la clave de la relación interna entre guerra y política (neoliberal) en la coyuntura sudamericana de mediados de los años setenta. Sin considerar aquella derrota de las fuerzas de la revolución, es dificil comprender la profundidad de la instalación de los dispositivos neoliberales, con la deuda ocupando el primer lugar. La filosofía de León Rozitchner, muy en particular sus libros del exilio, desde Perón: entre la sangre y el tiempo a Las Malvinas: de la guerra sucia a la guerra limpia, capta tres cuestiones vinculadas a la guerra que aún faltan desplegar en Lazzarato: el carácter ético y cognitivo de las estrategias de la guerra; las consecuencias subjetivas del terrorismo de Estado; el papel de la contraviolencia como respuesta desde abajo a la guerra implementada desde arriba. 

 

Entre todos los textos de Rozitchner, quizás sea Freud y el problema del poder, libro escrito en 1981, a partir de un seminario brindado en México, el que mejor articula su perspectiva sobre el problema de la violencia. Su razonamiento es aproximadamente el siguiente: dado que tanto en Marx como en Freud la organización social aparece como el resultado de un enfrentamiento en el que se pone en juego el dominio de la voluntad ajena, y dado que, entonces, lo que estructura el campo político es la posibilidad de recuperar el poder colectivo expropiado, cabe responder a la pregunta en torno a las razones por las que los dominados suelen manejarse con “las mismas categorías del poder dominante”, muchas veces elaboradas por los estrategas de los países colonialistas.

 

La respuesta de Rozitchner es la siguiente: sucede que el individualismo burgués es el producto de la introyección de una violencia y de unas categorías que operan despotencionalizando toda tentativa de organización colectiva contra el objeto exterior o enemigo común. Mientras las cosas se mantengan en estos términos, todo intento de los grupos militantes de armarse en nombre del pueblo no hará sino profundizar el problema de una izquierda sin sujeto. Al arrogarse la representación del colectivo, sin lograrlo en los hechos, los grupos revolucionarios, afirma Rozitchner, desconocen la realidad y viven “una representación mítica”. Por el contrario, habría que suscitar en las personas “un interés mucho más profundo”, llamado deseo, para que “puedan constituirse en un poderoso medio colectivo de recuperación del poder”. Así, el problema de la subjetividad queda planteado como el de la relación entre la violencia y las categorías.

 

El problema de la guerra debe ser entonces reorganizado. La guerra no aparece como la interrupción de la política, como si esta fuera un campo de paz hasta la llegada del terror que la aboliera. Esta comprensión abstracta de la guerra, propia del modelo del duelo, ignora la conexión interna entre las fuerzas enemigas, que en la política aparecen al desnudo en situaciones límites como Estado terrorista. Asumir el paso directo a la guerra como momento de verdad, como si la política fuera solo falsedad, no conduce a otra cosa que a dramatizar la ineficacia ya ostensible en el campo político. Por el contrario, “si la guerra está presente en la política como violencia encubierta en la legalidad, se trata de profundizar la política para encontrar en ella las fuerzas colectivas que, por su presencia real, establezcan un limite al poder”.

 

La miseria de la estrategia que denuncia Lazzarato es inseparable de la miseria de la teoría social, tal como la descubrió Rozitchner hace ya cuatro décadas: la teoría de la guerra es un modelo para unas ciencias sociales que comprendan la relación entre las categorías y su prolongación en la acción, cuya verdad final se verifica en última instancia en el campo de batalla.

 

 

  1. Máquina de guerra revolucionaria contra el neofascismo

El gesto de Lazzarato es el de quien reacciona con urgencia práctica ante la ofensiva del fascismo neoliberal, buscando en los restos del naufragio los brotes de un reverdecer de la revolución sin la cual marcharíamos al desastre. Este retorno a la política militante y a la asunción del problema de la violencia es la piedra de toque que estructura los desplazamientos sugeridos por Lazzarato, y que quizás puedan resumirse en cinco aspectos:

 

Respecto a Marx: Se trataría de pasar del Marx que revela el secreto de la mercancía y el fenómeno del fetichismo, al Marx que revela que el secreto de la acumulación originaria del capital es la violencia expropiadora. El célebre fragmento marxiano sobre el fetichismo no sería más que un regalo envenenado para la izquierda, un modelo analítico -despolitizado- de una dominacion sin sujeto (un foucaultismo avant la lettre). El verdadero secreto del capital sería más bien aquel que descubre un vínculo íntimo – siempre denegado en el campo de la ley y la política- entre organización militar y expropiación. En el extremo de este razonamiento, Lazzarato parece afirmar que el capitalismo no ha sufrido mutaciones en su esencia, salvo en lo referente a la innovación tecnológica y bélica que lo asiste. El problema de la supresión del Marx del fetichismo ya era esbozado en las citas anteriores de la reflexión de León Rozitchner. Para evitar un fetichismo de la guerra es necesario identificar las fuerzas dominantes en el campo de la política y de la subjetividad, así como afrontar el problema de encontrar la contraviolencia en el plano de una política.

 

Respecto a Lenin: Su coqueteo con Vladimir Ilich no va más allá de sostener la idea de que el capital es incapaz de hacer reformas si nada lo amenaza desde un punto de vista político (y militar). ¿Pero qué es un Lenin sin bolchevismo? Menos de lo que uno quisiera. En todo caso, Lazzarato asume aquella formulación con la que Lukács definía la esencia del leninismo: asumir el punto de vista de la “actualidad de la revolución”.

 

Respecto a la autonomía obrera y postobrera: El reproche a sus maestros de antaño es más bien ácido. No ve en ellos sino carencia de estrategia. A Mario Tronti le dirige dos críticas: haber errado teórica y políticamente al definir la “fuerza laboral” sin tomar en cuenta a los “colonizados” ni a las “mujeres”, y una torpeza estratégica al separar esta fuerza de una perspectiva concretamente anticapitalista (“sin revolución, los obreros son un mero componente del capital”). A Toni Negri, para quien la multitud sí es una subjetividad múltiple, le atribuye el abandono del principio fundamental obrerista del “rechazo al trabajo” (cuestión que no se constata en Asamblea, el último libro de Negri en colaboración con Michael Hardt, en el que se postula más bien una teoría política para los procesos de valorización del trabajo vivo contra el dominio en términos de capital fijo).  

 

Respecto a Foucault: Se trata, para Lazzarato, de abandonar la idea del neoliberalismo según un paradigma productivo del poder (que borra la violencia fascista en el fundamento) así como la tentativa de hacer del biopoder un principio explicativo íntimo respecto de la lógica de ganancia del capital (señalamiento, este último, que hizo Paolo Virno de un modo sutil hace dos décadas en su formidable Gramática de la multitud). ¿Qué es lo que sí permanece vigente en Foucault? Sobre todo, las brillantes páginas dedicadas a la estrategia y las relaciones de fuerza en La voluntad de poder.

 

Respecto a Deleuze y Guattari: El desplazamiento más original y fecundo se da en torno a la noción central de “máquina”: fusionando las nociones de “máquina social” y “máquina de guerra”, Lazzarato alcanza su propósito mayor: una racionalidad teórica y  política -propiamente estratégica- que ya no opone ni separa funcionamiento objetivo de subjetividad, y permite comprender hasta qué punto toda “máquina técnica” (o dispositivo), responde a una máquina social (o máquina de guerra) capitalista. A partir de este punto, la argumentación se torna fluida: los mecanismos creadores de modos neoliberales de vida son tácticas de guerra del capital: el consumismo, las finanzas, los medios de comunicación o las tecnologías, no son automatismos que propagan una conciencia burguesa, sino piezas bélicas que refuerzan e intensifican los efectos de una derrota militar.

 

El neoliberalismo, escribe Lazzarato, debe ser leído, por lo tanto y desde sus comienzos, como el acto de fuerza que convirtió al pueblo en armas en mera “población”.  Y como la declaración de guerra a esa población. Este es el sentido del título de su libro. El odio del capital brota de una tentativa maquínica-capitalista por sostener la ganancia, única verdad que guía a la globalización, explica sus crisis irresueltas y hasta permite anticipar sus salidas cada vez más violentas y expropiadoras. Es, incluso, la verdad en la que hay que buscar las claves para dar cuenta de la pandemia.

 

La tesis de Lazzarato, entonces, puede formularse del siguiente modo: lo que llamamos globalización no es sino la actividad de una máquina de guerra capitalista, asistida y rectificada de  modo continuo por la acción de unos sujetos perfectamente identificables, que va del ejército norteamericano (la empresa más grande del mundo) a las bandas neofascistas -que llegan crecientemente a los gobiernos-, pasando por una variedad de técnicos e investigadores que, como se torna ostensible en las crisis furibundas, trabajan full time en los arreglos del funcionamiento. Esas subjetividades-maquínicas solo pueden ser combatidas por medio de la creación de subjetividades ligadas a una máquina de guerra revolucionaria.

 

¿Qué obtiene Lazzarato con esta reforma de las nociones de Mil mesetas? a. Una formulación que vuelve a reenviar la política y la violencia a la lucha de clases (Marx y Lenin, autonomía obrera). b. Una ampliación de los sujetos de esa lucha por la vía (tardío reconocimiento) de las luchas feministas y anticoloniales. c. Un reacomodamiento teórico que permite comprender la subordinación estratégica de las máquinas técnicas (dispositivos) al funcionamiento de la máquina social (máquina de guerra del capital). Y finalmente, d., la postulación de la revolución como creación de una máquina de guerra revolucionaria global, sin la cual no hay crítica ni alternativa posible.

 

Si lo comparamos con El huracán rojo, la extraordinaria narración de la revolución europea -de Francia de 1789 a Rusia de 1917-, escrita recientemente por el profesor Alejandro Horowicz, podremos multiplicar la pluralidad de perspectivas desde la que la parte más sensible de la intelectualidad politizada no deja de volver sobre el asunto. Mientras para Horowicz la revolución es un fenómeno de doble poder, que comienza por la capacidad de las clases subalternas de construir una autoridad moral para devenir fuerza armada, capaz de inscribir en las estructuras económicas y jurídicas nuevas perspectivas de igualdad, en Lazzarato se trata de un discurso de crítica filosófica que procura combinar, a partir de las luchas actuales, los ejes que las revoluciones del siglo XX no supieron coordinar: la intensidad (obrera) y la extensión (nuevas subjetividades); la dimensión igualitaria a la libertaria: la revolución con los devenires revolucionarios; el antagonismo político efectivo con las máquinas de guerra.

 

Quizás sientan lxs lectorxs, al menos lxs sudamericanxs, que las orientaciones principales de Lazzarato ya se venían desarrollando localmente de diversos modos y con referencias propias. Sin ese tono impugnador y unilateral. Con mayor comprensión y generosidad por los intentos del pasado. Y que al mismo tiempo falta un estudio integrador, comparable al que Horowicz dedicó a la coyuntura europea, sobre las vicisitudes de la revolución latinoamericana del siglo XX. La intuición de Lazzarato sobre lo imposible que resulta asumir la comprensión del neoliberalismo, en sus fundamentos militares, sin retomar a fondo las consecuencias de la derrota de las fuerzas revolucionarias, ha circulado y se ha desarrollado durante décadas entre nosotros. No deja de ser cierto, sin embargo, que la historia de la revolución continental, exitosa en Cuba y Nicaragua y liquidada militarmente en el resto del continente, aún espera nuevos estudios de filosofía política militante capaz descubrir continuidades inesperadas, útiles para enfrentar el odio el capital.