Chile. Del estallido a la Pandemia: La reconversión de las brigadas de salud de Plaza Dignidad

“Queremos demostrar que con la autogestión y la organización de la propia gente podemos resolver problemas, sin esperar que venga la institucionalidad a hacerlo”, apunta Cristian Fuenzalida. Su propósito emana de los aprendizajes que, en Chile, muchos como él han reconocido en los últimos nueve meses: “Hemos redescubierto que al lado tenemos un vecino con quien podemos hablar, nos hemos reconocido y reencontrado como pueblo”.



Del estallido a la Pandemia: La reconversión de las brigadas de salud de Plaza Dignidad

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20.06.2020
 

Voluntarios de las asambleas territoriales y rescatistas del estallido social se han organizado para desinfectar y sanitizar las comunas de la periferia santiaguina. Muchos son jóvenes, cesantes y no esperan nada de las instituciones, dispuestos a arriesgar su salud para cuidar a sus vecinos. Un ejemplo de aquello es el Comité de Emergencia de la Asamblea Popular Metro La Granja que, desde el inicio de la pandemia ha llevado a cabo distintos operativos, tanto de prevención como de limpieza. El Desconcierto pasó una jornada de trabajo con ellos. Esta es su historia.

El overol de polipropileno gris que se endosa Ignacio es grueso y se ve aparatoso. El joven se lo enfunda a la vista de sus compañeros mientras Cristian explica detalladamente cada uno de los pasos para colocarse el traje de forma correcta: las gomitas en los puños que aseguran el cierre, la aleta para cubrir la cremallera, la capucha apretada y la máscara full face. El virus no puede penetrar por ninguna parte. Los asistentes escuchan atentamente y registran con los celulares todo el proceso. De fondo suena “El Aparecido”, el tema de Víctor Jara versionado por Inti Illimani.

– Ahora el compañero está listo para entrar a una casa con covid positivo– concluye Cristian.
– ¡Está muy bueno este traje!– exclama uno de los asistentes.
– Es del mismo material que las carpas, o muy similar– responde otro.

Ignacio es voluntario del Comité de Emergencia levantado por la Asamblea Popular Metro La Granja a finales de marzo. Desde entonces realiza tareas de prevención sanitaria y desinfección en calles, pasajes y domicilios con personas contagiadas. Desde que empezó la emergencia, ha realizado una treintena de operativos, más de 20 en hogares de personas positivas. En una semana ha llegado a entrar en ocho casas infectadas. La que está a punto de fumigar se añade a la lista. “Sé que tiene riesgos, pero hemos creado condiciones para minimizar las posibilidades de contagio porque hay que ayudar a la gente”, dice el joven, quien hace unos días se sometió a una PCR y salió negativa.

Es sábado y los voluntarios y voluntarias han dedicado la mañana a sanitizar dos calles completas, una casa con COVID positivo y cuatro ollas comunes, repartidas entre las poblaciones de Millalemu, San Gregorio y Villa Comercio. Todas en la comuna de La Granja, donde viven. Precisamente, la suya es una de las zonas más castigadas por la pandemia: 88 personas han muerto en La Granja y su tasa de mortalidad es del 71,8 por cada 100.000 habitantes. La incidencia llega a 3.238 por cada 100.000 personas, la mayor de la Región Metropolitana.

Ignacio tiene 28 años, es profesor de historia y ahora está cesante. “Las condiciones en las que vivimos en los barrios periféricos se han develado con la pandemia”, lamenta. Critica el “abandono” por parte del gobierno y las instituciones y recalca: “La única manera de no morirnos y conseguir unas condiciones más dignas es ayudándonos y resolviendo colectivamente los problemas”.

El vínculo con Plaza Dignidad

Desde el estallido social de octubre la autogestión de colectivos y organizaciones en los territorios ha proliferado de forma considerable. Vecinos y vecinas asumieron que la única forma de sobrellevar meses de movilizaciones era a través de la autogestión. La pandemia ha reforzado ese sentir: “Cuando llegó el primer contagio nos detuvimos a reflexionar y decidimos que la rebelión no había concluido, pero que el escenario había cambiado. No podíamos paralizar el proceso de auto-organización que estábamos desarrollando“, sostiene Nicolás Fuenzalida, otro de los jóvenes que participa de la jornada de desinfección.

“Sabíamos que la pandemia no haría más que acelerar una crisis que ya estaba en curso y que íbamos a sufrir las consecuencias de una salud privatizada, del hacinamiento y la desigualdad que, combinados con la crisis sanitaria, significarían fallecimientos y colapso en hospitales”, indica Fuenzalida. El joven, que también es profesor, califica la respuesta preventiva de la Municipalidad como “muy carente”, por lo que decidieron tomar la iniciativa de plantar cara a la pandemia por su cuenta, en coordinación con otros colectivos como los brigadistas de salud que, desde octubre, estuvieron rescatando y atendiendo a los manifestantes en Plaza Dignidad.

“Nuestra organización se caracteriza, de antes de la pandemia, por tener una fuerte relación con los territorios. Así, cuando llegó el coronavirus, fue natural movernos hacia las comunas porque ya veíamos trabajando en eso”, cuenta Roberto Bermúdez, médico e integrante del Movimiento Salud en Resistencia (MSR). Su primera actividad territorial fue, justamente, con el Comité de Emergencia de La Granja para implementar una encuesta epidemiológica al vecindario para identificar y hacer seguimiento de los pacientes crónicos, los más vulnerables ante la pandemia.

 

Carlos Jara es analista químico y se dedica a la docencia en el ámbito de la gestión de emergencias. Es miembro del Movimiento Rescatistas Voluntarios, otra de las brigadas presente en las protestas de Plaza Dignidad. “Teníamos un conocimiento en el área de la descontaminación que implementamos cuando los camiones lanza-aguas de Carabineros empezaron a lanzar un líquido que producía fuertes irritaciones a la piel de los manifestantes”, cuenta Jara.

Su experiencia, basada en corredores de reducción de contaminación, incluía el uso de trajes químicos y guantes, procedimientos de limpieza según el agente químico, y el uso de piscinas inflables, abastecimiento de agua y acopio de ropa para que las personas contaminadas pudieran cambiarse. “A partir de ahí, fue muy sencillo hacer una reconversión de los operativos y constituir una unidad de desinfección técnica“, señala el profesor. Desde marzo sale cada fin de semana a desinfectar distintas zonas de la ciudad.

“Es la forma de ayudarnos entre todos”

El protocolo es siempre el mismo, en cada punto de operaciones. Los jóvenes estacionan el auto, preparan la bomba sanitizadora con el amonio cuaternario y Nicolás ayuda a Ignacio a colocársela a su espalda. Él es quien hoy desinfecta. “Esta dilución mata virus y bacterias y es especial para evitar el desarrollo del coronavirus”, explica. El profesor pulveriza el líquido por fachadas, antejardines, rejas y en cada rincón de los interiores, deteniéndose sobre todo en puertas y pomos: “Me fijo en las superficies más utilizadas, como marcos de entrada, manillas de muebles o el control del televisor, en las zonas de mayor ventilación y donde se retiene mucho el bicho, como cortinas o vértices de los techos”, detalla.

Marcela Vicencio prepara pollo asado, papas cocidas y ensalada de lechuga para 130 personas de la población de Millalemu. Pronto servirá la comida en la olla común instalada en su domicilio: “Aquí siempre viene gente que anda en la calle y no sabemos dónde estuvo. Es muy bueno que vengan a sanitizar antes y después del almuerzo porque así se mantiene todo limpio. Es la forma de ayudarnos entre todos”, agradece la mujer.

 

Unas cuadras más allá, en San Gregorio, Mario cocina lentejas para 60 personas. Recibe al comité con entusiasmo y les ofrece desayuno. Los voluntarios no se entretienen, están por la labor. Les quedan aún un par de calles por recorrer. “Decidí empezar a colaborar con los almuerzos por la impotencia y la rabia de ver la gestión de las autoridades”, espeta Mario. “¿Por qué no sueltan la plata de las AFP? Yo trabajaba en la bodega de una juguetería, pero quedé cesante hace un mes y me aguanto con el seguro de cesantía. Hay gente que no tiene ni eso”, se queja el vecino.

Además de sanitizar las ollas comunes para evitar posibles focos de contagio, Nicolás Fuenzalida señala la importancia de articular esos espacios “para que después de la pandemia se conviertan en iniciativas de autogestión perdurables en el tiempo”. Según su registro, en La Granja hoy existen 12 comedores populares levantados por la Municipalidad, ocho ollas comunas autogestionadas y cuatro con financiamiento compartido.

 

“Amor por mis vecinos”

El Comité de Emergencia de La Granja está formado por una docena de voluntarios y voluntarias que capacitan a vecinos y vecinas de las distintas cuadras en las tareas de desinfección. Así se construye una especie de red de agentes sanitizadores. Su lema: “Solo el pueblo ayuda al pueblo”. Cristian Fuenzalida fue de los pioneros en operar en casas con personas positivas en La Granja. Con 55 años, quedó cesante por la llegada de la pandemia y decidió dedicar sus 30 años de experiencia en el área de la ingeniería en biotecnología al cuidado de su barrio: “Estaban los conocimientos para hacerlo porque he trabajado toda la vida en esto. Me movió el amor por mis vecinos”, resalta. Y añade: “Hemos estado en operativos para desinfectar casas justo después de haber sacado a una persona fallecida, para que la gente pueda seguir haciendo su vida normal, entre comillas. Eso es doloroso. Se están muriendo mis vecinos“.

Carlos Jara asegura que los brigadistas son muy bien recibidos por los residentes. Los miembros del Movimiento Rescatistas Voluntarios llegan a los barrios al ritmo de la canción de ‘Los Cazafantasmas’ sonando a todo volumen por un parlante. “La música suena y la gente sabe que llega la sanitización”, exclama el analista químico. Es como una especie de himno para ellos. “Es un trabajo que va más allá de matar el bicho, tiene tintes sociales, morales y de amor”, precisa. El nivel de exposición de los voluntarios es alto, por eso, dice, “es fundamental capacitarse e invertir en trajes y guantes de protección química, bombas de espalda, máscaras full face y filtros químicos”.

 

La experiencia del Comité de Emergencia de La Granja ya se ha replicado en otras comunas. En Macul quieren instaurarla próximamente, por eso Sebastián Figueroa ha sido uno de los invitados a conocer su trabajo. Es uno de los que ha registrado al detalle los pasos para vestirse con el traje gris y aparatoso para entrar a domicilios positivos: “Ellos partieron de la nada y ahora tienen una muy buena organización. Queremos hacer lo mismo”, dice Figueroa. Para el comité, la visita es una excelente prueba del éxito de su iniciativa: “Queremos demostrar que con la autogestión y la organización de la propia gente podemos resolver problemas, sin esperar que venga la institucionalidad a hacerlo”, apunta Cristian Fuenzalida. Su propósito emana de los aprendizajes que, en Chile, muchos como él han reconocido en los últimos nueve meses: “Hemos redescubierto que al lado tenemos un vecino con quien podemos hablar, nos hemos reconocido y reencontrado como pueblo”.