A quién culpamos de la pandemia

Cuando la humanidad dejó de culpar a Dios, o a los Dioses, de sus enfermedades y epidemias, aprendió a echarse la culpa y acusar-se entre sí. La aparición en Europa de la sífilis inaugura en el Renacimiento la enfermedad como consecuencia directa de nuestros pecados. El treponema traído del “nuevo mundo” por los conquistadores evidenció la promiscuidad de las realezas y la concupiscencia de las plebes cristianas. La furia calvinista vino a poner coto a las prácticas sexuales con toda clase de castigos y colores del Infierno. La licenciosidad ingenua de Bocaccio, Chaucer y el Arcipreste de Hita acabó en añicos por la Inquisición y el puritanismo angloeuropeo.



 
A quién culpamos de la pandemia
 
Hermann Bellinghausen
La Jornada
 
Cuando la humanidad dejó de culpar a Dios, o a los Dioses, de sus enfermedades y epidemias, aprendió a echarse la culpa y acusar-se entre sí. La aparición en Europa de la sífilis inaugura en el Renacimiento la enfermedad como consecuencia directa de nuestros pecados. El treponema traído del nuevo mundo por los conquistadores evidenció la promiscuidad de las realezas y la concupiscencia de las plebes cristianas. La furia calvinista vino a poner coto a las prácticas sexuales con toda clase de castigos y colores del Infierno. La licenciosidad ingenua de Bocaccio, Chaucer y el Arcipreste de Hita acabó en añicos por la Inquisición y el puritanismo angloeuropeo. Bien ironiza D. H. Lawrence que los pueblos sometidos maldijeron a Europa con la sífilis (el morbo gálico, hispánico o itálico según los chovinismos de la época), pero Europa se vengó implantándoles la monogamia y el puritanismo.

Conforme la ciencia fue comprendiendo la etiología (las causas de las enfermedades), secularizó sus ideas de enfermedad y muerte, pero también estableció el racismo con nuevos prejuicios y odios. Curiosamente, entre más aprendemos que las enfermedades son eventos naturales comunes a todas las especies; unas prevenibles, otras no; unas curables y otras todavía no, y cuando mejor nos explicamos a nivel molecular y social el comportamiento corporal que nos enferma y mata, más nos atrapan los fantasmas de la acusación y la culpa.

Si la sífilis fue el castigo de los licenciosos a lo largo del Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo y la primera Modernidad, a la llegada de la Edad de la Razón y los imparables progresos científicos se dedujo que el cáncer (esa enfermedad de enfermedades) era producto de nuestra vida, sus hábitat y sus hábitos. Si te da leucemia es por culpa de una industria contaminante, si te da cáncer de pulmón es porque fumas, y si de hígado, por todo lo que te chupaste, de estómago y colon por lo que comes, y de piel por lo que te asoleas. Un colmo de la irracional vergüenza lo marcó el sida, nuevo castigo a Sodoma. Hoy el Covid-19 nos ofrece muchísimos dardos para andar repartiendo culpas. Si para un francés del siglo XVII la sífilis era culpa de los españoles, y para éstos de los napolitanos, y de los españoles para portugueses y holandeses, el coronavirus que nos trae mareados para los gringos (Trump dixit) resulta el mal chino.

Además, contamos con las culpas propias: por no usar cubrebocas, pecar fuera del matrimonio, consumir alimentos procesados, todas esas acusaciones que prodigamos en la cara de otros. Añadamos que la edad meteórica de redes sociales e informaciones instantáneas nos trae infinita variedad de teorías conspirativas y pensamientos mágicos posmodernos. El sida, las influenzas porcinas y aviares o el Covid-19 serían culpa del doctor Frankenstein, encarnado en un complejo secreto del Pentágono, una empresa pagada por los magnates del demonio, un guapachoso laboratorio post soviético, o ese maldito gusto de los chinos y los negros de África por consumir animalitos silvestres o practicar el bestialismo.

Igualmente fácil resulta negar la morbilidad creada por la producción masiva de animales para el consumo humano abusando de hormonas, fármacos y manipulaciones genéticas con fines comerciales.

De ahí a la negación no hay más que un paso, como lo ilustran los negacionistas de ultraderecha en Estados Unidos, Alemania o España, con seguidores aquí y en todo el mundo. Ahora resulta que uno puede creer o no en las infecciones, no importa cuán demostradas estén empíricamente. Lo que es un hecho es que quienes no creen porque creen en algo distinto, representan el mismo peligro que un libertino o una prostituta del siglo XVIII: irán por ahí propagando el virus. Su conducta la tildaremos de estúpida, ignorante, egoísta, fanática, y en el fondo nos gustaría que también a ellos les diera para que vean lo que se siente y quizá se arrepientan.

Qué chiste tendría la política si no pudiéramos echarle la culpa a los opuestos de las guerras, las debacles económicas, las hambrunas, la mortandad por enfermedades. Los rivales de los gobiernos acopian municiones contra ellos, y cada muerte o fracaso les da más la razón, quieren muertos, quieren sangre, quieren números.

Vista así, la humanidad no es seria en sus cosas. Con lo claro que resulta que la sensatez y los cuidados son básicos, nos entregamos con frenesí a descargar la responsabilidad en el otro. O de autoculparnos por esta diabetes, este sida, cáncer, coronavirus. A la colaboración y la responsabilidad compartida (familiar, colectiva, comuni-taria) anteponemos intereses, ideologías, modas, valentías inútiles y desprecios de color y clase en un de por sí mundo dividido.

Francamente, son ganas de atormentarnos y dañarnos, pudiendo estar el suelo más parejo y entre todos ver un paisaje claro.