Covid y desaceleración. Los cuerpos de la pandemia y sus calles domesticadas

La pandemia, que nos ha ayudado a ver claramente el talante descarnado de nuestro tiempo, no creará por sí misma las relaciones entrañables —acuerpadas, con otros, en conexión material con nuestras comunidades— que bien podrían cimentar una realidad otra.



No pasamos por una revolución, pero sí por un cambio radical. Somos como el migrante que pisa una ciudad nueva y se esfuerza por crear analogías para mirar, sin pretensión de entender. El COVID-19 nos dejó a solas con la desaceleración. La puerta de casa parece la nueva frontera pero no. Las operaciones más interesantes pasan por las ventanas: ahí está lo que se percibe pero no se alcanza, deseo es su otro nombre. Un ensayo de Cristina Rivera Garza, una de lxs catorce conferencistas de la Beca #CosechaAnfibia.

 

Este ensayo fue publicado en la Revista de la Universidad de México, Especial: Diario de la Pandemia 

Freno de emergencia

La frase es de Walter Benjamin:

Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.

Y viene a colación porque todo en estos días de pandemia parece llevarse a cabo en ese tiempo inédito inaugurado por la activación de la palanca de freno: la des-aceleración. No se trata, por supuesto, de la lentitud romántica de la que han escrito novelistas y activistas varios, sino de un impasse sin asideros en el que predomina la hipervigilancia y la ansiedad. La pandemia no es un remanso. Mucho menos de paz. Nos hemos detenido en seco, ciertamente, y aunque es claro que la mano que jaló el freno es una mano humana —el cambio climático y la alteración de ecologías terrestres son la forma misma del capitaloceno salvaje— es menos claro si ese freno será suficiente para transformar un sistema económico que, en su afán de producir la mayor ganancia posible, ha devastado sistemáticamente la Tierra. La así llamada normalidad, se dice mucho en estos días y con verdad, está en la raíz del problema que condujo a la pandemia. Y mucho se reitera la imposibilidad de regresar a ella, incluso si algunos así lo quisieran. Como lo comentaban vehementemente Angela Davis o Rita Segato, se abre ahora una posibilidad de reemplazar esa vieja normalidad con un mundo de solidaridades extendidas donde la conciencia de nuestra mutua interdependencia material y afectiva incluya de manera central a la Tierra.

 

Una mera aproximación

 

No pasamos por una revolución, pero sí por un cambio tan radical, tan diseminado por todas las esquinas del planeta, como para llamarlo un cambio estructural. No sabemos cuánto durará la transformación, ni cómo serán ni cuánto durarán sus consecuencias, pero vivimos estos días de pandemia con la ansiedad y la curiosidad del que ve fenómenos para los cuales todavía no existe lenguaje preciso. Vivimos con el botón de la hipervigilancia encendido. Somos la extranjera que, arrojada sin maletas en una ciudad extraña, se esfuerza por crear analogías para poder visualizar —entender es mucho más complicado— lo que sucede frente a sus ojos. Esto se parece a. Bien podría tratarse de. El proceso de traducción, que incluye a la experiencia y al lenguaje en que esa experiencia es enunciada, es trabajoso, a menudo francamente intransitable. En cada esfuerzo se nota que el lenguaje no acaba de embonar con los contextos inéditos y los fenómenos que, ya de maneras obvias o ya de maneras sutiles, obedecen a reglas que todavía no quedan claras. Cada esfuerzo es sólo una aproximación.

 

Del verbo tocar

 

Como el contagio se lleva cabo por cercanía, especialmente a través del sistema respiratorio y el tacto, tenemos que ser conscientes de que somos cuerpos. Parece una operación sencilla. No lo es. La máquina de producir mercancías nos ha acostumbrado a vivir bajo la ilusión de que somos incorpóreos. Podemos trabajar sin cesar. Podemos consumir sin cesar. Si estuviéramos en un cuento de la escritora salvadoreña Claudia Hernández seríamos esos personajes que, incluso muertos, incluso vueltos ya cadáveres, continúan checando la tarjeta de entrada al trabajo o sacando la tarjeta de crédito frente a las máquinas registradoras de los comercios. El capitalismo al estilo USA es así: literalmente descarnado.

 

La ilusión de no tener cuerpo, a la que contribuyen pastillas y medicamentos varios, conduce a la ilusión de no tener otra conexión con el mundo que no sea la conexión electrónica. Del hechizo de la abstracción cuelga la falta de solidaridad con nuestro entorno y, a fin de cuentas, la indolencia. No nos duele lo que no nos toca —lo que no sabemos que nos toca—. Pero ahora que estamos detenidos, ahora que sabemos que nuestras manos son armas mortíferas y no sólo, como quería Kant, lo que nos diferencia de los animales, no podemos no pensarlo. La rematerialización de nuestros mundos en tiempos de la desaceleración obliga a preguntas que son políticas en su mera raíz: ¿quién ha tocado esto que toco yo? Que es otra manera de preguntar: de dónde viene, quién lo produce, en qué condiciones de explotación o sanidad se fragua esto que viene hacia mis manos, con qué cantidad de virus. A la antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing le llevó años y bastantes páginas contestarse esas preguntas respecto al matsutake, el hongo reverenciado en Japón que crece en zonas boscosas del mundo que han sobrevivido a un proceso de devastación. En efecto, hay un montón de manos en The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins, las de los trabajadores migrantes, las de los comerciantes, las de los guardabosques, las de los policías, las de los agentes de inmigración. Manos callosas y manos suaves. Manos acostumbradas a la caricia o manos que nunca han conocido la crema humectante. Rastrear el quehacer de las manos en los procesos de producción y reproducción del mundo en que vivimos es una tarea eminentemente política. Y, justo ahora, es una tarea inescapable. Nuestras vidas dependen, de hecho, de hacer esas preguntas, y de poner justa atención a las respuestas. Todo lo que tenemos cerca —y justo ahora sabemos que siempre estamos, que siempre hemos estado, cerca de tantas manos— nos afecta porque nos compete. Este bien podría abrirle la puerta al fin de la indolencia.

 

La rematerialización del espacio doméstico

 

Despojados de rutinas que daban la impresión de ser inamovibles, expulsados de la prisa que hacía funcionar a tiempo las fábricas y los bancos y las universidades, condenados a un sedentarismo hogareño sin la seguridad de una presunta estabilidad económica, el COVID-19 nos ha puesto cara a cara con la desaceleración. Aquí vamos todos, hacia el inicio del día, checando cifras que resultan cada vez más alarmantes, poniendo atención a las nuevas medidas de seguridad. Mientras tanto, habitamos un hogar que antes, con alarmante frecuencia, sólo utilizábamos para parar unas cuantas horas, casi siempre en la noche, durmiendo con algo de dificultad. De repente, ese espacio que denominábamos como casa, como nuestra casa, se despliega en esquinas inéditas y cosas fuera de lugar. Es un ente extraño, desasido de sí, al que hay acostumbrarse poco a poco. Barrer, trapear, lavar los trastos, tender las camas, poner la ropa en la lavadora, sacudir —todas esas actividades cotidianas que, al menos en esta casa, siempre hemos llevado a cabo nosotros mismos—, muy a menudo recaen en los hombros de las mujeres, y usualmente pasan desapercibidas. La imposibilidad de salir, es decir, la imposibilidad de no verlas, las vuelve monumentales. De hecho, las transforma en el esqueleto del día, la única estructura que pervive cuando todo lo demás ha tomado rumbos desconocidos.

 

El tiempo que antes consumíamos en trasladarnos de un lado a otro, incluso para ir a comer, ahora lo ocupamos en seleccionar bien los insumos para cocinar a diario. Hay que lavar bien cada verdura o fruta. Hay que poner a remojar los frijoles con una noche de anticipación. Hay que calcular para cuántos días nos dura el arroz. Entre una cosa y otra hay que lavarnos las manos una y otra vez, en intermedios de veinte segundos que, bien mirados, constituyen una buena parte del día. En Houston la cuarentena nos obliga a estar en casa, pero todavía no nos prohíbe salir al supermercado a hacernos de provisiones o salir a caminar al perro (siempre y cuando se respete la sana distancia con los otros paseantes). Los restaurantes, que han cerrado, todavía producen alimentos para llevar. Pero en estos tiempos, cuando tenemos que pensar en todas las manos involucradas en la preparación del alimento, es mejor dejar pasar esa oportunidad. Quisiéramos hacerlo, sobre todo para apoyar a los restaurantes del barrio, que la están pasando mal, pero todavía no podemos persuadirnos a nosotros mismos. Cocinar, por lo demás, no es una actividad que se preste a la velocidad. Las cosas no se apuran o se detienen a capricho del que cocina. Todo tiene su tiempo. Las verduras, los granos, las frutas. Y parte de la rematerialización del hogar consiste en encontrar el ritmo de las cosas, su propio estar en el tiempo.

 

Los que entre nosotros no estamos detenidos en el afuera de la cárcel o el manicomio o la calle, sino adentro, nos enfrentamos a muebles, cucharas, espejos, que la cotidianeidad había vuelto invisibles y que, ahora, recuperan su presencia. Tratar a alguien como un mueble, recordaba la teórica Sara Ahmed en Queer Phenomenology: Orientations, Objects, Others, quiere decir que se le trata como si no existiese de verdad. Quiere decir que se le ignora. En un medio descorporalizado el lugar natural del mueble es el de la discreción, si no es que el de la invisibilidad más artera. Muy por el contrario, los objetos queer —esa silla incómoda, la mesa que de repente brilla por su presencia— no se desvanecen en el trasfondo. Los objetos queer se resisten a fusionarse en el segundo plano de las cosas. La pandemia, que no nos ha dejado olvidar el límite material de nuestra experiencia, también ha obligado a la mirada, a todos nuestros sentidos, a reconocer los objetos de los que dependemos en su valor de uso (y no en su valor de cambio). Los sartenes, despostillados, ya casi sin teflón. El matamoscas. El sofá, que se ha movido de la sala donde nadie lo utilizaba hacia la barra de la cocina, donde es posible recostarse a leer algo mientras hierve el agua. La suela de los zapatos, con las huellas del afuera que dejamos a la entrada. La materialidad del hogar nos circunda, nos cerca, a algunos hasta los asfixia, pero al final del día está aquí, físico y sólido, contra las borrascas de la información y el miedo, en un tú a tú contra la abstracción del Estado y el capital, incitándolos o conminándolos a saberse cuerpo de nuestro cuerpo.

La soledad es real

 

En Estados Unidos es común invitar a fiestas con horarios ceñidos: de 5:00 a 7:00 pm por ejemplo; de 6:00 a 9:00 pm, cuando hay ganas de echar relajo. Las manifestaciones callejeras precisan de un permiso, que no sólo incluye horarios sino también rutas específicas. Estudiantes y empleados comen ensaladas en contenedores de plástico frente a sus computadoras o teléfonos mientras checan sus mensajes o ven un video. A las puertas de las oficinas que se alinean en pasillos estrechos, siempre iluminados, no llega nadie sin antes avisar. Tampoco a los hogares. Decía Truman Capote que a Nueva York se iba para estar solo; pero yo no sería tan provincial. Ahora que la teleexistencia se ha vuelto el modo diario del trabajo y de la interacción es imposible no verlo: vivimos a través de ausencias estrictamente reguladas. Nos rodea una profunda soledad. Los ritmos de producción del imperio sólo son posibles a través de cuerpos aislados, cuyos deseos o necesidades son satisfechos de manera inmediata o automática con tal de no detener la marcha de las cosas. La pandemia también ha rematerializado esta ausencia primordial, dejando en claro que nos cercan por todos lados espacios vacíos. Los profesores de la pandemia se han percatado de que salen más agotados de una hora de clase por Zoom que de cinco horas presenciales. La razón es sencilla pero sepulcral: parece que estamos ahí, todos juntos, hablando y discurriendo, viéndonos, pero el cuerpo sabe que no estamos ahí. Esa disonancia agota. Esa disonancia nos deja con la boca abierta. La distancia, que precede en mucho a la pandemia, se vuelve intolerable con ella. Resentimos ahora la separación de estos días sólo porque no podemos dejar de verla. No podemos hacer tonto al cuerpo de tantas maneras. Acaso por eso hemos regresado a la llamada por teléfono: nos quejábamos de que el sonido de la voz desconectado de los gestos del rostro o del movimiento del cuerpo era incapaz de producir cercanía. Pero nos queda claro ahora que el mecanismo de la voz, cuando va acompañado de la coreografía bastante estipulada del Skype o Zoom, es todavía más pobre. Ahora que hablo por teléfono todos los días con mis padres, que están viejos y en otra ciudad, su voz en sí, su voz llana y llena, con sus inflexiones y titubeos, con esos tonos que nos reconocemos bien, produce una intimidad densa, capaz de desatar la imaginación de los otros sentidos.

 

Todo es distinto a través de una ventana

 

La frontera de un hogar es su puerta, pero las operaciones más interesantes pasan por las ventanas. Ahí está lo que se percibe, pero no se alcanza. Deseo es su otro nombre. Una ventana es un pasadizo, con frecuencia secreto. Vislumbrar es un verbo que ocurre a través de un vidrio. Aunque muchos se imaginan Houston como un lugar seco por su asociación con la aridez texana, este sitio es, como bien lo dijera alguna vez Gabriela Wiener, el Amazonas mismo. La humedad y el bochorno lo vuelven propicio para la proliferación de encinos y magnolias, enredaderas y helechos, buganvillas y bambús. Estaban ahí antes, por supuesto, pero se notan más ahora que los jardineros han dejado de venir y las plantas crecen a su modo. La variedad de sus verdes explota en camellones y jardines, lotes baldíos y patios traseros. Las sombras que producen las ramas de los árboles se recortan, precisas, sobre las imperfecciones del pavimento. Acaba de pasar, ruidoso, un escarabajo enorme con sus alas extendidas. Las mariposas, que se persiguen la una a la otra, chocan contra la malla en un acto de mera distracción. La disminución de los ruidos de la ciudad veloz, los de los autos sobre todo, ha permitido que otros sonidos se acerquen a nuestros oídos como si fueran nuevos. Rematerializados también pasan con su inédito estruendo los pájaros que, vistos de lejos, parecen variados y magníficos. Los maullidos de los gatos. Los ladridos de los perros. El zurear de las palomas. El zumbido de los insectos. Estas dos, tres, cuatro, cinco, seis gallinas que, orondas, caminan por la calle como si se tratara de un gran corral. ¿Es esto el canto de un gallo a media tarde? Lo que quiero decir es que nunca como en estos días ha sido tan visible esa interconexión entre animales y plantas, y los vericuetos de la ciudad, que es urbana sólo a medias. O cuya urbanidad es una compleja red de negociaciones con la naturaleza que, al menor descuido, muestra la cara o regresa. Si la ventana es frontera, fronterizo es también lo que acontece frente a ella.

 

Recuperar los pies

 

Hay una escena que retrata el mundo hiperconsumista de Estados Unidos en Wall-E, la película de ciencia ficción animada que se estrenó en el 2008. Si se acuerdan, en un contexto postapocalíptico una buena parte de la humanidad vive en el Axiom, donde sus deseos y necesidades son satisfechos de manera automática e inmediata. Esos humanos ven tanta televisión, y permanecen sentados por tanto tiempo, que han perdido el uso de las piernas. Así, una conducta específica (ser un coach potato) ha reconfigurado el cuerpo humano, mutilándolo de alguna manera. Frankensteins del capitaloceno. En ciudades como Houston, dominadas por un paisaje de numerosas carreteras de más de seis carriles, es fácil vivir sin caminar. De hecho, lo más difícil en una ciudad diseñada para la circulación de vehículos automatizados es caminar. Después de las 5:00 de la tarde, es decir, después del horario de trabajo, el centro de Houston es y ha sido un territorio desolado por el que sólo pasan, y eso a veces, vagabundos y despistados. Es el paisaje después de la batalla diaria: un cascarón de edificios deshabitados donde nunca deja de brillar la chispa ambarina de la electricidad.

 

Vivimos en un barrio tradicionalmente mexicano a un lado de la I-45 y, aunque está a sólo unos 30 minutos a pie de la universidad, es raro ver a estudiantes o profesores cruzando el espacio urbano. Las medidas sanitarias de la pandemia, que permiten salir a la calle pero sin contacto próximo, han sacado a las tribus solitarias de sus hogares y las han colocado en calles semivacías donde otras tribus solitarias se sientan en sus porches o sobre el pasto de sus jardines, que seguramente disfrutan por primera vez. El clima manso de esta primavera ayuda, por supuesto, pero hay algo en ese lento caminar de solitarios que lo vuelve todo distinto. Nunca como en estos días se han elevado tantas veces las manos desde lejos en un gesto de saludo o despedida, en todo caso de reconocimiento. Nunca como en estos días han pisado las mismas banquetas padres e hijos. Juntos. Hay gente con mascarilla, pero en bicicleta. Los perros avanzan, correa de por medio, sobre estas calles una y otra vez. Tal vez no es extraño que el eco del español retumbe tan claramente en estos paseos pandémicos. Lo que está ahí, frente a nosotros y bajo nuestros pies, no es la calle de la producción estandarizada y veloz. No es la calle de los autos cerrados, celosos del quehacer de su aire acondicionado. Es, si se puede decir así, una calle doméstica. A medida que la esfera pública se retrotrae, las reglas de la fisicalidad interior, una de las cuales consiste en no olvidar que somos cuerpos, salen a la calle, inyectándole una velocidad pedestre a todo lo que acontece. Como si la rematerialización del hogar se hubiera vertido primero al jardín y, luego, a la banqueta, para luego rebosar en las calles. Están solitarias, es cierto, pero parecen, paradójicamente, más llenas que nunca. Ahí vamos todos los que hemos recuperado los pies.

 

Potencialidad

 

Es cierto que el número de contagiados y de muertos va en aumento, como aumenta también el número de desempleados. Encerrados en nuestros espacios domésticos, nuestros cuerpos han dejado de presentarse a la comunión del mercado excepto para adquirir las cosas más básicas: alimentos, productos de limpieza, agua. Ya lo sabíamos, pero lo confirmamos: los que producen los insumos básicos, esos que nos mantienen con vida, son inmigrantes que, incluso contando desde ayer con la estampa de trabajadores esenciales, siguen sin documentos y, peor aún, sin seguro médico. Además de los doctores y las enfermeras, dependemos del que cosecha lechugas y berenjenas, de la cajera del supermercado, de la que limpia los cuerpos de los viejos, del que arregla la lavadora, del cartero. No estaríamos aquí, cumpliendo digitalmente con nuestros trabajos ahora, si no hubiera hombres y mujeres allá afuera, inclinados sobre vastos campos de verdura, arriesgando sus vidas para poder seguir, paradójicamente, con vida.

 

Trabajo en una universidad pública cuya mayoría de estudiantes latinos la ha vuelto, oficialmente, una “hispanic serving institution”. Esto significa que muchos de nuestros alumnos son los primeros de sus familias trabajadoras en asistir a la universidad. Tal vez algunos entre ellos son hijos o nietos de hombres y mujeres que han dejado la vida en cosechas de betabeles o lechugas. Esto también significa que muchos de ellos tienen uno o dos trabajos para subsistir, pagar la renta y la colegiatura, ayudar en sus casas. La pandemia los ha golpeado con especial furor. Pero no me extraña que, aunque enfrentan retos mayúsculos —varios han perdido el empleo y a otros los amenaza el espectro de la calle— siguen en pie de lucha, asistiendo a clases a través de una plataforma digital organizada a toda prisa y muy eficientemente por la universidad. No estamos inventando la rueda, pero sí un sistema más flexible, especialmente en lo que respecta a los horarios de clase, para facilitar su participación. No sé si van a convertirse en escritores, pero escriben en español en esta clase, escriben creativamente, volcando en sus textos visiones de mundos compartidos en los que se atraviesan críticas contra el statu quo, tanto el de Estados Unidos como de Latinoamérica, así como otros futuros posibles. Sofía escribe sobre una joven gimnasta que nunca se rinde. Rony sobre un general que reprime activistas en Centroamérica. Jessica sobre unos gemelos que tienen que acostumbrarse a convivir en paz. Alan sobre un jugador que, una vez que ha aceptado que su equipo ha perdido un partido de futbol, empieza a prepararse mentalmente para la siguiente temporada. Linda sobre una joven que finalmente se acepta a sí misma. Jonathan sobre una mujer que prepara su regreso a Chile. No hay lecciones morales en sus relatos, ni reiteraciones de una identidad que ha explotado de mil maneras, pero sí huellas de una experiencia vasta y crítica que alumbrará nuestra futuridad. Leerlos me mantiene alerta. Verlos actuar en relación con lo escrito me mantiene alerta. Porque no sólo es el contenido del texto en sí lo que me despierta, esperanzada, sino la manera en que se comentan los unos a los otros: el cuidado de la lectura y el cuidado de la opinión. Esa conciencia del estado de vulnerabilidad que compartimos cuando nos sacamos un texto y lo ofrecemos a otros. Si estos jóvenes en serios aprietos son capaces de tanta responsabilidad y de tanto cuidado, sin son capaces de dar tanto de sí mismos durante estos tiempos tan difíciles, los creo capaces de todo. Y entonces puedo dormir.

Estado con entrañas

 

Cuando el campus de la universidad donde trabajo dio a conocer que extendía las vacaciones de primavera, preparándose así para la transición hacia la teleeducación y también para tomar otras medidas contra la diseminación del coronavirus, supe que la cosa iba en serio y llegaría pronto. Caminaba en ese momento junto a mi madre, una mujer saludable de 76 años, por las calles del barrio donde vivimos en Houston. Me había adelantado un poco para leer el comunicado en mi celular y, cuando terminé, me volví a verla. Avanzaba con esos pasos grandes que le permiten sus piernas largas. Llevaba la cabeza inclinada, poniendo atención a las imperfecciones del camino con tal de evitar cualquier caída. Me había acostumbrado ya a estos paseos diarios en los que, con pretexto de la salud, platicábamos de todo. La iba a extrañar, sin duda, pero se lo dije de inmediato. Tiene que regresar a México (yo a mi madre, como toda buena fronteriza, le hablo de usted). La decisión fue inmediata y, la razón, sencilla: en su calidad de turista, mi madre carecía del seguro médico que le permitiría ser admitida en un hospital en caso de enfermar. Sin ese documento sería rechazada, como los son muchísimos otros, a las puertas de cualquier establecimiento de salud. Esto es vivir en un país que carece de un sistema de salud pública y que insiste en proteger a las grandes farmacéuticas y no el bienestar de su población. Como ella fue empleada de la UAEM una buena parte de su vida goza de una pensión muy escueta pero que incluye servicios médicos que, hasta ahora, han sido fundamentales para su vida como adulta mayor. Las tres cirugías que le realizaron para salvarla de la explosión de un aneurisma se llevaron a cabo, por ejemplo, en el Hospital de Neurología con una atención de inmejorable calidad y por la que no tuvo que desembolsar un peso. Pero acá, de este lado de la frontera, mi madre compartía el destino desentrañado de los miles y miles de habitantes de este país que, para cuidarse, tienen que recurrir con mucha frecuencia a remedios caseros y, cuando es posible, a medicinas que algún pariente o amigo trae desde México. La de veces que no he sido testigo del intercambio informal de vitamina B12, antibióticos o antihistamínicos, medicamentos todos que no curan las razones de la enfermedad, pero que ofrecen paliativos para cuerpos que no pueden darse el lujo de dejar de trabajar ni siquiera un día. Mi madre me dio la razón y actuamos de inmediato. En un día hicimos los arreglos necesarios para que pudiera reunirse con sus hermanas en la frontera antes de partir. Dos días después, mi madre abordó un avión que la depositó en la capital de un país en el que, con todo y todo, ella está más segura. Las cifras han demostrado que la COVID-19 no sólo ataca con particular saña a los adultos mayores, sino también a poblaciones precarizadas y minorizadas, precisamente aquellas que no pueden cubrir los gastos de un seguro médico, y para las cuales un contagio equivale a una sentencia de muerte.

 

Como una gran imagen de rayos X, la desaceleración que ha traído la pandemia deja ver, o incluso agranda, lo que ha estado ahí: un sistema económico guiado por la ganancia a expensas de todo lo demás, y un Estado sin entrañas, es decir, un Estado para el que los cuerpos no son materia de cuidado sino de mera extracción. Lo peor que nos podría pasar, argumentaba convincentemente Arundhati Roy, es regresar a esa normalidad salvaje. Y yo añado: a ese mundo inmisericorde que, preso del hechizo malvado de la incorporeidad, es incapaz de reconocer los lazos de reciprocidad que nos unen a los otros y a la tierra. La conciencia inescapable de una cercanía material con los otros viene mezclada con angustia y desasosiego, pero también con potencialidad. Otro mundo es posible, eso nos dice claramente la vida, cuando se impone a la pandemia. ¿Será posible entonces, desde toda esta experiencia con la enfermedad, derrocar de una vez por todas esa normalidad desentrañada y participar, al mismo tiempo, en el surgimiento de un Estado con entrañas? En otras palabras, ¿cómo nos las arreglaremos para exigir que el Estado cumpla con su responsabilidad de proteger la salud de la población mientras, simultáneamente, producimos relaciones entrañables, es decir, modos de afecto y conexión que partan de la amplia admisión de que somos cuerpos y precisamos, y podemos brindar, cuidado? Me queda claro que, al menos en Estados Unidos, esta lucha inicia y está íntimamente ligada a la ausencia de un sistema de salud pública que, por no existir, ha sentenciado a una muerte cierta y cotidiana a un gran número de trabajadores, especialmente aquellos que siendo esenciales —y ahora la pandemia también ha confirmado este estatus— continúan siendo considerados como ilegales por este gobierno incompetente y genocida. En ese sentido la lucha por un sistema de salud pública y la lucha por una reforma migratoria en realidad son la misma lucha; ambas están centradas, primero, en la admisión básica de que somos cuerpos y, consecuentemente, en el hecho también básico de que en tanto cuerpos dependemos los unos de los otros en contextos ecológicos gravemente alterados. Las medidas macro —exigidas por la salud pública que le corresponde al Estado— no se contraponen, y más bien complementan, las medidas minúsculas, cotidianas, de trabajo en conjunto, de las que dependen que la dañina alianza del Estado y la corporación llegue a su fin. La pandemia, que nos ha ayudado a ver claramente el talante descarnado de nuestro tiempo, no creará por sí misma las relaciones entrañables —acuerpadas, con otros, en conexión material con nuestras comunidades— que bien podrían cimentar una realidad otra. Haríamos bien en atender las preguntas a las que conmina la rematerialización, y que la rematerialización vuelve inescapables. De sus respuestas depende el inicio del fin de la indolencia. Y eso es algo.

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Cristina Rivera Garza

Doctora en Historia Latinoamericana

Nació en México y creció en Matamorros, un ciudad mexicana ubicada en la frontera con Estados Unidos. Es narradora, ensayista, poeta, investigadora y crítica literaria. Licenciada en Sociología por la UNAM. Maestra y doctora en Historia Latinoamericana por la Universidad de Houston. Profesora distinguida de estudios hispánicos y de escritura creativa en la Universidad de Houston, donde creó el doctorado Escritura Creativa en Español. Algunos de sus libros fueron traducidos al inglés, italiano, alemán, coreano y francés. Es la única escritora que recibió dos veces el premio Sor Juana Inés de la Cruz: la primera vez, en 1999, por Nadie me verá llorar. La segunda, en 2013, por La muerte me da.