Comer, alimentarse o etiquetarse

La pandemia puso la alimentación en el centro de los pendientes. Ahora sabemos que en buena parte, la ferocidad con que el Covid-19 atacó a México se debe a lo mucho que nuestros cuerpos están afectados por la mala alimentación de décadas. En México, Ecuador, Chile, Uruguay o Argentina hay intentos institucionales desesperados y muchas veces fallidos por frenar con etiquetas el consumo de comestibles nocivos. Pero no hay planificación alguna para sustituir las calorías instantáneas, de pésima calidad, que trabajadores y trabajadoras adquieren para tener energía y completar la jornada. Volver a casa para comer es un lujo que casi nadie puede darse.



Comer, alimentarse o etiquetarse

Verónica Villa Arias

La pandemia puso la alimentación en el centro de los pendientes. Ahora sabemos que en buena parte, la ferocidad con que el Covid-19 atacó a México se debe a lo mucho que nuestros cuerpos están afectados por la mala alimentación de décadas. En México, Ecuador, Chile, Uruguay o Argentina hay intentos institucionales desesperados y muchas veces fallidos por frenar con etiquetas el consumo de comestibles nocivos. Pero no hay planificación alguna para sustituir las calorías instantáneas, de pésima calidad, que trabajadores y trabajadoras adquieren para tener energía y completar la jornada. Volver a casa para comer es un lujo que casi nadie puede darse.

Las ayudas alimentarias para países de África y Centroamérica son en muchos casos importaciones de cereales súper fumigados, tal vez transgénicos, traídos desde quién sabe qué lejanías, donde fueron cosechados para quién sabe qué propósitos… ¿carburantes? ¿alimentación animal?

En contraste, los países donde el capitalismo se esmera en inventar nuevos consumismos, (partes de Estados Unidos, de Escandinavia, o la Europa más adinerada) hay un menú de tendencias alimentarias que nunca imaginarían quienes persiguen la supervivencia diaria y que tienen que apechugar lo que se les atraviese o para lo que les alcance su gasto. Por ejemplo…

Dietas vikingas y neolíticas: son regímenes que promueven comer sólo raíces o pastos. Si es carne o vegetales, nada que se cocine a más de 30 grados. También se vale salir al espeso bosque a recolectar frutos y hongos para engullirlos sin ninguna preparación.

Consumo de carnes limpias, basadas en proteínas vegetales. Esto sirve para aminorar la creciente demanda de cortes y quesos, pues los pedos de las vacas contaminan grandemente la atmósfera y calientan el planeta. Ya hay hamburguesas de extractos de soya y gluten, y carnes cultivadas en laboratorio a partir de células madre de res y pescado.

Ayunos que promueven intercalar días de comida normal con días de sólo agua, o sólo carne; o tomar un solo tipo de jugo durante una quincena (si es de alguna fruta rara, mejor), o acostumbrarse a comer cada 24 horas. Lo que antes se conocía como anorexia y bulimia ahora se considera muy “chic” entre los empresarios de California y los influencers.

Menús personalizados, diseñados por empresas que garantizan dietas confeccionadas científicamente a la medida, a partir de muestras de sangre o saliva con las que detectan qué vitaminas faltan, qué se debe dejar de comer, a qué horas, qué combinaciones y preparaciones fomentan la inteligencia y la hermosura de la clientela. Las dietas personalizadas son un nuevo servicio en los supermercados, farmacias y restaurantes de los países ricos para apapachar al microbioma.

Escáners de bolso, para usarlos tan pronto llega el plato a la mesa o la bolsa del mandado a la cocina, que miden los nutrientes en los alimentos, dicen cuántas proteínas, vitaminas, grasas y minerales tienen las porciones, o si es aceptable la cantidad de insecticidas y fertilizantes.

Productos que reducen la alimentación a su esencia, como el Soylent, bebida de soya y lentejas que asegura que con un vaso al día se obtiene la nutrición necesaria. Diseñado para jóvenes que no ven ningún mérito en cocinar, saborear o convivir, pues eso es pérdida de tiempo. (Y para jóvenes que no vieron Soylent Green, de Richard Fleischcer en 1973).

Ya se pueden también imprimir en 3ª dimensión las recetas de ensueño de cualquier rincón del mundo. La impresora se carga con el cartucho de extracto de pescado, de arroz o de vegetales; se descarga la receta más trendy y se imprime igual que si la cocinara el chef de moda.

También entre los ricos hay alteridad. Están los localívoros, que compran todo lo que se consume exclusivamente en el barrio, y mejor si es un barrio altamente concientizado en estas tendencias. Los límites varían tanto que en Estados Unidos consideran local lo que puede comprarse a 160 km a la redonda.

Friganismo es el esfuerzo por llegar a una vida de cero desperdicio, aprovechando las comidas a punto de caducar en los supermercados, o la fruta y verdura más madura en las centrales de abasto.

Y los gourmets del basurero, que quieren alterar conciencias evidenciando la cantidad de comida que se desperdicia. Completan sus tres o más comidas diarias con los restos de los vasos y platos de Starbucks y otras cadenas de comida rápida lujosa. En este momento de la historia, en que se calcula que una tercera parte de la comida que producen las industrias se tira, los gourmets del basurero compiten para ver cuánto pueden sobrevivir con sobras de lujo sin gastar ni un centavo. Aseguran que mucha comida limpia queda abandonada en sus bolsitas en los parques de grandes ciudades.

Gustavo, joven albañil mazahua, perfeccionista y caballeroso, que llega a la obra con una telera de la miscelánea de la esquina y con eso se la pasa 12 horas, ¿será localívoro o seguirá los consejos de los ayunadores californianos? ¿Eleuteria estará siguiendo dietas neolíticas cuando sale en tiempo de lluvia a juntar chapulines en los terrenos baldíos de Iztapalapa? Comer o alimentarse es definitivamente más complicado que ponerse etiquetas de las dietas de moda.