Ainu: quiénes son y por qué luchan los indígenas de Japón

El pueblo ainu lleva 150 años viviendo en la sombra, desde que sus territorios fueron ocupados por el deseo expansionista del gobierno nipón de la era Meiji, a finales del siglo XIX, tras siglos de convivencia y relaciones comerciales. El encontronazo colonial resultó en un proceso doloroso de asimilación que ha borrado pueblos, nombres y palabras. Les prohibieron cazar y pescar, principales medios de vida. Las mujeres fueron casadas con japoneses. Les obligaron a ser agricultores. Empobrecieron. Se convirtieron en objeto de estudio de los científicos, incluso muertos.



Ainu: quiénes son y por qué luchan los indígenas de Japón

Carmen Grau

 

 

Los paneles luminosos de la autopista de Hokkaido, al norte de Japón, no alertan del tráfico al conductor. En cambio, promocionan insistentemente Upopoy, un nuevo complejo turístico y Museo Nacional Ainu. “Cantemos juntos por la armonía étnica”, es el lema que el gobierno japonés le ha impreso al proyecto, de 20.000 millones de yenes (164 millones de euros, 192 millones de dólares), para revitalizar la cultura ainu, una de lasminorías del archipiélago. El proyecto expone el patrimonio del pueblo indígena originario de las islas de Hokkaido, Kuril y Sajalín. Jóvenes mujeres ainu bailan al son de la tradición y un polémico memorial con vistas al océano Pacífico rinde tributo a los ancestros. Autobuses de escolares japoneses desfilan y las reservas están completas. Hace pocos años, un manga les puso de moda y ahora son una atracción.

Pero una generación de líderes ainu no está contenta. No quieren un parque temático, quieren recuperar sus derechos como pueblo nativo. “No tiene alma”, afirmó del complejo la artista Shizue Ukaji (de 87 años). “Si el gobierno japonés usa ‘armonía étnica’, debería pedirnos disculpas formales por las injusticias históricas”, se queja. Para ellos, la nuevaLey de Promoción de Políticas Ainu, de 2019, es un instrumento del gobierno japonés vacío de derechos, que sigue utilizándolos como recurso turístico.

Satoshi Hatakeyama (de 78 años), presidente de la Asociación Ainu de Monbetsu, reclama desde 2009 recuperar el derecho a pescar de sus antepasados. Quiere recibir al salmón cada otoño, un ritual llamado Kamuy-chep-nomi, y no ser investigado por la policía por hacerlo, como ocurrió en 2019. Ryoko Tahara (de 60 años), presidenta de la Asociación de Mujeres Ainu, denuncia la doble discriminación que sufren desde hace generaciones, por ser indígenas y mujeres: tanto en la escuela, como para conseguir empleo o casarse. Nació en una aldea que ya no existe. Recibían insultos y pedradas. Creció pensando que ser indígena era ser inferior. “Asustados, nos hemos escondido toda la vida y nuestra historia no se ha contado”, afirma a Equal Times. Ella busca la manera,recuperando la gastronomía ainu.

“Nos han utilizado históricamente, y lo siguen haciendo”, dice Fumio Kimura (de 71 años), vicepresidente de la Asociación Ainu de Biratori. Kimura quiere devolver a la tierra los restos ainu que fueron excavados sin permiso. “Nuestra historia es la del traslado forzoso, también muertos. Mis abuelos fueron obligados a abandonar su lugar originario para trabajar en granjas imperiales japonesas y cuando no fueron necesarios, de nuevo tuvieron que reasentarse”, cuenta.

El pueblo ainu lleva 150 años viviendo en la sombra, desde que sus territorios fueron ocupados por el deseo expansionista del gobierno nipón de la era Meiji, a finales del siglo XIX, tras siglos de convivencia y relaciones comerciales. El encontronazo colonial resultó en un proceso doloroso de asimilación que ha borrado pueblos, nombres y palabras. Les prohibieron cazar y pescar, principales medios de vida. Las mujeres fueron casadas con japoneses. Les obligaron a ser agricultores. Empobrecieron. Se convirtieron en objeto de estudio de los científicos, incluso muertos.

Estos líderes indígenas son conscientes de que sus saberes ancestrales están en peligro. “Nos están borrando, en treinta años seremos todos japoneses”, lamenta Kimura. Pero no olvidan el pasado y conocen sus derechos, contenidos en laDeclaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas(UNDRIP), de 2007.

Recuperan la historia y estudian ainu, una lengua perdida de la que solo quedan un puñado de hablantes nativos y se aprende con grabaciones, canciones y literatura oral. También son la voz de su pueblo en Naciones Unidas, donde denuncian el poco compromiso de Japón para con sus derechos.

“Esta es la última oportunidad en la lucha. Los jóvenes, japoneses o ainu, se alejan de la política. No tienen interés por los derechos humanos”, afirma Hiroshi Maruyama, presidente del Centre for Environment and Minority Policy Studies (CEMiPoS), un centro que dedica sus esfuerzos a los derechos del pueblo ainu. Para este experto japonés en medioambiente y políticas indígenas, “Upopoy no tiene el punto de vista ainu. Es una mercantilización cultural. Se anunció tras los Juegos Olímpicos [de Tokio 2020], para atraer turismo y como paripé a las minorías. Impera el nacionalismo japonés de una sola raza, lengua y nación”.

Existen desde hace décadas asociaciones gubernamentales que fomentan la cultura ainu y gestionan ayudas públicas a la educación y la pobreza. Como la Asociación Ainu de Hokkaido, que ha participado en los procesos legislativos o en la apertura de Upopoy. Pero el 80% de ainu no se siente representado y mira a esta organización con suspicacia, como confirmaron a este medio muchas voces ainu consultadas. Quizá porque no fue hasta 2008 cuando Japón les reconoció como pueblo indígena.

Los muertos que les deben

¿Cuántos ainu son a día de hoy? Nadie sabe exactamente. La cifra oficial en Hokkaido era de 13.000 en 2017. Un dato que deja fuera a los miles de ainu residentes en Tokio o alrededores, a los que han renegado de sus raíces tras siglo y medio de fuertes políticas de asimilación o a los que se esconden para no seguir siendo víctimas de discriminación. Tampoco se conoce cuántos hay en diáspora. Pero sí tienen contados los muertos que les deben, y no se cansan de repetirlo: los aproximadamente 1.600 que reclaman al gobierno y a las doce universidades japonesas implicadas en el robo de tumbas ainu desde finales de 1880 hasta 1972.

Kimura recita de memoria los nombres de todos los científicos que participaron en lo que definen como expolio. Es el último líder comunitario, ekasi, que ha contribuido a la repatriación de restos. Nació en Biratori, un pequeño pueblo al este de Hokkaido de 5.300 habitantes, de mayoría ainu. Su lucha es reciente. En 2015 se encontró casualmente con un monumento conmemorando una “antigua escuela de aborígenes” en Niikappucho Anesaru (cercano a Biratori). Cuenta que sintió una descarga en la cabeza: “El dios relámpago, Kanna Kamuy, me despertó el activismo y decidí devolverle la dignidad al pueblo ainu”.

En 2016, Kimura fundó la asociación para la reflexión sobre los restos humanos, junto a treinta personas. En 2018, siguiendo la guía oficial del gobierno, solicitaron el retorno de los restos pertenecientes a esta comunidad y lo lograron. En octubre, los restos de 34 ainu (6 identificados) han regresado de las universidades de Hokkaido, Tokio y Niigata para ser sepultados. “Nacemos en la tierra y a ella debemos volver. Somos la única comunidad que lo ha logrado sin ir a juicio”, afirma, refiriéndose al arduo camino burocrático y legal que desde 1980 emprendieron otros líderes ainu para repatriar a sus ancestros. La batalla de los activistas llevó a juicio a la Universidad de Hokkaido, pero no fue hasta 2016 cuando lograron la primera devolución. La institución, construida sobre un antiguo enclave ainu, ha conservado durante décadas los restos de más de 1.000 ainu en un repositorio apartado del campus.

En 2019 estos restos emprendieron viaje al nuevo memorial de Upopoy. Al no encontrar testimonio escrito y no poder acceder al repositorio, Kimura se indignó: “¿Por qué celebran un edificio para acoger los restos de nuestros antepasados y familiares si no nos dejan entrar?”.

Lo solicitaron al gobierno en Tokio, pero les dieron excusas técnicas. Tras meses insistiendo, pronto podrán acceder. Pero no es el final que desean: “Solo nos ven como objetos de estudio. Preguntamos si siguen investigando y no responden claramente. Hay que devolverlos a su tierra, el país debe apoyarnos porque así lo dice el artículo 12 de la declaración. Queremos una disculpa. Las víctimas somos nosotros”.

Durante días, Kimura llamó al Ministerio de Tierra, Infraestructura, Transporte y Turismo de Japón (encargado de Upopoy) para insistir en una placa. En octubre la instalaron, pero los expertos de CEMiPoS consideran el texto una distorsión porque es ambiguo en responsabilidades históricas: “En algunos casos, la voluntad de los ainu pudo no haber sido considerada cuando estos restos fueron excavados”, expone la placa. Kimura insiste: “Es responsabilidad de Japón devolver los restos. No voy a parar hasta que muera”. Otros ainu prefieren no mirar atrás. Es un tema traumático, tabú. “Algunos me han pedido que lo deje. Confío en que algún día seré entendido”, confiesa.

El último bastión ainu

Nibutani es un valle sagrado orgulloso de sus orígenes. Ainu y japoneses conviven, en uno de los pocos lugares de Hokkaido donde ser ainu es ser mayoría. Está en Biratori y a falta de cifras oficiales, en el valle afirman que son el 80% de los 5.300 vecinos. Aquí nació una leyenda, Shigeru Kayano (1926-2006), el primer dirigente indígena. Autodidacta, investigó su cultura, revitalizó las tradiciones y publicó libros. Fue concejal en su pueblo, pero se propuso cambiar la historia y llegó al parlamento japonés. Su recuerdo se asemeja al de un oráculo, no hay vecino que no lo mencione. Ayudó a uno a construir su casa. Enseñó a otro a trabajar la madera. Fundó un museo local. Fue profesor de idioma ainu. Su hijo continúa enseñando en la biblioteca de la comunidad. La mitad de los niños lo estudian, también adultos. El nieto, Kimihiro Kayano, regenta un albergue donde la identidad y la lengua siguen vivas: “Mi abuelo ha sido una gran influencia. Aquí somos mayoría y eso nos hace fuertes. Para los jóvenes, ser ainu es más fácil ahora, aunque el discurso de odio sigue en la red”. A su lado, Rie Kayano, canta y compone en ainu. El aclamado artista local, Toru Kaizawa, también tiene en el valle su tienda taller.

El paraíso se transformó en 1993, cuando el gobierno construyó una presa en el cauce del río Saru, con las montañas sagradas a la espalda y en el corazón de la comunidad ainu. La antropóloga Masumi Tanaka señala unas ruinas apartadas y explica que es un lugar único en Hokkaido, “pero no se ha valorado lo suficiente”.

Hace tiempo que fueron obligados a abandonar sus rituales, como también tuvieron que alejarse de la pesca y la caza. Para compensarles por la presa, levantaron un espacio cultural con museos y kotan, casas ainu tradicionales para artesanos que muestran a los turistas sus materiales y piezas únicas.

El espacio cultural del valle es gestionado con fondos públicos y la nueva ley ainu inyecta más presupuesto. De acuerdo a datos de la Oficina del gabinete japonés, 2.170 millones de yenes (17 millones de euros, 21 millones de dólares) se invertirán en programas culturales, de reforestación y turismo en el pueblo de Biratori durante cinco años. Las medidas incluyen la pesca, pero de nuevo regulada: podrán pescar únicamente 50 salmones, de septiembre a noviembre, y solo 20 personas con fines rituales. La caza, ni se menciona. Saberes ancestrales convertidos en intercambio comercial y turístico. La realidad, y sustento, de muchos pueblos indígenas.

Publicado originalmente en Equal Times