Mayoría de Izquierda en Ecuador… pero ¿qué izquierda?

Un eventual triunfo de Yaku Pérez, tendría toda la épica de las insignias de Estado sobre un hijo de la pachamama, que sin duda recordaría la hazaña política de Evo Morales en las elecciones de su país en 2005. Pero el Pachakutik no es el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano, aún cuando comparta algunos de sus rasgos como el protagonismo del sujeto indígena y sobre todo, la hostilidad discursiva al neoliberalismo



Mayoría de Izquierda en Ecuador… pero ¿qué izquierda?

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El Mostrador

9 febrero, 2021



Un eventual triunfo de Yaku Pérez, tendría toda la épica de las insignias de Estado sobre un hijo de la pachamama, que sin duda recordaría la hazaña política de Evo Morales en las elecciones de su país en 2005. Pero el Pachakutik no es el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano, aún cuando comparta algunos de sus rasgos como el protagonismo del sujeto indígena y sobre todo, la hostilidad discursiva al neoliberalismo. Pero no se puede perder de vista que se trata de otra izquierda, incluso con sectores antiabortistas, aunque básicamente signada por la lucha por un modelo alternativo al neo-extractivismo desarrollista. Sea cual sea la fórmula del ballotage y la definición presidencial ecuatoriana su movimiento indígena seguirá siendo crucial en la gobernabilidad de dicho país.

 

A pesar que el telón de los resultados electorales definitivos aún no cae en Ecuador, la sorpresa de la noche del domingo pasado no fue el anunciado primer lugar del candidato correísta, Andrés Arauz, sino que más bien su “escolta”, el líder del partido indigenista histórico “Pachakutik”, Yaku Pérez Guartambel, en empate técnico con el conservador Guillermo Lasso.

 
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Las encuestas preveían que la dupla que disputaría el balotaje serían Arauz y Lasso, y bastante más atrás el político nacido en Cachipucura, Azuay. Desde luego, el correísmo apostaba a ganar en primera vuelta para colocar a su exministro en el Palacio Carondelet y, así, concretar el regreso desde Bélgica del expresidente. Sin embargo, el desempeño de Arauz con cerca de 32 %, estuvo lejos de la regla que permite el acceso directo al poder político: 40 % más 10 puntos de distancia de quien le siguiera.

Aunque mucho más errados estuvieron los pronósticos que colocaban en un cómodo segundo lugar al abanderado de la derecha. Todo indica que la campaña de Pérez entusiasmó al electorado refractario a la omnipresencia del mercado, aunque sin un buen recuerdo de la década de Rafael Correa al frente de Ecuador (2007 a 2017).

Finalmente, la otra novedad fue que el empresario de filiación socialdemócrata, Xavier Hervas, alcanzó el cuarto lugar con cerca del 16 % de los votos.

 

Durante la década pasada, Pachakutik se mantuvo en claro antagonismo al gobierno de Correa y al de su sucesor, Lenin Moreno. Así lo expuso la ola de manifestaciones del 3 al 12 de octubre de 2019 en Ecuador, desencadenada por la eliminación de los subsidios al combustible y que obligó al traslado temporal de la sede del Ejecutivo a Guayaquil. La garantía de las Fuerzas Armadas al presidente Moreno reafirmó que, igual que en la época del presidente Lucio Gutiérrez, la estabilidad de Ecuador pasaba por militares y el movimiento indígena. Los tiempos no habían cambiado mucho como demostraron estos comicios. La gravitación del movimiento indígena incluso ha crecido en la sociedad mestiza.

 

Dada la estrecha lucha por el segundo lugar, se abre una interrogante respecto de los efectos que tiene la confirmación del otro partícipe, además de Arauz, en la segunda vuelta que se avecina el 11 de abril próximo. Si fuera Lasso, éste intentaría trasladar el conflicto al eje correísmo-anticorreísmo, mientras que el paladín de Correa potenciaría la narrativa de la común casa de izquierda (la que, a la vista de los resultados, prevalece entre el electorado ecuatoriano). Si en cambio se confirma a Pérez, además de implicar que la fragmentación del flanco izquierdo no dañó la performance de sus distintas vertientes, se agregaría al primer citado clivaje el debate mucho más de fondo, por la estrategia de desarrollo nacional en el Ecuador donde el portaestandarte de Pachakutik se inclina por un postdesarrollo no extractivista, aún cuando “otra cosa es con guitarra”.

¿Quién es el candidato de Pachakutik? Y mucho más relevante: ¿cuál es el movimiento que lo apoya? Su trayectoria política ha sido marcada por la presidencia de la Confederación de Pueblos de la Nacionalidad Kichwa del Ecuador (Ecuarunari), además de ganar una concejalía en 1994 en Cuenca y la Prefectura en Azuay en 2019. Se trata de un ecologista profundo con el grado académico de doctor en jurisprudencia.

A pesar que la población indígena no es la mayoría demográfica como en Bolivia (no alcanza el 8 % según la CEPAL), el movimiento indígena ecuatoriano es uno de los más antiguos y consolidados de América Latina. Originado a fines de los setenta, ya hacia los noventa del siglo pasado había conquistado el derecho a la educación bilingüe intercultural para sus comunidades, dentro de un proceso de creciente protagonismo en la vida pública nacional ecuatoriana, por medio del reivindicacionismo desde 1978 y la conflictividad de protesta incrementada después de ese hito que fue el gran levantamiento de 1990.

 

La creación de la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador) en 1986 y después del partido Pachakutik en 1996 –referencia a la utopía andina de esperanza en el regreso al orden natural de un mundo que habría sido puesto al revés– terminaron de politizar dicho movimiento social, al tiempo que extendió sus escenarios: congreso, gobiernos y alianzas partidarias (Sánchez-Parga, 2007).

Con el cambio de milenio pasó a ser un factor insoslayable de poder. El 21 de enero de 2000, la CONAIE respaldó el golpe de Estado que un grupo de oficiales liderados por Lucio Gutiérrez asestó al demócrata cristiano de estilo populista, Jamil Mahuad. Posteriormente, el movimiento indígena participó en la plataforma de la administración populista (de derecha) de Gutiérrez (2002-2005) con varias carteras ministeriales y, más tarde, contribuyó a la caída gubernamental al pregonar una insurrección popular que decantó en una perentoria incertidumbre al estallar el sistema de partidos tradicionales. Tras el suspenso siguió un mandato de transición que culminó con la llegada de Rafael Correa al poder en 2007 y su toque protestatario al neoliberalismo.

En sus inicios, la llamada “Revolución Ciudadana” contó con el apoyo del movimiento indígena, vertido en la narrativa del Sumak Kawsay o vivir bien, que adoptó el oficialismo al alero del socialismo del siglo XXI. Sin embargo, a partir de 2010 las críticas del liderazgo indígena al rumbo del gobierno de Correa se convirtieron en franca oposición. Combinando populismo y tecnocracia (De la Torre, 2013), el gobierno de Rafael Correa recuperó al Estado como herramienta de trasformación social, sobre la base de una renta petrolera que permitió mejorar el ingreso tributario e implementar programas sociales −con el recurso de los “bonos”− de reducción de la pobreza y garantizar mayor acceso a la salud y a la educación (Ospina, 2013).

Sin embargo, los discursos ecocomunitarios del movimiento indígena fueron acentuando la crítica al perjuicio ecológico provocado por el supuesto productivismo predatorio del Estado correísta. Simultáneamente, la construcción de un hiper presidencialismo −típico del sector pro ALBA de la “ola rosada” de izquierda−, durante el gobierno de Correa, fue complementado por una política orientada a neutralizar la presión social de diversos cuerpos sociales o “descorporativización” (Svampa, 2016), lo que incluía al movimiento indígena por lo que la desafección era inevitable.

La aprobación parlamentaria en enero de 2009 de la Ley Minera marcó un punto de inflexión en la relación del populismo Correa con las organizaciones indígenas de la CONAIE. El parte-aguas acaeció con la adopción gubernamental del Plan de Buen Vivir 2009-2013, que debilitaba la capacidad de movilización de la sociedad civil autónoma. Con ello no sólo se afectó a las federaciones empresariales, sino que al pluriverso indígena, que además de la prensa liberal y los uniformados, pasaron a ser los blancos de la narrativa adversarial de Correa.

La ola de protestas de agosto de 2010 contra una ley salarial desembocó en el frustrado intento de golpe de Estado del 30 de septiembre, protagonizado por policías rebeldes. Más que eso, la maniobra puso en evidencia las resistencias al proceso correísta, no sólo por parte de empresariado y uniformados, sino que también de la izquierda radical del Movimiento Popular Democrático y el Pachakutik. El componente tecnocrático de la administración de Correa, había distanciado su gobierno del populismo plebeyo de las experiencias de Chávez y Morales en Venezuela y Bolivia, respectivamente.

Durante la década pasada, Pachakutik se mantuvo en claro antagonismo al gobierno de Correa y al de su sucesor, Lenin Moreno. Así lo expuso la ola de manifestaciones del 3 al 12 de octubre de 2019 en Ecuador, desencadenada por la eliminación de los subsidios al combustible y que obligó al traslado temporal de la sede del Ejecutivo a Guayaquil. La garantía de las Fuerzas Armadas al presidente Moreno reafirmó que, igual que en la época del presidente, Lucio Gutiérrez, la estabilidad de Ecuador pasaba por militares y el movimiento indígena. Los tiempos no habían cambiado mucho como demostraron estos comicios. La gravitación del movimiento indígena incluso ha crecido en la sociedad mestiza.

Un eventual triunfo de Yaku Pérez tendría toda la épica de las insignias de Estado sobre un hijo de la pachamama, que sin duda recordaría la hazaña política de Evo Morales en las elecciones de su país en 2005. Pero el Pachakutik no es el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano, aún cuando comparta algunos de sus rasgos como el protagonismo del sujeto indígena y, sobre todo, la hostilidad discursiva al neoliberalismo. Pero no se puede perder de vista que se trata de otra izquierda, incluso con sectores antiabortistas, aunque básicamente signada por la lucha por un modelo alternativo al neo-extractivismo desarrollista. Sea cual sea la fórmula del balotaje y la definición presidencial ecuatoriana, su movimiento indígena seguirá siendo crucial en la gobernabilidad de dicho país.