México. Montaña Alta de Guerrero: La medicina de hacer pueblo aún en la muerte

La enfermedad que asfixia, como muchas otras, arrasa al mundo por un desequilibrio en la armonía que mantiene la vida, para curarla tendremos que entender con curiosidad, humildad y respeto cómo se sostiene la vida en cada territorio. Las y los médicos, ¿seremos capaces de hacer pueblo para lograr esa escucha?



La medicina de hacer pueblo
aún en la muerte

Mandeep D h i l l o n , activista y médica

(Tomado de Lucha Indígena No. 183)

 

El sol empezaba su migración hacia el
occidente, un camino empinado nos lleva-
ba hacia las casas de algunas familias de
la comunidad de Mathayúwàa/Zilacayota.
Eran los primeros días de mayo en la Mon-
taña Alta de Guerrero. Encontramos una
mujer sentada en el patio de su hermosa
casa de adobe, los compañeros de la Poli-
cía Comunitaria la saludaron en mè’phàà,
le avisaron que habíamos llegado para
su consulta. El semblante de la joven no
delató la fiebre de 38.4 grados que ardía
contra la infección en su cuerpo, ni la satu-
ración de oxígeno de 86% que marcaba la
irrupción de la infección a sus pulmones.
Enterré en el fondo de mi estómago el ma-
lestar que se anudaba desde la mañana al
conocer tantas personas con los síntomas
innegables de una infección respiratoria,
varias de ellas de gravedad.
Sentí el hartazgo entre mis costillas, de
nuevo una anticipación del vacío ante la
incertidumbre de no saber cómo parar la
catástrofe de la muerte impuesta, la impo-
tencia de no saber a qué instancia dirigir
el grito. En México, las normas oficiales
dictan cuidados intensivos para personas
con cuadros respiratorios graves al borde
de la muerte, pero en la Montaña se tiene
que viajar 5 horas sólo para ser rechazados
de un hospital.
Mi formación como médica en la uni-
versidad y en los hospitales me preparó
para muchas cosas: hacer que un corazón
vuelva a latir, suturar heridas, tratar infec-
ciones, evacuar sangre que está colapsan-

do a un pulmón, mirar la muerte inevitable
de otros y avisar de su llegada. Y todo eso,
lo hago con responsabilidad, compromi-
so, consciencia compasiva y crítica. Sin
embargo, la medicina en la cual me for-
mé, ahora hegemónica, nunca me acercó a
las otras formas que existen en el mundo
de nombrar las enfermedades, explicar su
origen, transmisión y cómo sanarlas. Me
dejó sin muchos otros conocimientos ne-
cesarios para curar.
La visita a la comunidad no fue mi pri-
mera experiencia de trabajar en torno a la
salud en un ambiente muy distinto a los
hospitales en donde me formé. Desde el
2014 había participado en la Brigada de
Salud Comunitaria 43 en Tixtla, Guerre-
ro, un grupo formado en colaboración con
una parte de la Policía Comunitaria de la
CRAC-PC para atender a la gente del pue-
blo a través de la formación de promotores
de salud.
Una de las primeras decisiones de
nuestra Brigada fue proveer atención gra-
tuita a todas y todos, independientemente
de su afiliación política. También pusimos
en práctica, aunque fuera en una sola co-
munidad, una relación distinta entre el
conocimiento de médicos formados en las
instituciones del Estado y el conocimiento
territorial de las mujeres y los hombres
del pueblo forjado a través de generacio-
nes, practicar otra relación entre la ciencia
de la medicina alópata y la ciencia de la
medicina tradicional, poder ofrecer una
consulta médica a manera de trueque, pe-
dir a cambio un acto de solidaridad con las
actividades de la Brigada o un artículo de
despensa en vez de aceptar el pago mone-
tario que se nos ofrecía.
También fue fundamental la participa-
ción de las mujeres, dedicaron su forma-
ción al servicio de su pueblo, antes, du-
rante o después de su trabajo en la casa
o en el campo, se reconocieron como
promotoras de salud, una de las
fortalezas más grandes de la
CRAC-PC. Tras dos años de co-
nocernos, en un taller sobre sa-
nar nuestros miedos, una de
las primeras promotoras de la
Brigada relató que su sueño de niña había
sido ser médica y que por fin, de alguna
forma, estaba cumpliendo con ello.
Todas esas vivencias de la Brigada 43
volcaron los supuestos del sistema educati-
vo y de salud en los cuales había aprendido
a ser médica y que me habían encaminado
a tener como objetivo principal, ubicar la
enfermedad en un cuerpo y eliminarla, a
eso, durante muchos años, consideré curar
y por lo mismo, se fue aglomerando una
frustración cruenta por todos los encuen-
tros clínicos en los cuales los malestares
de mis pacientes necesitaban soluciones a
problemas profundamente económicos y
sociales. Fue en la práctica colectiva de la
salud en Tixtla que empecé a entender el
poder curativo que vivía en el hacer comu-
nidad, en el hacer de una medicina libe-
radora, de una salud con el territorio y no
impuesto sobre el territorio.
En mi tiempo en La Montaña, las verda-
des absolutas del sistema de salud oficial
cayeron. En la comunidad que visitamos,
así como en muchas otras de la región, el
sistema de salud es prácticamente inexis-
tente. Lo que sí vi abundar fue unidad fa-
miliar y cuidados colectivizados, vi cómo
hijos, hermanos, esposas de los enfermos
se preocuparon por aprender a cuidarlos,
darles de comer, administrarles sus medi-
camentos, sostenerlos con presencia. Vi la
organización desde la comisaría y la po-
licía comunitaria que permitió las visitas
a domicilio, sin dejar de lado a una sola
familia que había solicitado el apoyo. Tam-
bién supe de cómo se había cumplido con
los rituales para despedirse de los recién
muertos, a pesar de los riesgos inherentes
en ese acompañamiento. En todo momen-
to estaba presente el imperativo de pensar-
se, sentirse, curarse como pueblo o, al no
ser posible, hacer pueblo aún en la muerte.
Para cuando llegaron las primeras llu-
vias en La Montaña de Guerrero, la ola de
enfermedad que asfixiaba había retroce-
dido. Mientras recorrimos de nuevo las
entrañas de la comunidad, esta vez en la
Fiesta del Ratón, acompañados de risas y
bromas. Pensé en la resiliencia de su gente
y su mundo. Nada podía perdonar la negli-
gencia histórica del sistema de salud en su
territorio, y no quería caer en romantizar
el sufrimiento causado por el mismo. Sin
embargo, me habían dejado otra lección
importante en cómo enfrentar la enfer-
medad en colectivo, un contraste severo y
necesario ante las violencias normalizadas
del sistema de salud.
La enfermedad que asfixia, como
muchas otras, arrasa al mundo por
un desequilibrio en la armonía que
mantiene la vida, para curarla ten-
dremos que entender con curiosidad,
humildad y respeto cómo se sostiene la
vida en cada territorio. Las y los médi-
cos, ¿seremos capaces de hacer
pueblo para lograr esa
escucha?