Reseña del libro “Escuela de aprendices”, de Marina Garcés

Los espacios educativos se han reducido a una pedagogía extractivista, donde se extrae nuestra vida desde el rendimiento y la prisa, como si las cosas existieran para ser rebasadas. Así, el sistema educativo, nos arrebata la vida al estar haciendo algo, pero esa rapidez indica solamente una educación mínima, el impulso emancipador que tiene el aprendizaje queda simplificado a una técnica competitiva que va sofocando el sentido y la fuerza de nuestra libertad, donde nos vamos limitando al acomodo de una servidumbre adaptativa.



Reseña
Escuela de aprendices, Marina Garcés.


Manuel Antonio Silva de la Rosa†
Universidad Iberoamericana de Puebla México


La filósofa Marina Garcés (Barcelona, 1973) ha publicado un libro enfocado en la
educación. Desde hace varios años está comprometida con la vida, investigando y
aportando reflexiones en línea del problema de lo común. Va desarrollando su filosofía
como una amplia experimentación, con las ideas, el aprendizaje y las formas de
intervención en nuestro mundo actual. En esta ocasión, este libro: Escuela de aprendices,
muestra la educación como el sustrato de la convivencia. La educación es un taller donde
se van ensayando las distintas formas de vidas posibles.
Marina Garcés propulsora del proyecto de pensamiento colectivo Espai en Blac, nos
comparte que la educación es un campo de batalla, donde la sociedad reparte, de forma
desigual, sus futuros. Es en este contexto en el que los espacios educativos se han reducido
a una pedagogía extractivista, donde se extrae nuestra vida desde el rendimiento y la prisa,
como si las cosas existieran para ser rebasadas. Así, el sistema educativo, nos arrebata la
vida al estar haciendo algo, pero esa rapidez indica solamente una educación mínima, el
impulso emancipador que tiene el aprendizaje queda simplificado a una técnica
competitiva que va sofocando el sentido y la fuerza de nuestra libertad, donde nos vamos
limitando al acomodo de una servidumbre adaptativa. En un contexto, donde el profesor,
o profesora, no sólo tiene que dar clases, sino que tiene que producir, mínimo, diez
artículos al año, ir y crear coloquios, presentar proyectos de investigación, hacer informes,
papeleo, gestión, sentarse en su escritorio para contestar correos, buscar financiamiento,
asistir a reuniones, figurar en comités etc., el aprendizaje se acota a una simple gestión de
nuestro comportamiento en cada actividad y lugar en el que asistimos. La administración,
organización y la gestión del aprendizaje, tiene el mismo criterio: hacer los procedimientos
más eficaces y adaptables a todo tipo de tareas.
Marina Garcés afirma que el aprendizaje se inscribe en un mundo compartido. Son
los demás, las cosas y el entorno los que hacen que comprendamos de cierta manera la
vida cotidiana. Pero, al mismo tiempo, este mismo aprendizaje hace que lo desbordemos, nos invita a lanzarnos y arriesgarnos para poder comprender el mundo desde otro punto
de vista. Es desde este plano que pretende revindicar el concepto de aprendiz. Ella
menciona que en este libro se quiere reivindicar al aprendiz no como figura sociológica,
sino como punto de vista sobre la reflexión pedagógica en su conjunto (Garcés 2020 22).
El aprendiz no es simplemente un estudiante, no se trata de poner al alumnado en el centro.
Sino de aprender a mirar desde otra perspectiva.
Así, la educación es un oficio y no un sistema que moldea sujetos para que se
adapten a una sociedad establecida. Como cualquier oficio, se trasmite, se comparte y se
transforma. Más que una técnica, es el arte de dar forma y sentido a la existencia y esto
se logra, a través de los aprendizajes que compartimos y que entretejemos desde un mundo
abierto, dinámico y siempre transformable. Así la educación es el conjunto de relaciones
posibles, pero estas posibilidades tratan de acoger la existencia de todos y de todas. La
educación es un conjunto de prácticas que definen, qué arte de acoger la existencia está
dispuesta cada sociedad a darse a sí misma (Garcés 2020 49). La pregunta que da título
al primer capítulo, Cómo queremos ser educados, convoca a todo ser humano, puesto que
Garcés no entiende la educación como una etapa que solamente concierne a los niños y
jóvenes. La educación es un proceso continuo, vital, es un recorrido que tenemos que
asumir en cualquier etapa de nuestra vida. Hay que mencionar que la interrogación y la
preocupación por la educación siempre ha estado presente en los trabajos y en su
profesión, tal lo muestra su libro Fuera de clase, textos de filosofía de guerrilla publicado
en el 2016 por la editorial Galaxia Gutenberg. Pero ahora, le da la vuelta a la pregunta
sobre el hecho educativo desde la posición de aprendiz. Gracias a su posición de aprender
de cero algo que para ella no había recibido ninguna formación: la de tocar piano.
Esta posición de aprendiz, este acceso a un lenguaje completamente novedoso es lo
que detonó el deseo de Garcés por elaborar las preguntas sobre la situación actual de la
educación. Así, fue desarrollando a lo largo de su libro, las relaciones que el propio
aprendizaje nos abre hacia los otros y otras y, a la vez, hacia el mundo que compartimos.
Poner el foco en la figura del aprendiz obliga a girar la pregunta pues ya no se trata de
elaborar modelos innovadores, políticas y métodos educativos, más bien, lo relevante son
las relaciones de aprendizaje que se establecen bajo una alianza tanto en la institución
formal como en la mutua convivencia. Lo central en el aprendizaje desde la perspectiva del aprendiz se ensaya bajo las formas en las que como sociedad estamos dispuestos a convivir.

¿Qué queremos saber? ¿De quién o con quién podemos aprender lo esencial para
vivir mejor? ¿Qué hábitos, valores y maneras de vivir queremos trasmitir? ¿A quién y para
qué podemos llegar a saber tantas cosas y en cambio no aprendemos lo que más
necesitamos aprender? Estas son algunas preguntas que trata de reflexionar, y las pone
para debatirlas en lo común, desde un punto de vista, digamos antijerárquico, esto implica,
de cierta manera, no delegar continuamente la educación en manos de académicos
expertos que deben y pueden guiar nuestras trayectorias de vida, nuestros caminos para
forjar nuestro sentido comunitario y sobre todo nuestros futuros. En la Escuela de
aprendices de Marina Garcés, se trata de todo lo contrario: es cuestión de comprender que
toda educación inicia desde una alianza y de una reciprocidad. Y, la filósofa pretende
abdicar la concepción de la educación como el lugar de reproducción de la autoridad.
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De lo que se trata en la educación es de acoger la existencia y desde ese recogimiento se
pueda tener una experiencia de lo común. Existir es desajustarnos, pero este desajuste de
la existencia es el espacio de los posibles. Ante esta afirmación cabe la pregunta que se
plantea en el libro: ¿Cómo nos relacionamos con las posibilidades que somos? La
educación es la materia prima que potencializa el poder ser. Es decir, educar es la
posibilidad de acceder conscientemente a las posibilidades de vida. Pues, aprender, ya
sea una ciencia, un hábito o una técnica, es para el aprendiz establecer algún tipo de
relación nueva con el entorno que podría ser o no ser, darse o no darse. Todo aprendizaje
podría no haberse hecho y modifica el mapa de los posibles que se abren o se cierran a
partir de ahí (Garcés 2020 51).
Con base en estos planteamientos podemos entender la educación no como una
puerta que ofrece un solo camino, sino que reparte opciones de vida, estas se van ampliando o se restringen dependiendo de la movilidad social de cada momento, además,
radican a partir del contexto sociohistórico y de la codificación de expectativas que se van
generando en el entorno. En este sentido, la nueva identidad que va forjando nuestro
ambiente está basado en la explotación que nos ve como recurso potencial. Así, poco a
poco, acogemos nuestra existencia desde los parámetros de detectar, gestionar y sobre
todo promover el potencial de cada uno de nosotros, con el fin de que podamos gestionarlo
por nosotros mismos y podamos conseguir el máximo rendimiento. Es desde estos
parámetros que fácilmente podemos identificarnos como clasificables, cuantificables y
evaluables en función del sistema de categorías que nos marca las competencias. Tal como
nos dice la autora: el sistema educativo y sus diversas ramificaciones laborales,
económicas y sociales exigen que, sea cual sea el potencial de cada uno, mantenga en
todos los casos el mismo comportamiento: aumentar (Garcés 2020 53). Esto nos ha
llevado a construir un mercado educativo y laboral en condiciones frágiles y precarias
bajo las cuales, vamos experimentando drásticamente, rupturas afectivas, trastornos
mentales, agotamiento laboral, ausencia de sentido y pérdida de vínculos estables.
Ante este panorama, Marina Garcés nos dice que en la escuela de aprendices vamos
aprendemos desde mapas de acogida. Estos mapas son instancias de hospitalidad, de
reciprocidad, donde se acoge la existencia y donde se construye la imaginación para
construir entornos habitables. Siguiendo al pedagogo Fernand Delingny, Marina Garcés
quiere tomar distancia de la práctica educativa como una serie de prescripciones en forma
de tener que hacer, no es una imposición de un saber hacer las cosas, sino que en la
escuela de aprendices se desarrolla un conjunto abierto de infinitivos: trazar, errar, ornar,
urdir, creer (Garcés 2020 58). Los maestros y las maestras lo son por lo que saben, pero,
sobre todo, son docentes porque hacen posible ese saber abriendo la puerta de la propia
vida. La capacidad de acogida está en el acompañamiento, donde se vive errando y
trazando geografías compartidas, en las que los otros juegan un papel importante en el
aprender. Así, la educación es una invitación constante a recordarnos que lo valioso es
pensar en conjunto pues el verdadero maestro no es el que dice haz como yo sino hazlo
conmigo’” (Garcés 2020 69).

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La elaboración de nuestra conciencia, al momento de cultivar un pensamiento propio, tiene
que ver con el atrevimiento a lanzarnos a lo desconocido y no conducirnos por el tránsito
de lo que ya se sabe. Es desde esta premisa que a lo largo del libro va definiendo la
emancipación como la capacidad de pensar por uno mismo, pero esto siempre es, en
relación con los demás. Así, el pensar por nuestra propia cuenta, no tiene que ver con
dominar nuestro destino, desde el cálculo y la estrategia. Más bien, reside en la capacidad
de elaborar una conciencia, en la misma incertidumbre del no saber, donde dibuja un
mundo compartido a través de la propia existencia.
El acceso al conocimiento es atreverse a no saber. Pensar por nuestra propia cuenta
y con los demás no es una simple ejecución mental que se nutre del conocimiento
legitimado o estandarizado que brinda la academia. Se trata de la posibilidad de ser
conscientes de la relación que hacemos con el mundo. No es un procedimiento meramente
intelectual, sino un equilibrio precario entre diversas capacidades. Para nuestra filósofa,
conquistar la autonomía es sostener nuestra vida en un equilibrio frágil, pensar por uno
mismo es un acto de interdependencia y de reciprocidad en el que, necesariamente, el
individuo entra en un conflicto con las estructuras que rige una sociedad. El famoso
aprender a aprender, que la nueva pedagogía acoge como timón para navegar en el ámbito
educativo, Marina Garcés, lo pone en tela de juicio, pues, para ella, tiene que ver con la
organización y la gestión del aprendizaje en cualquier contexto y siempre con el mismo
criterio: hacer los procedimientos más eficaces y adaptables a todo tipo de tareas y
requerimientos (Garcés 2020 101). De esta manera, la idea que se desprende de aprender
a prender se va a traducir en la capacidad que tenemos como individuos para tener éxito
en un entorno que está cambiando. Esto implica adaptarnos en un ambiente cambiante,
identificando y controlando procesos que nos brinden seguridad para ajustarnos al
mercado laboral. Es, por tanto, una virtud adaptativa que ofrece estrategias y habilidades
para enfrentarnos a problemas que se tiene que resolver en un entorno competitivo.

Un aprendizaje vacío de contenidos orientado a la estrategia de comentar y gestionar
la propia vida es un adiestramiento. Saber no implica una dominación del campo de
conocimiento ni mucho menos significa controlar y manipular un ejercicio impecable para
poder ejecutar unas capacidades específicas. Garcés nos dice que la conciencia no puede
ser reducida ni a un conocimiento catalogable ni a un comportamiento verificable. Pensar
por uno mismo es una actividad que parte de una interrogación en los límites del saber.
Para aprender a pensar, por lo tanto, hay que aprender a no saber (Garcés 2020 104). Una
educación emancipatoria, pone atención y analiza las circunstancias para no colaborar con
la servidumbre ni legitimarla, manteniendo abierta la desproporción entre el conocimiento
y la ignorancia.
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Lo que nos hace sujetos serviles, para Garcés, es la construcción del olvido. Nos hemos
olvidado la posibilidad de una libertad que genere un vínculo entre iguales. Nos cuesta
trabajo recordar aquellas situaciones que mantienen las opresiones, para poder posibilitar
otras realidades más justas. En el libro se analiza cómo y por qué la educación se ha
convertido en una máquina de generar servidumbre adaptativa. El modelo educativo de
hoy ha evolucionado, junto con la mutación del capitalismo, desde una perspectiva que
tiende a homogeneizar, hacia una educación extractiva. Este modelo educativo brinda un
programa académico pero que no brinda comprensión significativa de cómo y desde dónde
transformar la vida, ya no se aprende para conocer nuevas maneras de habitar el mundo
sino de competir en un mercado. Donde ya no está la disputa en torno al saber, al
conocimiento compartido, sino al forcejeo teórico que existe en manos de académicos
expertos.
Frente a esta realidad, nuestra filósofa propone una escuela de aprendices que genere
alianza entre los aprendices: alianza de encuentro, de aprecio mutuo, donde funciona por
composición y no por competencia y donde hace iguales a los desiguales. La alianza de
los aprendices es encontrarse para generar vínculos y no simple conexiones, acoger al otro desde la diferencia, transformar en colectividad y crear sentido compartido. La alianza de
los aprendices no genera unidad sólida, inquebrantable, sino que potencializa un campo
de tensiones plurales, de antagonismo y conflicto constante, pero es desde esta fuerza
ambigua que genera nuevas realidades transformadoras.
Marina Garcés da cierre en su último capítulo, apuntando que en la educación se
disputan los futuros. Bajo la servidumbre adaptativa, la educación se relaciona de dos
formas con el futuro. La primera sería en convertirnos más flexibles, para podernos seguir
adaptando a los continuos cambios, la segunda sería no adaptarnos al sistema, salir del
juego que marca las exigencias del mercado, aunque esto hace, que literalmente quedemos
fuera de cualquier batalla. En cualquiera de los dos casos, el futuro es sombrío, pues
cancela cualquier posibilidad de imaginar otra cosa. El futuro, como escribe el filósofo
italiano, Franco Berardi, el futuro se convierte en una amenaza cuando la imaginación
colectiva no puede ver alternativas a la devastación (Garcés 2020 151).
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Para finalizar, queremos situarnos ante lo que hemos planteado y tener una postura ante
lo que traza Marina Garcés en su libro. En Escuela de aprendices vemos tres puntos claves
para seguir profundizando y debatiendo en el ámbito de la filosofía de la educación.
El primer punto es el impacto que tiene la imaginación y nuestra memoria, estas
permiten pensar los conflictos y las alianzas que se puedan generar para poder abrir la
pregunta de cómo queremos ser educados, dentro, fuera y a través del sistema escolar. Es
a través de la memoria y la imaginación que podemos proyectar futuros a partir de cómo
recordamos la historia en el presente. Una memoria colectiva, se narra a través de la
imaginación que brinda alternativas para bosquejar nuevos caminos por andar. Esta
memoria tiene una dimensión constituyente y constitutiva de la realidad social. La fuerza
simbólica de la imaginación, a través de la memoria se construye en el presente y juega
un papel de resistencia. La memoria juega un acto de resistencia y constituye un campo
de conflicto, donde están en pugna, no solo las interpretaciones del pasado, sino los significados de lo que somos, y de lo que queremos ser. Y, sobre todo, marca los futuros
posibles.
El segundo punto es poder profundizar en una educación extractivista. Es notorio
que hemos perdido la fuerza de ver a la educación como un taller artesanal donde se
entretejen nuestras vidas posibles. Y que hemos reducido las aulas a un aprendizaje
extractivista, donde mira la singularidad de nuestra persona como simple recurso, donde
se extrae el mejor rendimiento a partir de las virtudes que tenemos para poder conseguir
una función y un lugar en la sociedad. Necesitamos, a como dé lugar, encajar en este
sistema. Esta mirada, de alguna manera, provoca una crisis psicológica, que se va
manifestando en los trastornos de estrés, ansiedad y depresión, y, cada vez, es más notorio
que va generando una crisis de agotamiento, producida por el juego impuesto del sistema
educativo extractivista: no importa qué tan creativos, y activos fuimos en el año pasado,
este 2021 debemos superarnos. Tristemente, nos hemos convertido en cazadores de
oportunidades, dentro y fuera del tiempo de trabajo, nuestra vida se ha acotado a la
búsqueda incesante del éxito personal y rechazar cualquier tipo de frustración o de fracaso.
Ante este panorama, no podemos alcanzar a ver y comprender la vida como un problema
común.
El tercer punto es el aprendizaje emancipatorio. Este aprendizaje no es el aumento
de información y relacionarlas con nuestra vida, más bien, este aprendizaje emancipatorio
va forjando relaciones posibles que necesitan de otros que nos muestren los caminos
recorridos que ellos mismos han hecho y, nos expliquen sus presupuestos y sus límites.
Es central, compartir lo que se sabe, pero al mismo tiempo es nuclear mostrar los propios
límites y acompañarnos en las dudas y en la extrañeza que los otros pueden provocar al
momento de compartir el conocimiento. Es gracias al aprendizaje que nos podemos
implicar en la vida en diferentes niveles. Pero estos niveles no se pueden sumar, acumular,
y aumentar como un conocimiento disponible y almacenador de datos. Más bien,
interactúan entre sí y, de alguna manera, van trasformando su funcionamiento. Esto quiere
decir, que el objetivo que tiene la emancipación no es llegar a un lugar, como clímax, para
poder pensar por uno mismo, sino que es una praxis continua trasformativa. Esta praxis,
va a transgredir los límites de nuestro conocimiento y pone en cuestión los patrones que marca el sistema de aprendizaje, para después abrir, un conocimiento que siempre está en
constante transformación.


Referencias
Berardi, Franco Bifo. After the future. Edimunrgo: AK Press, 2011.
Deligny, Fernand. Oeuvres. París: L ́Arachnéen, 2008.
Garcés, Marina. Escuela de aprendices. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2020.
Garcés, Marina. Fuera de clase (textos de filosofía de guerrilla). Barcelona: Galaxia
Gutenberg, 2016.