Podemos convertir el siglo XXI en la era de la liberación de las mujeres

No aceptamos la idea de que el derecho a vivir en paz sea visto como una utopía. No solo no lo aceptamos, sino que todos nuestros esfuerzos e iniciativas, como Movimiento de liberación y particularmente como Movimiento de Mujeres Libres del Kurdistán, van en ese sentido, precisamente para ir más allá de pensar alternativas dentro del marco de posibilidades que nos ofrece este sistema.



Podemos convertir el siglo XXI en la era de la liberación de las mujeres

 

Las mujeres del Kurdistán hemos logrado hackear los roles tradicionales que se nos habían asignado social y culturalmente, dentro y fuera de nuestras propias comunidades

No aceptamos la idea de que el derecho a vivir en paz sea visto como una utopía. No solo no lo aceptamos, sino que todos nuestros esfuerzos e iniciativas, como Movimiento de liberación y particularmente como Movimiento de Mujeres Libres del Kurdistán, van en ese sentido, precisamente para ir más allá de pensar alternativas dentro del marco de posibilidades que nos ofrece este sistema.

Celebramos estos encuentros, por entenderlos como una continuidad de tantos otros que venimos impulsando como los de la red de Mujeres Tejiendo Futuro en 2022, que reunió en Berlín a 700 participantes de 50 países. Para nosotras, no solo son espacios de reafirmación de la solidaridad activa con la Revolución en Kurdistán, no solo son un lugar donde reconocer y abrazar otras experiencias revolucionarias de otros continentes, sino que son auténticas oportunidades para avanzar en la construcción de una agenda común que nos permitirá definir objetivos claros y alcanzar transformaciones concretas.

Desde nuestro Movimiento no tenemos dudas al afirmar que nos encontramos en un momento único en la historia, donde están dadas todas las condiciones necesarias para llevar adelante una auténtica revolución. Decimos sin temor a equivocarnos que ¡podemos convertir el siglo XXI en la era de la liberación de las mujeres!

Sabemos que el sistema dominante es artero y que estamos enfrentando los ataques intensificados de una hegemonía patriarcal que pretende perpetuar su existencia. Por eso resulta imperativo organizar nuestra lucha a escala global en todos los frentes. Es necesario y urgente superar la fragmentación y construir una mayor coordinación entre los movimientos de mujeres de todo el mundo, para poder alcanzar un nivel de organización mayor y convertir nuestra resistencia en avances radicales y sostenibles que reviertan las condiciones actuales de la vida.

La profundización de las políticas de muerte llevadas adelante por los Estados y toda la trama que las posibilita –desde las corporaciones trasnacionales con su modalidad de acumulación extractivista, las industrias armamentistas hasta los medios de desinformación masiva– nos exige precipitar los tiempos de acción. Tenemos la capacidad para hacerlo. Así lo demuestra nuestra memoria histórica de luchas, construidas desde una mirada del mundo alejada de sus lógicas racistas, patriarcales, mercantilistas y colonizadoras. Son esas mismas experiencias las que nos han demostrado que el nivel de libertad de la sociedad se mide a través de la libertad de las mujeres. Como sostiene nuestro líder Abdullah Öcalan –encarcelado en aislamiento solitario en la isla prisión de Imrali en Turquía hace 24 años–, “no puede haber una sociedad libre, sin mujeres libres”.

Esta definición es crucial en nuestro paradigma de Confederalismo Democrático, y es precisamente su concepto de integralidad el que no nos permite concebir de manera disociada la lucha por la liberación de las mujeres, por el cuidado de la naturaleza, la democratización de todos los ámbitos de la vida, la igualdad de género o la protección de los Derechos Humanos, así como la necesaria participación activa de todos los sectores de la sociedad que se ven amenazados y oprimidos por este sistema.

Una lucha centrada en la liberación de las mujeres tiene el potencial de alcanzar un nivel universal más que cualquier otra lucha dada en siglos anteriores. Sin embargo, no es posible desarrollar una alternativa dentro del sistema dominante, apelando a sus medios y a sus métodos, y mucho menos, dentro de los límites materiales, morales e institucionales que el mismo sistema establece. No basta con declararnos antifascistas, anticoloniales, antirracistas, antimilitaristas. Debemos luchar activa y efectivamente contra todas las expresiones de la mentalidad masculina dominante que se manifiestan más allá de la biología. Sin este cambio, la liberación de la sociedad no será posible.

Somos parte de un pueblo que enfrenta esa mentalidad en su máxima expresión a través de la guerra. Sabemos que ya no basta con una confrontación militar directa entre dos o más ejércitos regulares para iniciar una guerra. Teniendo en cuenta esto ¿cuál es nuestra propia definición de paz?  ¿La paz es solamente abandonar las armas? Sabemos que la respuesta es no. Y también sabemos que, en un contexto de vida o muerte, los discursos sobre el desarme y la no violencia, terminan siendo un privilegio.

No menos cierto es que la multiplicidad de frentes y niveles de ataque nos obliga a los pueblos en resistencia, y particularmente a las mujeres, a reformular nuestras estrategias de defensa y autodefensa. Es bien sabido que hombres y mujeres no nos vemos afectados de igual manera en contextos de guerra y violencia generalizada. La historia de la civilización es la historia de una guerra contra las mujeres. Una guerra que se libra sobre nuestros cuerpos-territorio. Para las mujeres kurdas, esta situación no es novedosa. Es una realidad que se ha mantenido de manera constante tanto en períodos de relativa paz como en aquellos en los que la guerra se intensifica en sus maneras clásicas.

Nuestra lucha por la libertad y el derecho legítimo a la autodeterminación no involucra solo al pueblo kurdo sino a muchos otros pueblos de Oriente Medio, y se ha convertido en inspiración para otros pueblos del mundo, distantes sólo geográficamente.

Desde los orígenes de nuestro Movimiento y a través de la lucha contra el colonialismo y todas las formas de opresión, hemos ido avanzando paralelamente en la politización y la generación de conciencia de las mujeres hasta lograr hackear los roles tradicionales que se nos habían asignado social y culturalmente, dentro y fuera de nuestras propias comunidades.

Este trabajo fue hecho cara a cara, casa por casa. No lo podríamos haber hecho de otro modo. Somos hijas e hijos de un pueblo que ha aprendido a desarrollar todo su potencial revolucionario no solo en la resistencia, sino en el coraje de haberse atrevido a dar importantes debates y realizar cambios profundos, impensados hace no mucho tiempo atrás. Esto fue posible al revelar el trasfondo histórico, social y de poder que se ocultan detrás de conceptos que parecían incuestionables en nuestras sociedades; como el concepto  de “dote” o  de “crimen de honor”, o los actos de poder que se esconden detrás de cada crimen contra las mujeres, detrás de las violaciones, de los femicidios.

Desde una pedagogía colectiva, llevamos los tabúes de la sociedad del ámbito privado al ámbito público y tratamos de hacer comprensibles sus mecanismos como parte de un sistema de opresión más complejo. Por un lado, hemos demostrado a las mujeres que sufrir la violencia no es su destino natural, y, por el otro, a los hombres que nada los obliga a convertirse en perpetradores.

Vemos nuestro trabajo como un trabajo educativo y de formación constante que ha provocado una revolución en la mentalidad. Esto se tradujo en el fortalecimiento de nuestra organización y de nuestro pueblo.

Nos hicimos cada vez más conscientes de que la violencia contra las mujeres no solo es el resultado de los roles patriarcales tradicionales de género, sino que en gran medida está posibilitada por las políticas estatales que, lejos de abordar la problemática de manera estructural, solo implementan medidas de maquillaje que en nada modifican la realidad a la que nos enfrentamos.

Es necesario enfatizar en su dimensión política y en la responsabilidad de los gobiernos en todos estos crímenes. Todas las lógicas de poder patriarcal, colonial y estatal/capitalista confluyen en el acto de feminicidio. Los feminicidios son una de las caras más brutales en la cadena de violencias que enfrentamos y, como mujeres kurdas, es un tema que por su magnitud nos afecta directa y profundamente, ya sea durante los conflictos armados o en la vida cotidiana.

Reconocemos el trabajo y el esfuerzo que hay detrás de cada ley sancionada, de cada resolución firmada, de cada medida que se toma con la voluntad de eliminar las violencias contra las mujeres. Pero la realidad contradice la buena voluntad. Los Estados han firmado y siguen firmando compromisos en los que asumen la responsabilidad de garantizar activamente que este tipo de violencias se eliminen. Sin embargo, por múltiples factores, nuestra confianza ya no puede estar depositada ni condicionada por los Estados y sus políticas dilatorias y garantes de impunidad. Seguiremos insistiendo en que los gobiernos discutan y aborden estas problemáticas de una manera correcta, sin dejarnos engañar por los logros obtenidos y mucho menos olvidando que esas conquistas y avances, principalmente en materia legislativa, deben ser permanentemente monitoreados para que no se conviertan en letra muerta.

Seguiremos insistiendo también hasta que los Estados reconozcan oficialmente que los feminicidios son parte de un genocidio en curso, una violación flagrante de los Derechos Humanos que no puede dividirse en categorías no relacionadas, como “violencia en zonas de conflicto”, “violencia doméstica”, “laboral”, “económica” o “violencia institucional”. Su suma total corresponde a la opresión sistemática a la que estamos expuestas y corresponde a la predominancia de un cierto tipo de mentalidad que es preciso desmontar. La misma mentalidad patriarcal, responsable de las atrocidades en las guerras y áreas de conflicto, produce agresiones y ataques sexuales a diario contra las mujeres, contra los cuerpos feminizados, de norte a sur, de Oriente a Occidente.

Es la misma mentalidad que desemboca en la lapidación hasta la muerte de mujeres por no cumplir con códigos morales arbitrarios y que encuentra en el largo de una falda o en un mechón de pelo que se asoma a través de un hiyab, las excusas para cometer sus crímenes misóginos. Las mujeres no estamos seguras en ningún lugar del mundo. Desde nuestro Movimiento, caracterizamos esta situación como una guerra total –no declarada– contra las mujeres. Por ello, es hora de elaborar estrategias comunes y unificadas. Construir una alianza a escala global que nos permita encontrar soluciones radicales y, por ende, efectivas.

Nuestra experiencia revolucionaria en Rojava, norte y este de Siria que se viene construyendo desde el año 2012, al poco tiempo de iniciados los levantamientos, demuestra que existen otros caminos. Pese a los ataques sistemáticos que enfrentamos por parte de los cuatro Estados ocupantes de nuestro territorio. Pese incluso a lo difícil que resulta desarticular las campañas de desinformación y estigmatización que los poderes fácticos intentan instalar sobre nuestro pueblo y sobre nuestro proyecto de organización política y social.

En Rojava, las modificaciones profundas de la vida, especialmente en la vida de las mujeres, dejaron de ser meras teorías políticas. Allí, las mujeres están organizadas de manera autónoma y han construido su propio sistema social y de gobierno. Las mujeres se han convertido en una fuerza de liderazgo socialmente legitimada. Esto no sucedió solo por el accionar heroico de las milicias de mujeres en la lucha contra el Estado Islámico.

Sino porque han decidido nunca más ceder ante la toma de decisiones, nunca más dejar que sus voces sean acalladas por la de los hombres.

En todo Kurdistán, ya nadie discute que los cargos ejecutivos deben ser ejercidos de manera igualitaria.

En Rojava, a través de un Contrato Social se estableció la participación rotativa y equitativa de hombres y mujeres en asambleas, concejos civiles y cargos comunales en diferentes áreas y niveles. Un tipo de organización basada en la democracia directa y una perspectiva feminista y ecológica.

Quizás se pregunten cómo es que las mujeres kurdas nos hemos unido a la lucha contra ISIS en tal número y por qué estamos en la vanguardia de la lucha. Por supuesto, esto no fue posible de un día para otro. Es una lucha que lleva más de 40 años. Pero la respuesta a esa pregunta es sencillamente: porque hemos asumido en nuestras manos el cuidado de la vida.

Voy a dar un ejemplo bien claro: la frontera entre Turquía y Siria fue el escenario del último terremoto que dejó más de 45.000 muertes hasta ahora. En esa región que es el Kurdistán, sin importar las fronteras impuestas por los Estados, habitan comunidades autónomas kurdas, árabes y alevíes. A todas estas comunidades no ha llegado ayuda humanitaria. Las pocas ayudas que han realizado los gobiernos son de manera desigual y militarizada.

Fueron los municipios kurdos autónomos, las asociaciones de mujeres y la sociedad en su conjunto los que se han organizado y han procurado la ayuda y las operaciones de rescate, que no llegaron ni van a llegar desde el Estado, más allá de la propaganda.  Son ellos los que han rescatado a sus muertos de los escombros.

En Rojava y en toda Siria, el terremoto afectó una zona devastada por una guerra internacional que ha generado miles de personas desplazadas. Las mujeres que viven allí fueron las que reconstruyeron con sus manos esas ciudades tras liberarse del ISIS. Reconstruyeron sus hogares y sus vidas. La noche siguiente al terremoto, en plena declaración de emergencia, Turquía realizó una operación militar y bombardeó la zona.

Esa es la situación a día de hoy. En ese contexto, la organización de las comunas es la que garantiza la vida, porque hemos aprendido a prepararnos y construir la paz en tiempos de guerra. En definitiva, porque en nuestro proyecto la autogestión y la autodefensa son una necesidad tan vital como respirar. Sin autodefensa no hay vida.

Por supuesto que usamos armas para defendernos, pero el uso de las armas es solo un aspecto técnico de un concepto mucho más profundo que no es abordado desde lo individual, sino que se establece y consolida a nivel social, psíquico, emocional y también físico. A través del compromiso y la organización autónoma del Movimiento de Mujeres, la sociedad continúa su transformación, y con ella la de todas sus estructuras patriarcales que producen la desigualdad y la violencia contra las mujeres. Este trabajo también sucede a nivel interpersonal, atacando la propia mentalidad que orienta las prácticas de los hombres y termina por reproducir la ideología de dominación masculina. Esto es clave para comprender de qué hablamos cuando hablamos de autodefensa. Autodefensa significa para nosotros paz, y para garantizar eso es necesaria la transformación de la sociedad.

En este proceso fue muy importante la creación de las Academias de Jineolojî. La Jineolojî es la ciencia social de las mujeres de Kurdistán. Una producción de conocimiento que no se genera desde los espacios institucionales vinculados al poder, sino desde la experiencia de lucha de las mujeres. Es allí donde se encuentran las soluciones que buscamos. Esta ciencia es el marco del análisis que el Movimiento kurdo viene desarrollando desde el 2008 y se hace desde las comunas populares de mujeres, se hace desde cada nivel de la autoorganización, en las cuatro partes del Kurdistán y también en Europa. Aborda los campos de  la demografía, la ecología, economía, ética y estética, salud, educación y política. De todos los aspectos de la vida, rompiendo el círculo académico. Jineolojî es un método para la autodefensa.

Como el que encontramos en la naturaleza. Es a partir de esa interrelación con la naturaleza como fuimos estableciendo nuestra propia ética y nuestra propia mirada del mundo. Las personas se sorprenden cuando hablamos de estética. Pero en nada se parece a ciertos estándares de belleza, y mucho menos a aquellos impuestos por este sistema capitalista y patriarcal que nos convierte en objetos. Rechazamos de plano esa mirada fetichizada y romantizada que Occidente ha impuesto y reproducido sobre las mujeres combatientes de nuestro pueblo, ya que su objetivo fue desviar la atención hacia aspectos superficiales y, con ello, ocultar las motivaciones verdaderas y profundas de nuestra lucha para vaciarlas de sentido.

En sus imágenes estetizantes del horror de la guerra y el sufrimiento de nuestro pueblo no hubo espacio para visibilizar nuestros objetivos: construir una sociedad en la que no haya lugar para ningún tipo de violencia patriarcal, una sociedad de paz como la que queremos construir todas nosotras, aquí y ahora

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Melike Yaşar es representante del Movimiento de Mujeres del Kurdistán y miembro del Congreso Nacional de Kurdistán (KNK) desde 2008.