Balance y perspectiva de la tercera toma de Lima

No hay tal toma de Lima, la que ha tomado Lima es la policía, que no deja entrar a los movilizados a las plazas, que no deja entrar a las zonas prohibidas, que solo deja circular alrededor, en las proximidades, incluso no deja acercarse a los edificios de la administración pública, tampoco del Congreso. Paradójicamente estamos ante una toma de Lima por parte de la policía, que dirige, conduce a las propias manifestaciones, como si fuesen niños.



Balance y perspectiva de la tercera toma de Lima

Contexto del espesor coyuntural

 Raúl Prada Alcoreza

   

Hay que volver a reflexionar sobre los movimientos sociales en coyunturas concretas, teniendo en cuenta sus procesos también singulares, que se inscriben en la serie de procesos, que los conectan en la historia reciente, pero también historia del ciclo mediano, así como del ciclo largo. ¿Por qué decimos esto? Porque estamos observando hechos, serie de hechos, procesos, incluso desenlaces. Llama la atención, en la historia reciente, que los Estados, sobretodo los Estados y los gobiernos, se llamen o se reclamen de “izquerda” o se señalen de “derecha”, recurran de manera demoledora, no solamente al recurso de la represión policial, sino también judicial. Se ha vuelto una costumbre recurrir a la represión policial, incluso, a veces, del ejército,  al uso sistemático por parte del Estado y de los gobiernos de la policía y del ejército, de las fuerzas y los aparatos de emergencia del Estado. En la medida que los Estados y los gobiernos han resistido los embates sociales, se puede decir que aparentemente su estructura se presenta como sólida, al actuar de manera represiva ante las demandas sociales, ante la interpelación social, manteniendose, permaneciendo, preservando sus dominaciones. Puede, en unos casos, sobrevivir las consecuencias de la avalancha social. Por ejemplo, la República Bolivariana de Venezuela, el gobierno de Nicolás Maduro, ha resistido una sedrie de movilizaciones sociales y políticas en su contra, a pesar de las repetidas movilizaciones, intermitentes, contra el gobierno neopopulistas.

La respuesta ha sido la represión y la persecución, las movilizaciones no lograron los objetivos buscados. El desenlace del conflicto ha sido que el gobierno se ha mantenido en el poder, que el Estado se ha preservado, a pesar de las fisuras; las consecuencias de los enfrentamientos no han derivado en el retroceso del gobierno, sino, mas bien, en su reforzamiento en el monopolio de la violencia. Ha logrado mantenerse en el poder a pesar de la crisis múltiple del Estado Nación. El análisis político puede haber supuesto que la crisis, en un momento determinado, de mayor intensidad, un retroceso del gobierno, incluso su derrumbe a mediano plazo, empero esto no ha ocurrido. No solamente, esto no ha ocurrido, como lo hizo notar una de nuestras autocríticas, sino que el Estado y el gobierno se presentan, después del conflicto, más descomunales.

Algo parecido está ocurriendo en Nicaragua, con el gobierno de Daniel Ortega, llamado el segundo Somoza, quien se ha mantenido en el gobierno, de una manera cruenta, usando la fuerza, no solamente pública, sino también la fuerza de mercenarios o grupos de choque, contratados. El costo es trágico, muertes sobretodo de jóvenes, apresamientos masivos, encarcelamientos duraderos, que han terminado con el exilio, incluyendo a excompañeros sandinistas, de la guerra de guerrillas y del primer gobierno sandinista de la “revolución de los poetas”,  varios conocidos, no solamente opositores, sino intelectuales, poetas, literatos, inclusive fundadores sandinistas, a quienes se ha quitado la nacionalidad.

Del otro lado, del lado de “derecha”, aunque no tendríamos que decir, exactamente,  en contraste, tenemos, por ejemplo, al gobierno de Dina Boluarte. Gobierno apoyado por el partido político fujimorista, que encabeza Keiko Fujimori, la fuerza más expresiva de la derecha peruana, de aquella que se poseciona en el mapa político, después del golpe perpetrado por Alberto Fujimori, el padre de Keiko, cerrando el Congreso.  El fujimorismo, de manera permanente, ha aparecido, en la escena política, como la fuerza principal del Congreso. Aunque Keiko Fujimori no haya sido elegida presidenta, empero haya ganado las primeras vueltas,  perdiendo en la segundas vueltas, esta fuerza política ha sido capaz de tumbar a todos los presidentes elegidos, acortando sus mandatos practicamente a un año. Esta fuerza fujimorista es la que apoya a Dina Boluarte.

Lo mismo pasó con Pedro Castillo, el último presidente elegido en segunda vuelta. No se lo dejó gobernar, se lo arrinconó, obligandolo a deshacer su alianza con la izquierda, a tal punto que nombró ministros de derecha. Se buscó su vacancia dos veces, se estaba perpetrando el tercer intento de vacancia, cuando, arrinconado y deseperado, Pedro Castrillo optó por cerrar el Concreso, convocar a elecciones y a una Asamblea Constituyente, empero sin contar con la fuerza necesaria de opoyo, sobre todo del ejército, de la policia, de los partidos, mucho menos del Congreso. Solo y abandonado fue apresado, acusado de intentar perperar un golpe de Estado, en realidad autogolpe.

Su vicepresidenta, Dina Boluarte, que había dicho si le daban vacancia a Pedro Castillo, ella también se iba, no se fue, al contrrio se quedó, fue ungida presidente por el Congreso, bajo la figura de sustitucióm consitucional. Ante el estallido social en su contra, contra su nombramiento y la maniobra del Congreso, sobretodo del fujimorismo, la presidenta aceptó, en principio, convocar a elecciones nacionales, empero sin fecha. Actualmente, de manera cínica, declara que se quedará hasta el 2026, cumpliendo el mandado que le correspondía a Pedro Castillo. Frente al estallido social el gobierno de Dina Boluarte y el Congreso optaron por la represión sañuda y la violencia demoledora.

El resultado es trágico, se contabilizaron 60 muertos, 49 asesinados por la policía y el ejército.  Sin embargo, a pesar de todo, de las movilizaciones, de la segunda toma de Lima desde los cuatro suyos, Dina Boluarte y la dictadura congresal se mantienen en el poder, contra viento y marea, a pesar de la protesta, la interpelación y el desacuerdo sociales. Esto se ratifica en las encuestas, que en todo caso arrojan datos referenciales cuantitativos; una gra mayoría de los encuestados dicen que Dina Boluarte no es legítima, mucho menos el Congreso. La segunda toma de Lima, que corresponde precisamente a la protesta contra Dina Boluarte, ha sido impactante, sobre todo por la intensidad de la movilización, sin embargo, la cruenta represión, los asesinatos de la gente movilizada, tanto en la sierra como en Lima, tomando la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, han mantenido a la presidenta cuestionada en el gobierno. La segunda toma de Lima no ha logrado sus objetivos, la renuncia de Dina Boluarte, la convocatoria elecciones y la convocatoria de la Asamblea Constituyente.

La tercera toma de Lima, que se in icia el 19 de julio, no se parece, exactamente, a la segunda, tampoco a la primera, que fue contra el mismo Alberto Fujimori, el papá de Keiko Fujimori. La primera toma de Lima ha terminado sacando a Alberto Fujimori del poder. En la tercera toma de Lima hay otra clase de convocatoria, por así decirlo, menos beligerante, aunque incluyente, por ejemplo de sectores de centro, incluso de centro derecha.  Es notoria la menor intensidad de la tercera toma de Lima, la menor claridad en los objetivos, salvo el pedir el adelanto de las elecciones. La composición de la convocatoria parece haber cambiado, no solamente se encuentran los sectores movilizados en la segunda toma de Lima, que tenía un particular nucleamiento en la sierra peruana, además de corresponder a 18 provincias movilizados del Perú, están otros sectores, fuera de las organizaciones sociales de trabajadores, de maestros de estudiantes y de artistas. En la tercera toma de Lima aparecen los partidos políticos, no necesariamente de “izquierda”, sino de ciertos sectores de centro y de centro derecha, que se han sumado a la tercera toma de Lima.

Frente a la convocatoria a la tercera toma de Lima el gobierno ha movilizado, de manera amenazante y demostrativa, a fuertes contingentes de policía, mostrando una policía militarizada, además de motorizada, contando con tanquetas, fuera de cuestionada, dispuesta a la represión sañuda. En consecuencia, lo que se ve, en el panorama del conflicto político y social, es, por una parte, una ampliación relativa de la convocatoria a las marchas y manifiestaciones, que se reclaman de pacíficas, que el gobierno exige que sean pacíficas, empero  se da notoramente una disminución en la demanda social y política, reduciendo la demanda política solo a un adelanto elecciones; entonces, hay menos predisposición a la lucha, como la que se mostró en la segunda toma de Lima.

Por otra parte, se observa un deterioro en la secuencia de la movilización. Hablamos de la primera y de la segunda toma de Lima; en la tercera hay un cambio de composición, un cambio en la convocatoria, un cambio en la fuerza misma de la movilización, no sólo en lo que respecta al aspecto cuantitativo, disminución notoria de los movilizados, sino en lo que respecta al alcance mismo de la movilización. Se puede ver que, exactamente, no hay tal toma de Lima, la que ha tomado Lima es la policía, que no deja entrar a los movilizados a las plazas, que no deja entrar a las zonas prohibidas, que solo deja circular alrededor, en las proximidades, incluso no deja acercarse  a los edificios de la administración pública, tampoco del Congreso. Paradójicamente estamos ante una toma de Lima por parte de la policía, que dirige, conduce a las propias manifestaciones, como si fuesen niños guiados por sus manos. Las manifestaciones habrían desaparecido, se habría evaporado su caracteristica propia.

De todas maneras hay que tener en cuenta, que en el transcurso del día, la marcha fue cambiando, inclusive su misma composición fue transformándose. Al anochecer se dieron los enfrentamientos con la policía, sobretodo cuando se intentó llegar al Congreso. Entonces, en la medida que ha venido llegando la gente, se ha ido sumado a las marchas y a las manifestaciones, ha venido incorporándose más gente; las marchas y manifestaciones adquirían una mayor solidez, además de una mayor masificación, fuera de una mayor predisposición a darle un contenido más fuerte a la protesta y a la pronunciación colectiva, a la lucha.

En busca de comprender lo que ocurre con las marchas y manifestaciones de la tercera toma de Lima, vamos a recurrir a otros conceptos, esta vez vinculados al movimiento, a los flujos, a las dinámicas, a los recorridos. Pregunta: ¿Qué es una marcha? Desde la perspectiva espacial, podemos decir que en la marcha se da el fenómeno de la irrupción, también de la concentración, de la toma de calles, se da la recuperación de espacios públicos, donde se hace presente la multitud, congregada con el objetivo de la interpelación. Ciertamente con la experiencia de la marcha se sale de lo cotidiano, de lo habitual, en una ciudad, sobretodo una ciudad capital, donde radican las instituciones administrativas del Estado. Una marcha pone en cuestión a estas instituciones, al mismo Estado; no sólo interpela al gobierno, sino que cuestiona su control territorial, su control espacial, sus reglas y normas en las calles y en las plazas. En consecuencia, se plantea una situación polémica y problemática. La marcha cuestiona la legitimidad de la presencia estatal en el espacio, en las calles y en las plazas. No sólo usa las calles, recorriendolas para interpelar, para demandar, para hacer conocer su protesta, que es de lo que hablan los analistas, los políticos, los reclamados como “demócratas”, los medios de comunicación, puesto que la Constitución garantiza el derecho a la protesta y a la movilización. Esto se da, pero además se da lo que hemos dicho, el cuestionamiento radical contra el Estado, contra su control en el espacio. Por así decirlo, está planteada la guerra. El primero en declararla es el Estado y el gobierno, también el Congreso, que movilizan a sus policías, a sus fiscales y jueces, para reprimir las marchas, las manifestaciones, las protestas. El Estado lo hace porque está cuestionado, se siente cuestionado, en el fondo es consciente de lo que sucede, comprende oscuramente la amenaza proyectada de la manifestación y de la marcha. La democracia directa se hace presente en las calles, desborda a la democracia institucionaliza, a la ley y a la misma Constitución. Si el gobierno optara por el Estado de Derecho y lo practicara el problema se podría resolver en los marcos institucionales, de la ley y de la Constitución, empero, el Estado cuestionado no está dispuesto a respetar la democracia formal, precisamente porque está cuestionado, esta cuestionada su legitimidad, su presencia en el espacio está interpelada. Por eso, el Estado se siente en la obligación de actuar, lo hace de la manera bélica, moviliza los dispositivos de defensa y de guerra.

¿Cómo se resuelve este enfrentamiento? Obviamente con la correlación de fuerzas, en el campo de fuerzas. Al respecto, hay que considerar varias alternativas; teóricamente un gobierno y un Estado que respetan la Constitución, que se consideran demócratas y practican la democracia formal van a buscar una solución en el marco del Estado de Derecho, atendiendo las demandas y negociando. Sin embargo, en la historia reciente esto es lo que no ha venido ocurriendo, incluso en los gobiernos y en los estados considerados demócratas y declarados como Estados de Derecho, incluso con tradición democrática. Esto ya no ocurre, no solamente en lo que se ha considerado, desde el discurso dominante del orden mundial, como países del “tercer mundo”, sino que ya no ocurre tampoco en los países de “primer mundo”, obviamente tampoco en el “segundo mundo”. Ni en Europa, ni en Norteamérica, se respeta el derecho a la protesta y a la movilización; se acude, de manera inmediata a la represión, a la movilización de los dispositivos de emergencia del Estado. En otras palabras, se  opta por un estado de guerra. Estos hechos nos muestran patentemente que, desde el punto de vista de la crisis múltiple del Estado, también, en contexto, de la crisis del orden mundial de las dominaciones, se está en guerra contra los pueblos y las sociedades, incluso contra los propios pueblos y las propias sociedades.

A propósito hay que tener en cuenta que la manifestación y la marcha, experimentadas por los involucrados, resulta en la fenomenología de la perspectiva de los que participan en las mismas, dando lugar a la percepción de los que participan en esta experiencia única, que involucra cuerpos, predisposiciones, emociones y, si ustedes quieren, conciencia colectiva. Cuando se da el enfrentamiento con la policía, la experiencia asciende a un nivel intenso, que compromete a los cuerpos, se escala en la tensión misma de los cuerpos, se pone en juego la vida. Esta experiencia de la movilización tiene su propia perspectiva intensa. Hay, sin embargo, otras perspectivas, que se dan en relación a las marchas y manifestaciones, una de estas perspectivas tienen que ver con los medios de comunicación. No nos referimos, en este caso, al sesgo que pueden producir los medios de comunicación, dependiendo de que posición tienen, sino apuntamos a otro desplazamiento, a lo siguiente: La marcha y la manifestación se convierten en espectáculos para los medios de comunicación, brindando la posibilidad al espectador de ver desde varios ángulos las marchas y las manifestaciones, incluso de ver distintas manifestaciones, no solamente distintos momentos de la manifestación; se puede llegar a tener una mirada de conjunto. En otras palabras, se ingresa de lleno a lo que se ha venido en considerar la experiencia de la hiperrealidad, experiencia espasmosa, que permiten los instrumentos y las tecnologías, capaces de acercarse o alejarse, lo suficiente como para estar en la piel o extender la mirada al horizonte globlal, obteniendo distintas percepciones y panoramas de la manifestación y de la movilización. Este es un dato importante, incluso para los que participan en la movilización, en las manifestaciones; al estar involucrados en la movilización, en su experiencia intensa. Cuando ven, después de la experiencia vivida, las imágenes de las marchas y de las manifestaciones, que transmiten los medios de comunicación, tienen también la oportunidad de verse a sí mismos, en distintos momentos, en distintos lugares, de una manera integral, por así decirlo.

La transmisión de las manifestaciones de las marchas, de lo que acontece, incluso de la represión efectuada, de las heridas, de los heridos, incluso de los muertos, es una experiencia audiovisual, experimentada a través de los medios de comunicación y de la difusión de lo que ocurre. Entonces, otro lugar donde se desenvuelven las acciones es en estos espacios de la comunicación mediática, en la pantalla. El espectáculo se virtualiza, la manifestación y la marcha se virtualizan, pero también está virtualización se politiza.

Otra pregunta: ¿Quién controla el desenvolvimiento mismo de la marcha y de la manifestación? Otra pregunta, relacionada anterior: ¿Quién controla el desenlace? Antes, en otro ensayo, relativo a la autocrítica, dijimos que nadie contrala el desenlace; una vez que la acción está dada no se controlan las consecuencias, sobretodo por los efectos de masa que se desencadenan. No se controlan todas las variables intervinientes. Volviendo a las preguntas, podemos decir que los involucrados en las marchas y en las manifestaciones van a intentar controlarlas, a partir de sus propias dinámicas, su propia composición y organización. Sin embargo, lo mismo pasa con el gobierno y el Estado, con sus aparatos represivos, van a intentar controlar a partir de su fuerza concentrada, mecanizada y organizada, con el objetivo mismo de la represión, van a intentar controlar el movimiento de la marcha, sobre todo evitar su desenlace. No son los únicos que quieren controlar el desenvolvimiento de las marchas y manifestaciones, los medios de comunicación también van intentar controlar, a través precisamente del monopolio de la información, de su capacidad de captura de imágenes, de audios, de testimonios, que pueden ser entrevistados. Aún así, a pesar de los dispositivos que tienen cada uno de estos actores involucrados, en distintos espacios, comprometidos en el acontecimiento, ninguno controla el desenlace.

¿De qué va a depender el control? Va a depender de todos los dispositivos que tienen a su alcance, sobretodo del conocimiento que se tiene de las dinámicas y de los procesos desatados. En este terreno, aquí hay una ventaja de los que están involucrados en las marchas y en las manifestaciones, en la movilización social, algo que no ocurre en relación a los dispositivos y aparatos del Estado y tampoco algo que no ocurre con los medios de comunicación. Esto equivale a que el colectivo de la marcha y la manifestación tenga la oportunidad de tener conciencia de sí mismo, comprenda, entienda y conozca sus dinámicas, tenga memoria de su experiencia, logre situarse en el contexto de la correlación de fuerzas, pondere los objetivos que se propone y sepa lo que se quiere para alcanzarlo. Ciertamente esto es difícil de conseguirlo, puesto que intervienen además otros factores, que no se controlan, ni conocían, además de intervenir el azar. De todas maneras, independientemente de todo esto, lo que termina decidiendo el desenlace es la correlación de fuerzas.

Todo lo que decimos no sólo sirve para buscar desentrañar todo lo que se juega en el acontecimiento político, que involucra la marcha y la manifestación, sino también para repetir, recordándonos, que la problemática en cuestión no se resuelve porque se tienes razón o se está en lo justo; no es un problema de argumentación, que es en lo que se cae desde la perspectiva ideológica. Esta es una concepción teológica de la política, que cree que por la razón y la justicia se tienen ganadas la batallas y la guerra; nada más equivocado. Estar en lo justo y tener la razón ayuda a la comprensión, al entendimiento y al conocimiento de lo que acontece, pero no es suficiente para lograr los objetivos, para ganar la batalla y la guerra. Quizás por esto, el pueblo, involucrado en la lucha social, ha tenido que soportar varias derrotas porque sus vanguardias eran fundamentalistas, creían sólo en la justicia de lo que perseguían y en la razón que blandían sus ideologías.

Como hemos dicho antes, a partido de nuestras autocríticas, hay que salir de toda ideología, salir también de la teología heredada. Hay que escapar a las creencias, que pueden servir, en un principio, pero después se vuelven obstáculos epistemológicos y políticos, obstruyendo la acción. Es menester liberar la potencia social, liberar la potencia social, también quiere decir soltar su plenitud, evitar su acortamiento, no solamente inhibirla, como ocurre respecto a la relaciones de poder, evitar restringirla con interpretaciones estrechas y circunscrita a rejillas teóricas y a perturbaciones debidas a prejuicios.

En pocas palabras, la multitud de la acción debe liberar la potencia, la potencia social, la potencia de la crítica, debe liberar la potencia de toda atadura, para potenciar la potencia, en el mismo desenvolvimiento de la acción. Aquí radica la posibilidad de la victoria, para decirlo de ese modo, de manera teleológica. No sólo la victoria a corto plazo, la reproducción triunfante, que goza de su victoria en un momento, pero lo pierde cuando toma el poder, envolviéndose en un circulo vicioso del poder. Sino hablamos de la victoria duradera, la que se proyecta como realización de la utopía.

Volviendo al tema que mencionamos del Estado que resiste los embates de movilizaciones, que recurre a una represión sañuda, que recurre al terrorismo de Estado y a todos los medios a su alcance, empleando la policía y hasta el ejército, incluso a la burocracia de la administración de justicia, llegando a contratar mercenarios, debemos evaluar lo que pasa en la historia reciente. Al respecto, no parece posible sostener la hipótesis del reforzamiento del Estado, puesto que el Estado en crisis múltiple no se refuerza, sino que padece el deterioro de su estructura, de su arquitectura de poder; los funcionamientos se descomponen, la máquina de poder chirria, se oxida, su composición interna se disemina, se ingresa a lo que hemos llamado la implosión. Pero, entonces, ¿por qué perdura usando la represión? Esta es la pregunta que debemos responder.

En primer lugar, tenemos que considerar que los embates y las movilizaciones no fueron suficientemente fuertes como para terminar desmoronando a la máquina fabulosa de poder del Estado en crisis. En segundo lugar, la convocatoria a la movilización no ha sido completa, parte del pueblo y parte de la sociedad siguen atrapados en las redes del poder; primero, a través de redes clientelares; segundo, a través de coptaciones corruptas, convirtiéndo a esta parte dócil en algo parecido al grupo de choque, a masa elocuente de llunk’us, incluso sumiéndolos en la  indiferencia sobre lo que ocurre. Habrían perdido su voluntad de potencia, su perspectiva de futuro, renunciando al porvenir, renuncia convertida en una expresión nihilista. Es en esta parte del pueblo, corrompida, corroida, nihilista, con la que el Estado en crisis cuenta, en su apoyo, aunque no se trate, de ninguna manera, de legitimación; por eso, todavía se reproduce el poder y la dominación ya obsoletas.

En el tiempo corto, esta perdurabilidad, correspondiente al Estado en crisis, puede parecer larga, sin embargo, en el tiempo mediano ya se avisora la decrepitud del poder. Ciertamente, en el tiempo largo, acontece la implosión, el derrumbe del poder, que aparece, retrospectivamente como algo inherente, anunciado desde los primeros síntomas de la decadencia. Es un problema de perspectivas. Pero no se trata de esperar, tampoco de dar como consejo la espera, puesto que en el presente hay que entregarlo todo, para abolir las dominaciones, destruir el poder, para liberar la potencia social, para construir el porvenir. En consecuencia, se trata de comprender, entender y conocer las dinámicas mismas en el acontecimiento político, en toda su complejidad, de esta manera poder mejorar la composición, la estructura, la fuerza y el alcance de las movilizaciones.