BREVE CRÓNICA SOBRE MI PUTA VIDA

29.Dic.04    Análisis y Noticias

BREVE CRÓNICA SOBRE MI PUTA VIDA
Por:
KARMEN EPINAYU

“Yo soy indio de los puros (…)
Yo soy indio chato, cholo y chiquitín.
Esta tierra es mi tierra y este cielo es mi cielo”.

Canta: Máximo Jiménez

La vida de mi familia transcurría normalmente,

visitando parientes en las rancherías, llevando a

los chivos a los jagüeyes, bailando la yonna al

ritmo de kasha, departiendo chirrinche y wisky

en las fiestas, hablando con nuestros muertos

en los cementerios, sacándole frutos a nuestras

tierras, comerciando con Venezuela. Éramos

infinitamente felices. Pero la vida cambió cuando

llegaron alijunas que nunca antes habíamos visto

y que poco tiempo después supimos que les decían

paramilitares.

Nosotros los Wayúu tenemos fama de arreglar

nuestros problemas a bala, cosa que no es tan

cierta, pero esa es la fama que se ha creado en

todo el país. Y digo que no es tan cierta, porque

aunque a veces han ocurrido enfrentamientos,

también cuando se presenta un problema se puede

solucionar pagando una indemnización o

palabreando, para lo cual, dentro de la cultura

Wayúu, existen leyes muy estrictas al respecto.

Por la vía de La Majayura, en donde quedan las

tierras de mi familia, hace más o menos tres años,

comenzaron los problemas. Empezaron a robar y a

asesinar a muchas personas que se movilizaban por

la zona. Este territorio lo ha ocupado

ancestralmente mi familia durante muchas

generaciones, pero como la vía es una zona

estratégica por la cual se transporta libremente

desde contrabando, hasta drogas y armamento,

porque por aquí no existe control de ningún tipo,

comenzó una lucha que en ese momento no era

clara para ninguno de los involucrados.

Aparentemente una familia Wayúu de Venezuela

le declaró la guerra a mi familia y comenzaron los

problemas. En julio de 2001, viajaban de Maicao

hacia una de las fincas para la celebración del día

de la Virgen del Carmen, dos carros con las

mujeres y niños de la familia y fueron retenidos por

algunas personas desconocidas, que

definitivamente lo que querían dar a entender era

que ellos tenían el poder cuando quisieran. Ese

día solo fue un susto que no se pudo perdonar,

porque en la ley Wayúu, cuando hay guerra, los

niños son sagrados, pero más aún las mujeres, y

se metieron con las mujeres de la familia.

Se pensó que estas personas eran contratadas por

una familia Wayúu de Venezuela, que querían

controlar la vía. Lo pensamos, porque luego nos

dimos cuenta que todo fue manipulación por parte

de los paramilitares para apoderarse del territorio.

Nuestra familia trató de arreglar el asunto,

palabreando. Sin embargo, las amenazas,

continuaron, varios de mis tíos tuvieron que

esconderse mucho tiempo, mientras al pueblo

comenzaron a llegar carros extraños que

desaparecía en segundos, lo que producía pánico

entre la gente.

Un día recuerdo que estábamos con un primo en la

puerta de la casa y vimos pasar muchas veces un

Toyota con carrocería blanca y vidrios oscuros, y

mi primo como buen Wayúu, malició que algo

pasaba y me dijo que tenía sospechas de algo.

Subimos al segundo piso de la casa y nos

escondimos en una terraza que allí hay, y

esperamos a que pasara el carro. Cuando volvió,

habían como diez hombres, todos vestidos de

negro, con pasamontañas que apenas dejaban ver

los ojos, y todos con armas largas. Nosotros,

simplemente los miramos, mientras ellos trataron

de pasar desapercibidos Ese día me asusté mucho

y como mujer no pude hacer nada, aunque quise.

Los hombres de la familia, fueron informados por

mi primo, y de inmediato comenzaron a buscar un

carro que nunca más apareció. Desde ahí,

sabíamos que estaban buscando a mi tío para

matarlo.

Durante cinco meses, las cosas pasaron sin

novedad, hasta que mataron a dos de mis

familiares. Los persiguieron por todo el pueblo.

La familia no estaba preparada para reaccionar

ante un atentado de tremenda magnitud, todos

los intentos de mis otros tíos por evitar las muertes

fueron inútiles y fue cuando comenzó este tormento

que aún no termina.

Al parecer una familia quería quitarnos un

territorio que costaba mucho para ellos. Pero para

mi familia costaba mucho más, era la tierra que

desde siempre nos había pertenecido, ganada por

mis ancestros con esfuerzo y tesón de maneras

tradicionales. Y con muertos de por medio, tan

sagrados como son nuestros muertos, no estaban

dispuestos a dejar las cosas así. Esas cosas han

pasado en La Guajira por años, pero siempre o se

acaban los hombres de una familia, o simplemente

se arreglan, pero nunca, nunca se producían

desplazamientos de tipo alguno.

Con lo que no contaban mis tíos era con que este

conflicto ya estaba permeado por los paramilitares

quienes lo manipularon para quedarse con nuestro

territorio, sin que se supiera realmente quienes

eran los que estaban detrás de todo esto.

Una noche, en el pueblo se fue la luz un minuto, mi

mamá comenzó a sentir mucho ruido en la calle y

cuando nos asomamos en la ventana, vimos a

muchos hombres armados hasta el cuello, vestidos

con prendas camufladas y con pasamontañas,

brincando de techo en techo para entrar a una de

nuestras viviendas.

Los que nos encontrábamos en la casa tratamos de

llamar, pero no había comunicación y mi mamá

desesperada por la situación, salió como loca a la

calle a gritarle a mi tío que se protegiera, pero por

la distancia, mi tío no la oía, y además, de

inmediato, un tipo de esos la agarró y la empujó

hasta la casa, y la amenazó con su arma, mientras

mi hermana cerraba la puerta atemorizada.

Intentamos llamar por celular, pero los intentos

fueron inútiles, comenzamos a oír disparos durante

una eternidad, y finalmente, sin otra cosa que

hacer sino llorar de rabia, miedo y tristeza, cuando

todo quedó en silencio, nos asomamos y salimos a

la calle cuando nos dimos cuenta que ya no había

nadie. Mi tío se salvó de milagro, pero le mataron

a la mujer.

Después de esto mis tíos tuvieron que salir de La

Guajira, porque fueron amenazados y les pusieron

precio a sus cabezas. Yo también comencé a recibir

amenazas, solo por decir cosas en la calle en contra

de esa gente. Luego, mis tíos pusieron denuncias

y las amenazas se intensificaron.

Ocurrieron otros hechos como el de un primo,

quien trabajaba en una empresa privada encargada

de mantener las bocatomas del acueducto que

surte de agua a Maicao. A él, le tocaba ir casi todos

los días a la sierra a hacer mantenimiento a los

ductos de las bocatomas, y todos los días miembros

de los paramilitares le hacían retén, hasta que un

día le pidieron todos los datos como: con quién

vivía, en dónde vivía, teléfonos, y otros más. Luego

de confirmar estos datos lo responsabilizaron a él

de cualquier cosa que pudiera pasarles en la zona.

Además, le quitaban el carro y se lo devolvían a las

pocas horas. Un día, le pidieron el carro para “hacer

una vuelta”, a él y a los que viajaban con él los

dejaron en el pueblo, y los paras, se fueron con el

carro. Llegaron a una finca de la vía de La

Majayura, en donde se encontraban algunas

familias Wayúu. Como el carro que llegaba era

conocido, lo dejaron entrar a la finca, y los paras

se llevaron a cinco hombres y a una mujer que se

encontraban allí. Luego aparecieron muertos por

la carretera, con señales de haber sido antes

torturados. Además, en ese momento no

sospechábamos que el ejército estaba involucrado,

pero los paras, llamaron a mi primo y le dijeron

que fuera a la base del ejercito para que le

entregaran el carro. Mi primo fue y se lo entregaron

sin ninguna pregunta, sin ningún papel, sin

ninguna firma.

Además comenzaron a aparecer muertos de otras

familias, lo que llevó a que se responsabilizaran

mutuamente de estos asesinatos. Nuevamente,

caímos en el juego de los paras que se

aprovecharon de la cultura de guerra que nos

afama, pero hasta ese momento no nos habíamos

dado cuenta de nada.

En mayo de este año un tío, reconocido Araurayú,

decidió que viajaría a la finca con un primo que

estaba por graduarse y él le quería regalar dos

chivos para la fiesta. Mi tío se fue con dos primos y

tres personas más. Tres de ellos nunca volvieron

porque quince personas uniformadas y armadas,

los secuestraron. Mi tío, mi primo y uno de los

acompañantes fueron asesinados, los otros tres se

escaparon. Cuando se enteraron del secuestro,

algunas mujeres de la familia se metieron al monte

con el ejército, porque ellas podían guiarlos por las

tierras que bien conocen y porque además

pensábamos que por ser mujeres no se meterían

con nosotras, pero nos amenazaron.

Cuando mi tío apareció muerto y vi que la familia

ya estaba cansada de la lucha y que estaban

esperando a ver que muerto tendrían que llorar

después, todos anestesiados por los dolores

acumulados, decidimos que no podíamos parar y

que teníamos que denunciar, pero continuaron los

hostigamientos y nos dijeron que no podíamos

poner denuncia alguna porque comenzarían a

matar a las mujeres. Entonces, decidimos que en

Bogotá nos escucharían, y algo se podría hacer,

pero cuando vinimos aquí, nos encontramos con la

verdad del asunto.

Fue un golpe duro darnos cuenta que no éramos los

únicos en la región pasando por la misma situación

y que otros también habían caído en el juego de

los paras. Las amenazas llegaron hasta Bogotá.

Querían llenarnos de miedo para evitar que se

hicieran las denuncias que a nivel nacional e

internacional se estaban haciendo sobre la

presencia de ellos y los crímenes cometidos en

nuestro territorio. Pero el golpe fue aun más duro

cuando tuvimos conocimiento de los proyectos

que el gobierno tiene para La Guajira y en donde

los Wayúu somos incómodos. Por ello es tal vez

que el gobierno insiste en que son guerras entre

familias. Si hubiera sido así, ya lo hubiéramos

solucionado a nuestra Sükua’ipa Wayúu, es decir,

a la manera Wayúu.

Claramente los paras han aprovechado los

enfrentamientos tradicionales entre familias

Wayúu, para poner a pelear a todo el mundo.

Como por ejemplo, a nosotros, intentan

enfrentarnos con otras familias, pero todo ha sido

una trampa, tras la cual ocultaron durante un

tiempo su presencia en la región, para intervenir

sin que fueran responsabilizados.

Hoy, la situación de mi familia es bastante

dramática. Muchos de mis familiares han tenido

que abandonar la región dejándolo todo, haciendo

esfuerzos por rehacer sus vidas en tierras

extrañas. Los que se han arriesgado a quedarse,

insistiendo en que la tierra es todo lo que se tiene,

no han podido volver a trabajar y viven en

constante zozobra y temor, incluso algunos no

comparten la idea de que se hagan denuncias por

miedo a las represalias de los paramilitares. Las

tierras se encuentran en total abandono y con

riesgo de perderse, debido a que han aparecido

extraños para hacer ofertas irrisorias.

El abandono del territorio no ha significado el cese

de los hostigamientos y las amenazas por qué estas

se han incrementado, sobre todo para aquellas

personas que nos hemos unido con otros Wayúu

para adelantar acciones de denuncias conjuntas.

De momento un encuentro familiar en La Guajira

para visitar los cementerios y honrar a nuestros

muertos, que son parte sagrada de nuestra vida

cotidiana, es bastante improbable, porque no

existen las garantías para un retorno seguro.

Nuestros muertos tendrán que esperar mejores

tiempos para encontrarse nuevamente con toda la

familia reunida y nosotros seguiremos añorando

poder volver a trabajar en nuestras tierras.

Mientras tanto siguen su curso las cuestionables

negociaciones que adelanta el gobierno nacional

con los grupos paramilitares que, con toda

seguridad, culminarán con la legalización de la

impunidad. Los líderes paramilitares han pedido

perdón a Estados Unidos, pero nadie se ha

acercado a preguntarnos si quiera por nuestro

dolor. Nuestros victimarios, que ahora están

apareciendo como héroes en los medios de

comunicación, están recibiendo la ayuda

económica que nos han negado a las víctimas de la

violencia paramilitar.

Pensamos que la paz solo es posible si los que hoy

se desmovilizan, confiesan en donde están

nuestros desaparecidos, por qué mataron a nuestra

gente, quienes ordenaron estos asesinatos, por

qué sacaron a nuestra gente del territorio

tradicional, quiénes los financiaron, quiénes se

han beneficiado con todo lo que ha venido

ocurriendo, cuáles son las relaciones que han

tenido con la fuerza pública y con funcionarios

gubernamentales.

Finalmente, nosotros los Wayúu pensamos que

mientras a las negociaciones que el gobierno

nacional palabrea con los grupos paramilitares no

pueda ir un pütchipü’u llevando la palabra en

representación de las víctimas de la violencia,

la paz que sobrevendrá carecerá de credibilidad.

Bogotá, D.C., a 21de diciembre de 2004.

Karmen Ramírez Boscán
Directora
Asociaciòn Wayúu Munserrat
Cel: 310 238 8879
Dirección Electrónica: wayunkerra@ami.net.co