Sociología de los movimientos sociales en Bolivia: Estructuras de movilización, procesos enmarcadores y acción política

20.Dic.05    Análisis y Noticias

Entrevista a Álvaro García Linera

La sociología de los movimientos sociales

Por Miguel E. Gómez Balboa

Es uno de los intelectuales más escuchados, leídos y vistos del momento. El sociólogo y matemático Álvaro García Linera (41) presenta este martes el libro titulado “Sociología de los movimientos sociales en Bolivia: estructuras de movilización, procesos enmarcadores y acción política”. Un “manual” de más de setecientas páginas para comprender y conocer (qué quieren, dónde tienen fuerza, a qué apuntan, qué hacen para organizarse, cuáles son sus aliados y enemigos…) a doce de los actores sociales, que el autor considera los más importantes en la actual vida sociopolítica del país.

García Linera —que contó con el apoyo de Marxa Chávez y Patricia Costas para esta empresa—, plasma con esto una idea concebida en 2001 y, sobre todo, una experiencia de décadas en el tema. El escritor habló con Domingo (*) sobre algunos tópicos de su reciente publicación, a la que considera un esfuerzo más para “convertir el conocimiento en una herramienta de acción de los sectores subalternos”.

—¿Cuáles fueron los motivos que lo impulsaron a escribir este libro?
—El contar con una reflexión sistemática o sociológica de las características de estos actores políticos, hoy, claves para la estabilidad y la transformación social boliviana. Dos, tener una especie de “memoria organizativa” de ellos. Tercero, el saber adónde apuntan y su potencialidad a futuro. Y, por último, tejer un libro para que las organizaciones sociales puedan conocerse y, así, vean que no son tan diferentes sino que gozan de similitudes.

—¿Para quiénes está pensado?
—Ante todo, para los actores sociales, que se miren a sí mismos y, con ello, encuentren sus potencialidades y debilidades para seguir avanzando, pero también puede ser aprovechado por académicos, periodistas, investigadores extranjeros, políticos…

—También por los servicios de Inteligencia…
—(Carcajadas) Por qué no.

—En base a los datos del estudio, ¿cuál es el diagnóstico general de estos movimientos?
—Primero, que están fragmentados. Cada movimiento social tiene una base organizativa, un discurso, un liderazgo y una territorialidad distinta. Segundo, tienen diferente capacidad de movilización y de presión. Tercero, algunos apuntan a la transformación radical del Estado (los “sociopolíticos estructurales”), otros pretenden cambiarlo en algunos aspectos (los “sociopolíticos reivindicativos”), y también existen los que sólo propugnan mayor reconocimiento frente a la autoridad u actores civiles (éstos no cuentan con adjetivos).
Otro dato importante de esta pluralidad es la identidad. Hasta los años setenta había un movimiento social unido a la COB, con una identidad predominante: la obrera. Eso cambió, los movimientos sociales y la identidad predominantes son los indígenas (CSUTCB, cocaleros del Chapare y Yungas, CONAMAQ, CIDOB, Coordinadora de Pueblos Étnicos de Santa Cruz o CPESC). Y se puede ver una identidad más campesina en el MST y los Regantes, otra más obrera–popular en la Coordinadora del Agua…

—¿Qué retos tienen estas organizaciones?
—A futuro, lograr estructurar vínculos temporales y temáticos —no fusión—, porque cuando lo logran consiguen espectaculares resultados (léase la “guerra del agua” o “del gas”). La idea de una articulación vertical fusionada, como en los cincuenta u ochenta, ya no funciona. La diversidad de estos movimientos es la expresión del país. Aparte que esta articulación no debe ser espontánea sino más bien estratégica, en busca de conquistar derechos y consagrar sus demandas en instituciones.
En esa línea, los líderes deben entender que no va a haber un solo movimiento social en Bolivia. Cada uno tiene que aprender a respetar el liderazgo y territorio del otro y de las organizaciones. Asimismo, comprender que, a pesar de esas diferencias, pueden encontrar puntos de acuerdo, por ejemplo la Asamblea Constituyente, donde el reto apunta a que estas organizaciones puedan tener una plataforma común para llegar a ella de manera hegemónica, éste es el reto inmediato.

—Tomando algunas organizaciones estudiadas en el libro, ¿cómo se puede caracterizar a la CSUTCB en su doctrina ideológica? ¿A dónde apunta? ¿Qué proyecto tiene para llegar al poder? ¿Tiene fuerza real en el altiplano?…
—Es el sector más fuerte y radical, aunque es regional —pero ningún movimiento tiene alcance nacional—. Está en la etapa de ser un movimiento étnico nacional con proyecto de una transformación radical del Estado. Su fuerza de movilización está en La Paz, en siete o doce provincias del altiplano, con capacidad de paralizar la vida alrededor de ese territorio, ocupar puestos políticos e, incluso, de sustituir al Estado cuando se lo propone (Achacachi). Su reivindicación apunta directamente al Estado, no solamente en términos de demanda, sino que la combina con un proyecto de sustitución del poder estatal
La CSUTCB pasó varias etapas. La de formación, donde se mezcló la tesis de recuperar el indianismo con el izquierdismo. En los ochenta y principios de los noventa se dio el desplazamiento del indianismo por el izquierdismo. Y estamos actualmente en una etapa de asentamiento fuerte del indianismo y, ante todo, de un discurso nacional/indígena/aymara, que reivindica el autogobierno de los indígenas como meta de los aymaras. Éste es el emblema de Felipe Quispe, que reza la “indianización” del Estado, donde los mestizos perviven pero bajo el predominio indígena. Lo interesante es que no sólo es un discurso de la élite intelectual dirigencial, sino también de los cuadros medios y sectores de base.
Y hay otra CSUTCB, la de Román Loayza, cuya base territorial y de movilización está en Cochabamba, parte de Sucre, Potosí y Santa Cruz. Goza de un mayor radio de extensión, pero con menor capacidad de movilización y con un proyecto más moderado de transformación del Estado, donde lo indígena sería uno más de los componentes en la construcción de la bolivianidad. Es una tesis más integradora y, por ello, quizás tenga mayor aceptación en otros departamentos.

—Entonces, ¿el proyecto del “Mallku” es más utópico?
—En su discurso se recoge toda la herencia del katarismo y el indianismo para proyectarlo políticamente. Y en términos de propuesta alternativa de Estado y sociedad es más consistente —que no significa más viable—, por la reflexión y solidez de sus argumentos. Será viable, a mediano plazo, si y sólo si este nacionalismo aymara se consolida y politiza más, y, además, logra incorporar a los otros pueblos para que su emancipación sea también la de otros. En estos momentos, la correlación de fuerzas ubica como más viable, y también más moderado y ambiguo, al proyecto de Loayza.
No obstante, se da una paradoja. Porque quien formula los proyectos más radicales o utópicos es el sector más indianista, cercano a Quispe, y quien convierte más viable “pedazos” de este líder es Tórrez. Algo como si se necesitaran mutuamente.

—¿Qué sucede con los cocaleros?
—En términos de fidelidad y de cohesión corporativa, es el sector más fuerte y gira en torno a puntos más reivindicativos que político–estructurales, como la defensa de los cocales y el rechazo a la erradicación. Incluso, por ello, tienen más fuerza de movilización que los aymaras. Pero su proyecto político de transformación del Estado es más moderado.

—Sin embargo, de este sector surgen Evo Morales y el MAS…
—Aunque curiosamente es de donde surgió un proyecto político nacional electoral de toma del poder, el MAS de Evo Morales, pero como movimiento social tiene más demandas reivindicativas que políticas. La fuerza de unos es la debilidad de otros, es decir, los aymaras son fuertes en proyecto societal y electoralmente son débiles. La otra cara de la moneda son los cocaleros.

—¿Cómo diferenciar a los cocaleros de Yungas con los del Chapare?
—La producción de coca en los Yungas se remonta a tiempos precoloniales, en el Chapare recién se instaló en los años cincuenta. En el norte paceño, el cocal articula la vida social, económica y cultural de la región; en el Trópico cochabambino puede darse que se bajen las hectáreas y no se derrumbe el sistema organizativo, porque la coca es un elemento principal, pero no fundamental para la estructura de la vida colectiva.
Aparte, los cocaleros yungueños, culturalmente, están vinculados al discurso aymara del altiplano. Y los chapareños son una combinación de campesinos, quechuas y relocalizados. Un entorno con mayor mestizaje cultural. Eso permitió que el MAS dialogue con otros sectores, algo inadmisible en el nacionalismo aymara que habla consigo mismo.

—Entonces, la relación Yungas–Chapare se rige a lo meramente laboral…
—La defensa de la coca logra una alianza importante. En momentos hay enemigos comunes y actúan juntos, pero otras veces están separados. Por ejemplo, en septiembre del 2003, los cocaleros yungueños se unieron rápidamente a la protesta del altiplano y los del Chapare llegaron casi al último. No siempre actúan conjuntamente, porque los Yungas tiene una filiación étnica cultural con el mundo aymara, y además porque en esta región hay un pedazo de sembradío legalizado, por lo cual no tiene los mismos problemas de represión que en el Chapare.

—O sea, que los cocaleros del Chapare, al estar identificados más con lo quechua, no podrían converger con la línea aymarista de la CSUTCB. Algo que se ve en la apática relación de Evo Morales y Felipe Quispe…
—No podemos hablar de un nacionalismo ni quechua ni aymara. En general, en todos los movimientos agrarios hay una base común, la identidad campesina, pero dependiendo la historia de la región se ha sobrepuesto otra identidad. En el caso aymara la identidad indígena–aymara se ha sobrepuesto a la campesina. Los cocaleros del Chapare inicialmente tenían una identidad campesina y lentamente han ido incorporando algunos repertorios de identidad indígena, sin embargo ésta no se sobrepone a la campesina, sino que coexisten. Todo responde a un proceso de construcción y de reinvención de la indianitud en Bolivia dado en los últimos treinta años.

—¿Cuál es la realidad de la COB?
—En la investigación mostramos que tuvo dos grandes etapas. La primera, que abarca de 1952 a 1985, de la hegemonía obrera, donde este sector era la principal fuerza económica de presión y liderazgo social. Pero, de 1985 a 1990, hasta hoy, hay un desmantelamiento de la base material cobista, al haber casi desaparecido el sindicato de gran empresa. Y a su turno, surgió un nuevo proletariado, hay tres veces más obreros ahora que hace treinta años, pero desindicalizado.
La COB mantiene un discurso obrerizante, pero es una especie de “mito colectivo de la unidad”, que en los hechos tiene base social urbana: su capacidad de movilización está dada por los sectores del magisterio y salud. Por esto se dejó opacar por las movilizaciones indígenas, donde la COB más bien se acopla a ellas, y cuando lo intentó por cuenta y riesgo propio le fue muy mal.
Su reto está en resindicalizar a los obreros. Cuando un ochenta por ciento de ellos lo esté, estará refortalecida. No es problema si se propugna o no la revolución proletaria, porque sin base social no se logrará nada.

—¿En qué divergen las Centrales Obreras Regionales de oriente y occidente?
—El sindicalismo de la COR de Santa Cruz tiene máximo un cuarto de siglo de vida; en La Paz viene desde la época de las (os) palliris y los pequeños talleres artesanales de los cincuenta del siglo XIX. O sea que hay una larga sedimentación organizativa en occidente. Aparte, en la capital cruceña, debido a su rápido crecimiento, las redes y tejidos sociales son aún endebles, por eso se entiende que el sindicalismo de su COR no se haga problema con estar dentro del comité cívico y secundarlo en sus decisiones. En cambio, la cultura obrera occidental ha construido una autonomía obrera y salarial de largo aliento, no existente en Santa Cruz al estar bajo la hegemonía de los sectores empresariales. Incluso, esto llevó a que en La Paz los obreros hayan conseguido más derechos, porque los obreros cruceños padecen las relaciones obrero–patronales más déspotas.

—Un movimientos social nuevo son los Sin Tierra, ¿quiénes y cómo son ellos?
—Tienen dos vertientes: la de Ángel Durán y la de Moisés Tórrez. Ambos son un poco la expresión patética de los límites de la Reforma Agraria y la modernización urbana, y de la precariedad laboral del país. Los Sin Tierra articulan a campesinos que tienen muy poca tierra y necesitan más para completar su canasta familiar, o que son víctimas de los procesos de parcelización y de los bajos precios de los productos (Cochabamba), o que son auténticamente Sin Tierra (peones o jornaleros de Tarija y Santa Cruz). Pero, también, se mezclan con trabajadores, obreros sin trabajo…
Algo interesante que los diferencia de aymaras y quechuas —cuyos movimientos son de base comunitaria— es que los Sin Tierra son individuos que se agrupan como tal y conforman un MST, y por ello también tienen una identidad más campesinista, no tan étnica. Tal vez sea el único movimiento que no tiene relación con la identidad indígena, a excepción de los Sin Tierra de la provincia Aroma (Collana), son comunidades que, a veces, actúan como Sin Tierra siendo en el fondo comunarios aymaras, y también participan como tales cuando los convoca la CSUTCB.

—¿Cuáles son las diferencias neurálgicas que separan a Durán y Tórrez?
—Su principal diferencia está en su radio de acción. Durán asentó su fuerza en Tarija (Yacuiba) y el altiplano aymara. Tórrez, en Santa Cruz y zonas de Cochabamba. Además, Durán intenta una forma organizativa que no siempre funciona: tomar predios para construir asentamientos y vivir allí, con autogestión. Mientras que Tórrez apuesta por algo tradicional como el sindicato, sin embargo, éste tiene mayor capacidad de movilización.

—¿Cuál es el enemigo principal de los Sin Tierra: los empresarios o el Estado?
—Lo interesante de este movimiento —incluso de la CIDOB (Beni)— es que tienen como adversario e interlocutor inmediato no al Estado sino a empresarios, ganaderos o madereros. Y a veces utilizan al Estado como interlocutor, sólo para que haga cumplir la ley. No son un movimiento tan sociopolítico, aunque el líder compita en elecciones municipales (como Durán).

—¿Existe algún movimiento al que no se presta la debida importancia, siendo de cuidado?
—La CPESC y el Bloque Oriente. Son débiles, no se movilizan como los cocaleros, no bloquean ni paralizan como los aymaras, pero son una serie de alianzas indígenas, campesinas, Sin Tierra, que se convierten lentamente en un contrapoder en el interior de Santa Cruz —algo inexistente—, donde hubo predominio de las élites empresariales durante los últimos setenta años.
Otro aspecto que no se da demasiada importancia en los debates es el del nacionalismo/indígena/aymara, único en Latinoamérica. Si este discurso se expande, va a tener el curso de cualquier nacionalismo en el mundo, pero se lo relativiza o reduce a un solo líder, cuando hay una dinámica en las bases mucho más extensa.

—En base a la tipología ofrecida en el libro, ¿cuáles movimientos tienden a aliarse o estar separados?, ¿cuáles utilizan más las medidas de presión o son más violentos?
—Todos los movimientos, sin excepción, tienen un método común: la negociación. Sobre esa base se ubican dos bloques que convergen y divergen. En el primero hay subdivisiones. Están los propensos al diálogo, el lobby político y la marcha simbólica, donde se usa el cuerpo como un lugar de la escenificación de la demanda (CIDOB e incluso COB). Luego, están los que usan la negociación, las marchas y, en momentos, actos más fuertes, como la CPESC, que fue capaz de tomar algunas áreas petroleras. Un nivel más arriba se ubican los que emplean negociación, marcha y, de vez en cuando, bloqueo, allí se sitúan el CONAMAQ y los Colonizadores.
El segundo grupo lo conforman movimientos que recurren con mayor fuerza a la movilización, pero combinada con presión: cocaleros del Chapare y Yungas, Coordinadora del Agua y Regantes, Fejuve El Alto. Y, por último, está la CSUTCB, que emplea la negociación y actos más radicales: bloqueo de caminos, toma de pueblos y, a veces, la destrucción de oficinas del Estado.

—Por lo dicho, podemos apreciar el radicalismo aymara de occidente, pero por qué no reza con ello oriente.
—En oriente hablamos de movimientos indígenas minoritarios, esto influye en sus métodos de lucha, porque así es difícil enfrentarse con el Estado. Por eso optan por una actitud propositiva. Son más sofisticados en el conocimiento de leyes, de reglamentos, porque allí encontraron la mejor forma de obtener derechos. Empero, los indígenas de tierras altas tienen el número como para ser fuerza y obligar al Estado a retroceder.
Además, los indígenas de tierras bajas tienen como adversario inmediato a sectores empresariales y luego recién el Estado. En occidente, el primer adversario es el Estado, como comando político de las élites nacionales.

—Con el declive de la COB, ¿el movimiento social urbano no encuentra otro frente para viabilizar sus demandas?
—Quizá el movimiento social más importante surgido a nivel urbano sea la Coordinadora del Agua, por su novedad organizativa. No se centra en sindicatos de gran empresa, no exige pertenecer a un gremio para ser militante, y ha revalidado temas que tienen que ver con el salario indirecto de la población. Si se reivindica salario directo, solamente te van a apoyar los que tienen salario, que es la minoría. Pero si reivindicas agua o luz, todos lo pagan, y eso permitió a esta organización contar con base social más amplia, además de un diálogo entre lo obrero y campesino no reeditado desde los años cincuenta. Allí tienes a regantes, campesinos, obreros y vecinos, con un mismo objetivo: que no les cobren más por la tarifa de agua o que no les quiten sus pozos o sistemas de riego. Aparte, está la Fejuve como movimiento de base comunitaria urbana.

—¿Cómo han desarrollado las estrategias de movilización en los movimientos sociales?
—Hubo una evolución de los repertorios de movilización y cada organización lo hizo de manera particular. Pero la COB tuvo una especie de involución, por su declive temporal, ya que las grandes huelgas o paros nacionales se han transformado en sectoriales. En cambio, en la CSUTCB hubo un proceso de escalonamiento de los métodos de lucha hasta llegar a actitudes más radicales (construcción del cuartel de K’alachaqa, toma del poder local de los pueblos). Los cocaleros rezan con la marcha y el bloqueo. E incluso los pueblos indígenas del oriente van evolucionando, porque los guaraníes ya cercan áreas petroleras. No hay un modelo, más bien una especie de trasvase de experiencias.

—¿Cómo se organiza un bloqueo de caminos campesino y qué lo hace tan difícil de combatir?
—Es una de las maquinarias sociales más extraordinarias. Donde se pone en movimiento una serie de lógicas, fidelidades, sistemas de turno, mandatos y decisiones. Primero, ningún bloqueo se aprueba si el núcleo fundamental de la movilización no se ha pronunciado, la Central o la Sub Central Agraria. La Sub Central es la reunión de las asambleas de representantes de sindicatos y, a la vez, éstos no toman la decisión si primero no lo hizo su asamblea, porque la que sale a poner piedras es ésta. Una acción de bloqueo es un acto decidido de manera autónoma por las comunidades, Sub Centrales y Centrales.
Allí funciona la mita, el sistema de turnos. Cada comunidad está asociada a una cantonal, de
ella no todos salen a bloquear sino escalonadamente, como una rueda. Y una cantonal puede tener quince comunidades, eso quiere decir que una comunidad saldrá a bloquear una vez cada quince días. Pero, además, esta cantonal forma parte de otra rueda, una Subcentral, y tampoco se movilizan todas ellas. Entonces, en verdad, cada comunidad bloquea una vez cada 25 ó 30 días. Si funciona esa maquinaria comunidad–cantón–Subcentral–Central, es invencible y los campesinos pueden estar bloqueando indefinidamente.
Aparte, si una comunidad decide bloquear, el comunario no puede contradecir la orden, bajo pena de ser objeto de castigo al romper el consenso comunal, base de la democracia comunitaria. Esa lógica comunal de toma de decisiones, de turnos que se eslabonan de lo micro a macro, es una maquinaria más visible en el mundo aymara.

—¿Cómo los movimientos sociales se han visto carcomidos por las prebendas, el clientelismo, los caudillismos…?
—No son un dechado de virtudes y el texto no hace una apología de ellos. En el documento se ve cómo, internamente, se han convertido en factores de conservadurismo, de reproducción de lecturas autoritarias, de machismo y de construcción de redes prebendales. Por ejemplo, el tema de las mujeres —que son el 50 por ciento de las bloqueadoras y productoras—, a nivel de liderazgo no cuentan. Existe la Federación de Mujeres Bartolina Sisa, con pequeña fuerza en el Chapare, fuera de eso es más que una oficina. La idea del equilibrio, del chacha–warmi, no existe.
También está inserto el clientelismo. Se ve en el libro un estudio sobre el tema en Fejuve, cómo alguna vez las redes sociales sirven para establecer mecanismos de subordinación y negociación ante entes externos, de beneficios personales o colectivos, a cambio del voto, por ejemplo.

—Se lo ha relacionado con actos guerrilleros y de terrorismo (EGTK). Hoy, usted es uno de los intelectuales con más incidencia social. Pero, con sus ideas y estos aportes bibliográficos ¿cómo desea que lo perciba la sociedad?
—Como un intelectual que usa las herramientas rigurosas del pensamiento sin caer en el discurso fácil y la ideología para estudiar, entender y apuntalar las fuerzas de transformación de las clases subalternas de Bolivia. Es mi esfuerzo convertir el conocimiento en una herramienta de acción de estos sectores. Lo hice desde el EGTK, pero con menos posibilidades, experiencia, vínculos, quizá con más emoción, ahora con los medios de comunicación. Empero, no vería una ruptura, lo que mejoró es mi capacidad analítica. Ésa es mi función de intelectual “orgánico”, que no lo entiendo como un gritador de plaza, lo detesto pero es necesario. Si tuve el beneficio de estudiar quince años en la universidad ahora busco utilizar lo aprendido para estos compañeros, ellos ya verán si lo usan pero ésa será mi intención siempre.