No a la prisión del hogar

20.Dic.09    Análisis y Noticias

La mujer tiende a crecerse en la misma medida en que se debilita la vinculación laboral del macho proveedor. La cultura del trabajo como relación necesaria para “subsistir” fue delineada como ideología por el protestantismo en las postrimerías del modo de producción feudal, al tiempo que se constituía el partido de la masonería que la hacía suya desde fuera de la relación de producción, es decir, desde fuera del trabajo propiamente dicho. Médicos y juristas (abogados, jueces y demás operadores del derecho), fueron la base organizativa de este sector no laboral que pregonaba el trabajo para los demás. Hasta el día de hoy son los más interesados en la mantención del estado como aparato político -de poder- que asegura la continuidad de la ideología de que trabajen los otros para que reciban salario en dinero que luego lleven a sus gabinetes donde prestan el “servicio” de salud o jurídico, funciones retiradas de la comunidad histórica y transformadas en profesiones “liberales”. Con ello se arrebataba el alma comunitaria de sanarse entre ellos con auxilio de yerbas y vinculación directa con la naturaleza, así como de resolver internamente los conflictos. Los dioses católicos de externalidad dependiente fueron anatemizados por el protestantismo, que se arroja con especial virulencia sobre las figuras de madera, piedra y otros materiales representativas de la virgen María, para profundizar la ruptura comunitaria e introducir nuevos factores y actores de quiebre de la autonomía asociativa.

Los curas católicos, que preconizaban la relación de familia para los demás, pero no para ellos, fueron sustituidos por pastores protestantes que se casan y tienen hijos al tiempo que practican la vinculación laboral con la tierra sobre la base del salario con el cual asegurar un circulante que será capturado por esos profesionales y por los usureros. Así las nacientes relaciones de producción capitalista recibían el apoyo de la prédica religiosa adaptada a las nuevas circunstancias. De esa manera la ideología religiosa junto a la masónica refuerzan el rol de la familia que será sostenida con el acceso del macho no al circulante -que es coto de caza de estos “intelectuales”-, sino al salario, con el cual contribuirán al desarrollo de las profesiones llamadas liberales y a la usura, importante mecanismo de acumulación que se reinvertirá en mercaderías que a su vez requerirán más circulante aún, esto es, textiles, joyería y otros que dan inicio a la fracción judía, un tercero en disputa que también se adapta -y en mejores condiciones- a las nuevas realidades.

Así las cosas, Engels, el “amigo” de Marx que le dio de palos tergiversando sus conclusiones en su funeral, toma aquella racionalidad instrumental que se extendía junto a las nuevas funciones estatales y transforma el partido de los trabajadores en un intelectual colectivo donde se instalan en los puestos de comando personas muy poco vinculadas al mundo laboral. De esa forma, en vez de sistematizarse la producción de subjetividad del sujeto laboral, se procede en sentido inverso, transfiriendo al mundo del trabajo la noción de la teleología religiosa sustituyendo el cielo de la divinidad por la Utopía del cura Tomás Moro que bajó el cielo a la tierra.

Los socialistas de la época entendían que era necesaria la vuelta a la comunidad, sin embargo Engels insistía que había que pasar por la fase de acumulación capitalista por medio del estado. Marx reconoce en la Comuna de París que dicha organización de los trabajadores asume las funciones del estado, sin embargo, Lenin, seguidor de Engels, no de Marx, lo ejecuta sobre la base del jacobinismo, es decir, la transferencia del poder popular a los representantes en el aparato de dominación. El estado socialista disminuye el circulante para asegurar la acumulación y define a las profesiones liberales como funciones estatales sin intentar en lo más mínimo devolverlas a las comunidades como cabía esperar teniendo en vista las proclamas de “avanzar” hacia la sociedad sin clases, esto es, hacia la vida en común, la comunidad.

La vida en familia, es decir, el hogar, espacio donde se reproduce la separación social de la cotidianeidad, es sustituido por la profundización de los espacios y prácticas del colectivismo, esto es, el estar juntos para cumplir funciones económicas de trabajo, salario y mercado, y funciones institucionales, o sea, la elección de representantes y demás sostenedoras del aparato estatal.

No se percibe, o no se quiere percibir, que el avance a la sociedad sin clases pasa necesariamente por reconstruir las prácticas de vida en común en localidades y no sólo de aglutinar a la gente en torno a las tareas productivas, institucionales y de defensa. El Che había hablado y escrito sobre el socialismo cotidiano, sin embargo algunos lo interpretan solamente como la conciencia de producción socialista, lo que llevó a la URSS al fracaso.

El encierro del hogar es el instrumento estratégico del capital, y por el contrario la salida de la gente de sus casas para convivir con el vecindario es el camino hacia una sociedad donde se recuperen los valores comunitarios. La cohesión minera en el salitre a finales de los 1800 y comienzos de los 1900 no se debe solamente a la identificación de objetivos comunes. La película Actas de Marusia muestra como las propias mujeres compartían los espacios del lavado de ropa y otros aspectos de la cotidianeidad. Pienso que esas escenas son un gran logro de los autores, director y actores de ese filme. Allí se gestó tanto como en las reuniones sindicales la movilización minera.

Hoy día hace falta la realización de actividades más continuas entre vecinos y vecinas para ir recuperando el sentimiento de lo común, que no es eliminado por el sistema de las vidas separadas y en competencia instaurado por la ideología del trabajo y del patriarcado, sino que es cohibido, arrinconado, y siempre está dispuesto a surgir, a emerger desde las profundidades de los corazones. Se trata de construir identidad barrial, sentimiento identitario de comunidad, donde lo que suceda a uno toque a los demás, donde el sentimiento prevalezca por sobre las razones lógicas instrumentales de alcanzar este o el otro objetivo. Se trata de dar rienda suelta a la subjetividad del sujeto nosotros, trascendiendo el sistema de valores impuestos y reproducidos por la cotidianeidad de los cuerpos separados y en disputa.

En esa dirección va el TraVol, el trabajo voluntario de verano 2010 que diversas organizaciones están promoviendo en las ciudades de Santiago, Valparaíso, Rancagua, Arica, San Antonio y otras. Decenas de estudiantes y voluntarios que vendrán de diferentes países preparan sus mochilas para instalarse un mes en barrios haciendo huertas comunitarias o capacitando vecinos para un “comprando juntos”. Las inscripciones están abiertas en la Red de Economía Popular y Ecología Social redecosocial@gmail.com

Los estudiantes secundarios y de todas las carreras universitarias o técnicas tienen cabida y podrán también dictar talleres, colaborar en actividades con niños, montar una escuela autónoma barrial, un consultorio jurídico popular, una clínica de salud alternativa, construir baño seco, un horno de barro, en fin, las propuestas son muchas y usted puede solicitar los materiales al respecto así como el manual de trabajos y construcción.

Los esperamos.

Abrazos

Profesor J
profesor_j@yahoo.com