Autor: “Gustavo Esteva”

Resistir, luchar, movilizarnos… por la vida

Es hora de actuar, de ponernos en movimiento. Es estricta cuestión de supervivencia.


Fin de ciclo

No es sólo el fin del año. Termina un ciclo, una era, una época. No es el predicamento de Gramsci, cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Son los predicamentos por la muerte de lo viejo y las formas de lo nuevo.


Tiempo de descubrimiento

Los desechables, las personas que no tienen uso alguno para el capital, han estado siendo desechados. Prosigue aceleradamente la destrucción de sus condiciones materiales de vida, los empleos lo mismo que las fuentes autónomas de ingreso, y también sus entornos, suelos, aguas, bosques, selvas… Hay quienes esperan aún el regreso de la “normalidad” o que se produzca la “nueva normalidad” tan prometida. Creen que gracias a la vacuna y otros factores podrán volver los empleos que perdieron o regresarán los turistas a los que vendían bienes o servicios.
El mercado o el Estado podrán aún, por un tiempo, dar oportunidades de supervivencia. Seguirán fluyendo recursos bajo las más distintas modalidades –seguro de desempleo en algunas partes, en otras ayuda a personas mayores o discapacitadas, becas de estudio, apoyos productivos y todo lo que aún ofrece la imaginación burocrática. También habrá mercado para vender algo de lo que se produce o llegarán algunos turistas. No es un terremoto arrasador, que nada deja en pie. Pero cada vez más gente se da cuenta de que el mundo que teníamos ya no está. Es preciso crear otro nuevo. Y en eso están.


Tiempo de ruptura

Faltan ya palabras e imágenes para referirse a la catástrofe que estamos viviendo. El mundo que teníamos cae a pedazos alrededor de la peor manera imaginable. La ridícula promesa de regresar a cierta normalidad es otra forma de amenaza: se busca llevar aún más lejos el horror que caracterizaba ese mundo que desaparece.
No hay optimismo posible. Todas las opciones están cargadas de violencia y destrucción. Parece imposible detener a una clase dirigente inmoral e irresponsable, que lleva adelante el despojo al que se dedica y devasta todo a su paso, la naturaleza lo mismo que el tejido social y la cultura.
Y así, en esa condición tan desoladora como realista, cuando hasta el ánimo más audaz se desespera, el zapatismo cobra fuerza como fuente de esperanza. No es un cuento, una promesa, una ilusión. Menos aún una doctrina, un evangelio, una receta. Es una realidad nueva, construida a golpes de alma a lo largo de 37 años.


Comunalizarnos

Es hora de juntarnos y detener esta locura. Con quienes tengamos cerca. Vecinas y vecinos del edificio que habitamos o de la calle en que vivimos; amigas y amigos cercanos. Alrededor de una mesa, en un jardín o en una calle. Podemos usar cubrebocas y mantener distancia, para cuidarnos de ese virus tan contagioso. Pero de ésta sólo saldremos si nos organizamos.
Revisemos, ante todo, cómo se forma nuestra comida, qué llevamos a nuestro cuerpo. Veamos juntas y juntos qué podemos cultivar en el lugar donde estamos. Nos sorprenderá, acaso, descubrir la gran cantidad y variedad de hortalizas y otras plantas, algunas medicinales, que podemos producir en casa. Algún contacto o el amigo de un amigo nos permitirá arreglarnos con grupos campesinos que nos abastezcan de todo lo que no podemos producir en nuestros hogares, en nuestro lugar. Y podremos tener al fin comida sana suficiente. Oiremos, acaso, la historia de las ollas populares en ciudades chilenas, donde no sólo hacen intercambios de lo que producen, sino que lo comparten con quienes nada tienen para llevarse algo a la boca.
Veríamos en seguida lo que nos enferma. Y exploraríamos, juntas y juntos, cómo sanar con empeños autónomos, con prácticas más sanas de vida, con remedios tradicionales, con lo que recomiendan tías y abuelas que todas y todos tenemos, con las sanadoras que alguien conoce.


Tiempo de desobediencia

Necesitamos desobedecer, antes de que sea demasiado tarde. No se trata de volverse irresponsables y prescindir de toda precaución. Se trata de recuperar, por todos los medios posibles, la interacción con los demás que nos permite seguirnos llamando humanos. Se trata de multiplicar las iniciativas para una profunda reorganización social, desde abajo, que para la mayoría será la única manera de sobrevivir ante el desastre climático, económico y socio-político que se agrava continuamente. Muchas personas, tanto en la ciudad como en el campo, especialmente entre los pueblos originarios, lo están haciendo ya. Son fuente de inspiración que deberíamos considerar seriamente.


Aprender capitalismo

En estos meses peculiares mucha gente descubrió la incorregible naturaleza del régimen dominante. Busca ya otras formas de existencia social.
El capitalismo y su forma política se presentaron siempre como una forma deseable de vivir. Cuando el camino socialista pareció fracasado o perdió atractivo, en los años 80 y 90, la vía capitalista no sólo pareció deseable, sino única. Fukuyama se hizo famoso al proclamar el fin de la historia. Llegó a decir que el matrimonio del capitalismo con la democracia liberal era la culminación de la historia humana y ni siquiera podíamos imaginar algo mejor. Mucha gente lo creyó.
Se multiplican, sobre todo, hasta en los lugares más inesperados, iniciativas de quienes por estricta supervivencia o por un deber moral han decidido tomar un camino que hasta hace poco tiempo parecía impensable, un camino que va más allá del capitalismo.


Contra el miedo, la esperanza

Necesitamos compartir experiencias e informaciones que revelen nuestras capacidades autónomas, la forma en que podemos resistir bien la amenaza y aprovechar la coyuntura para reorganizar la vida cotidiana en forma más sensata y gozosa. En vez de miedo, precaución. Y dedicarnos, sobre todo, a construir una nueva esperanza.
Seguirán fracasando las expectativas de regreso a la “normalidad”. Serán incumplidas todas las promesas que alimentan ilusiones de que podrá recuperarse cuanto se ha perdido. Al mismo tiempo, se multiplicarán testimonios de quienes están usando la coyuntura para sustentar en viejas tradiciones y antiguos sueños la construcción autónoma de mundos propios.
La esperanza que así está materializándose no es ideológica ni se basa en el anuncio de nuevas tierras prometidas. A menudo por razones de estricta supervivencia, se hacen realidad todos los días innumerables utopías concretas que se levantan serena y orgullosamente sobre las ruinas del mundo que termina, el que nos hace la guerra.


Aprender guerra

No lo quisimos creer. Nos lo advirtió el finado subcomandante Marcos hace más de 20 años. Pero no lo quisimos creer. Nos pareció una metáfora útil para el análisis, no lo que era, una advertencia. Estamos ante una guerra. No podemos seguirnos comportando como si no lo fuera o no nos tocara directamente.
Tiene aspectos abiertamente criminales. México es ya el país más violento del mundo, en particular para ciertas categorías de personas, como periodistas, dirigentes sociales y defensores de derechos humanos. En esta administración se producen ya cuatro asesinatos por hora. Zonas cada vez más amplias del país están controladas por la fuerza. En algunas son los llamados cárteles, que distribuyen despensas o imponen toques de queda. En otras está la Guardia Nacional, que tiene ya efectivos tres veces superiores a los de la guerra de Calderón, junto a fuerzas paramilitares y grupos de choque.


Desintoxicarnos

La extraña materia tóxica que hoy ­circula como información alcanzó ya dimensiones epidémicas. No sólo corrompe todo a su paso y extiende la confusión. Es también fuente de conflictos y defensa abierta o simulada de intereses dañinos.
La primera línea de protección está en nuestras manos: austeridad. No sólo hemos de huir como de la peste de ciertos medios y dispositivos, con sesgos y compromisos muy conocidos. También de las redes sociales. Además, necesitamos reducir la dosis que ingerimos. La cantidad de información que consumimos alcanza ya niveles patológicos.


México: Enseñar el cobre

La cuestión no es solamente el respeto a la autonomía y los derechos de los pueblos originarios. Es que ante una catástrofe sin precedentes, cuando experimentamos el más grave colapso climático y sociopolítico de nuestra historia, es indispensable que aprendamos a escuchar a los pueblos que poseen los saberes y las tradiciones que hoy necesitamos.


Confrontaciones

Paso a paso se extienden rebeliones que definen la condición actual. Las hay silenciosas y pacíficas, casi invisibles, que siguen empeñosamente su ruta radical. Otras muchas entran a confrontaciones abiertas de difícil pronóstico.


México: El atropello redentor

El gobierno de México confesó, por escrito, su intención ­etnocida.
No se muerde la lengua. Llama etnocidio, citando a Rodolfo Stavenhagen, “al proceso mediante el cual un pueblo… pierde su identidad debido a políticas diseñadas para minar su territorio y la base de sus recursos, el uso de su lengua y sus instituciones políticas y sociales, así como sus tradiciones, formas de arte, prácticas religiosas y valores culturales. Cuando los gobiernos aplican estas políticas, se vuelven culpables de etnocidio”. Eso es lo que están haciendo ya y finalmente confiesan. Sin quererlo. Así nomás.


Alejamientos

Se dio inmenso poder a una ciencia médica dominada y corrompida por la industria farmacéutica, cuyas ineptitudes abrumadoras y atroces son tan profundas como su arrogancia


Acercamientos

Los individualizados, que no tienen nada que puedan llamar comunidad, empezaron a forjarla. Lo hicieron primero con amigas y amigos, a veces en forma virtual. Pero fue también con vecinos, hasta con aquellos que ni siquiera saludaban aunque vivieron por años a unos pasos de distancia. Lo local recobró su importancia. Se trataba de habitar de nuevo el lugar en que se vive, más allá de la mera residencia. El barrio renació, se formó o se conquistó.
Se multiplicaron los huertos urbanos. Las semillas llegaron a escasear en algunas partes, por la cantidad de familias que instalaron macetas o prepararon el patio trasero o la terraza de sus casas. Muchas cocinaron juntas de nuevo.


Recuperar el apetito

La batalla principal de la guerra en que estamos se librará en el estómago.
Desde los años treinta no se veía una cola como la de ahora en el Gran Depósito de Alimentos de Chicago o en los millares de kitchensoups (cocinas populares) que distribuyen despensas gratuitas en Estados Unidos. Muchísima gente no tiene para comer. Antes de la emergencia, más de 800 millones de personas en el mundo se iban cada noche a la cama con el es­tómago vacío. El número aumenta todos los días. En los próximos meses, según los especialistas, aparecerán hambrunas como no se veían desde la Edad Media.Millones de personas, en México y Estados Unidos, perdieron sus empleos. Muchas no los recuperarán. Casi todas ellas deben ser alimentadas. En México se ocuparon de eso cárteles y organizaciones caritativas en la emergencia. No podrán hacerlo indefinidamente. Deberán crearse dispositivos para ­alimentarlas.


De la emergencia a la insurgencia

Tan irresponsable resulta cultivar el miedo como alzarse de hombros. No es “la crisis de salud más grave de la historia”, ni una simple gripa o una nueva versión del chupacabras, como se dice en Juchitán. Se trata de crisis profundas y catástrofes muy reales que exigen respuestas apropiadas.


La amenaza real

La amenaza es real. Pero es otra.


Usos del miedo

Muchas y muchos, abajo, nos preparamos para lo peor, aunque sigamos esperando lo mejor. Combatiremos el aislamiento y la individualización. Sabemos que sólo de la mano de otras y otros podremos enfrentar el desastre, pero nos enlazaremos con imaginación y sin amontonamientos. Confiaremos en el flamante liderazgo femenino, que llegó en buen momento. No se unirán individuos homogéneos en torno a banderas deshilachadas y vacías. Será el tejido fuerte de los nosotros forjados en el lazo cotidiano, en pequeños grupos de amigas y amigos o en el seno de barrios o comunidades; habrán nacido apenas ayer… o hace siglos. Buscaremos lo que no haga daño al planeta ni al tejido social. Regresaremos al presente, a construirlo con ánimo renovado.


Renacer

Hoy amaneció otro mundo, distinto al que teníamos. Necesitamos aquilatar lo que significa. Y ­disfrutarlo.
No debemos adelantar vísperas. Llevará mucho tiempo desmontar el aparato patriarcal, empezando por sacarlo de cabezas y corazones de hombres y mujeres que por miles de años fuimos formateados con ese diseño. Pero podemos celebrar sin reservas el cambio que ya ocurrió y no tiene precedente. El desafío radical y masivo a la normalización patriarcal hará imposible restablecerla