La vorágine libia. Un fracaso occidental. La tripartición: árabes salafistas pro-occidentales, árabes fundamentalistas y amazigh tuaregs (los famosos guerreros bereberes del desierto)

Ejército Nacional de Libia, que controla el este del país dirigido por Khalifa Haftar, ha atacado al sector Noroeste del Gobierno de Acuerdo Nacional, los pro-occidentales apoyados por la ONU. No se han envuelto los temibles amazigh-tuaregs del Sur, eternos enemigos de Gadafi que se organizaban de forma federada y que se pueden comparar a los kurdos, pues como ellos son portadores de los modos pre-estatales y comunitarios de organización.



La vorágine libia: crónica de un fracaso occidental

OK Diario
Santiago Mondéjar/atalayar.com
09/04/201920:40

El glamour que rodea la leyenda de Lawrence de Arabia no podría contrastar más con la aversión que sigue causando la caótica intervención occidental en Libia, en 2011. Si Dante hubiese concebido un círculo infernal para alojar a los culpables de crear vacíos de poder, se parecería mucho a Trípoli y sus aledaños, región esta que se plagó ipso facto de facciones armadas, con Al-Qaeda y el ISIS campando por sus respetos por todo el país, causando una crisis humanitaria que aún persiste, y cuyos refugiados han resucitado de rebote las miasmas de lo peor de Europa.

Mención aparte merece la OTAN, incapaz de influir decisivamente o con convicción en la zona, y que acabó dando apoyo junto con la ONU a un pasteleo denominado Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN), trufado de elementos vinculados a las milicias radicales, y que controlan parte del sector noroeste de Libia. Con la excepción del suroeste, bajo dominio Tuareg, el resto de Libia quedó bajo el control del Ejército Nacional de Libia (ENL), liderado, manu militari, por Khalifa Haftar. El ENL se distinguió en tiempos recientes por llevar a cabo operaciones más o menos quirúrgicas contra grupos terroristas en el sur de Libia. Este esfuerzo fue coordinado oficialmente con gobiernos extranjeros que se mencionan a menudo como patrocinadores entre bambalinas del ENL.

El pasado 4 de abril de 2019, Haftar anunció oficialmente el inicio de una ambiciosa operación militar a gran escala sobre Trípoli, acción para la que se supone que cuenta con el plácet de Egipto, los Emiratos Árabes y Francia, y en menor medida, de Nigeria y el Chad, lo que explicaría lo que a todas luces parece como el intento rápido y definitivo de Haftar de hacerse con todo el poder en el país para establecer un nuevo status quo antes de que tenga lugar la conferencia nacional organizada por la ONU, que busca la formación de un nuevo gobierno de transición, y que cuenta con el firme respaldo del ejercito oficial libio.

La clave para el triunfo de Haftar está por lo tanto en imponer la lógica y las consecuencias de una guerra relámpago abrumadora, que impida una reacción coherente de otros agentes internacionales que puedan ver confirmadas las suspicacias que les hacían sospechar que la ofensiva de Haftar esconde un intento de los Emiratos Árabes y, sobre todo, de Francia, de hacerse con el control de facto de la producción de petróleo libio.

A día de hoy, las fuerzas leales a Haftar ya controlan los cuatro puertos petroleros en la zona oriental del país, junto con los principales campos petroleros en esa zona, lo que convierte este sector en el principal corredor de crudo a lo largo del este libio. Pero naturalmente, la explotación de estos recursos requiere unidad de acción nacional, y, sobre todo, precisa del cese de las violentas confortaciones que frecuentemente interrumpen el suministro petrolífero. Además de las componendas políticas con actores nacionales, cuya colaboración es necesaria para que, por ejemplo, los campos petrolíferos de Sharara, capaces de extraer 300.000 barriles diarios (el 25% de la capacidad extractora libia), reanuden su producción, lo cual depende de las decisiones que tome la National Oil Corporation, cuya sede está en Trípoli.

La estrategia de Haftar, buena parte de cuyas tropas recibieron entrenamiento militar soviético, parece estar centrada en conseguir una rápida supremacía aérea, para denegar el apoyo exterior a las tropas oficialistas. Si este es el caso, parecen estar teniendo un cierto éxito, habiendo logrado que AFRICOM, el Comando de África norteamericano anuncie la evacuación de sus tropas en Trípoli, lo que augura enfrentamientos en la capital y el riesgo de que el contingente de EEUU se encuentre aislado por las fuerzas de Haftar, que ya controlan 3/4 del territorio libio.

No obstante, aún se enfrentan al formidable reto de la milicia de Misrata, que supera en número a las tropas de Haftar, que no deja de ser un grupo armado heterogéneo, que hoy por hoy, dista mucho de poder ser tomado como un ejército de corte tradicional, siendo más bien una alianza oportunista y volátil compuesta por múltiples milicias que defienden intereses antagónicos, con un alto componente tribal, religioso y salafista, y que para conseguir sus objetivos y metas, depende en gran medida de ‘fait accompli’ logrados gracias al desconcierto de sus enemigos y a la inacción de las potencias internacionales con intereses en Libia.
———————————————————-

Los tuaregs libios: los combatientes sin patria

Daniel Rosselló
https://elordenmundial.com/los-tuareg-libios/

Nunca en el mismo lugar, siempre en movimiento. Siempre arena bajo el ardiente sol. Temperaturas que rebasan los 50 grados a mediodía y que descienden a bajo cero durante la noche. Así es el Sáhara, un ecosistema único, un desierto que se extiende del Atlántico hasta el Índico, ocupando un territorio mayor al de los Estados Unidos. Muy pocos se atreven a adentrarse en su inmensidad, y no todos los valientes regresan. Y menos todavía son aquellos que han osado hacerlo su hogar, su patria, su forma de vida. Entre estos pocos elegidos se encuentran los tuaregs, que a lo largo de más de mil años, en constante navegación, y siguiendo el ritmo de las dunas, del viento y de los astros, han convertido el vasto territorio sahariano en una parte de sí mismos.

Los tuaregs, Libia y Gadafi
Se cree que los tuaregs emigraron desde Libia en el siglo VII d.C. ante la presión de los invasores árabes. Organizados en una especie de sistema confederal, formado por unidades políticas llamadas kels, desde entonces habrían llevado una vida seminómada, dedicándose al pastoreo, al comercio de todo tipo –incluidos esclavos, armas y estupefacientes– y a la agricultura, desplazándose entre las regiones desérticas de lo que a día de hoy serían Argelia, Níger, Burkina Faso, Libia y Mali. Constituyen al menos el 10% de la población en todos los países por los que se mueven, alcanzando los 900.000 individuos en Níger o en Mali. En Libia, en cambio, las cifras son mucho mayores, con números que los sitúan en alrededor de 17.000 en condición de extranjeros, 600.000 documentados y más de un millón indocumentados. Esta notable presencia no es casual, y sus efectos, a lo largo de las últimas cinco décadas, vendrían a condicionar la política Libia tanto a nivel interno como regional, hasta la misma revolución de 2011.

Cuando Gadafi conquistara el poder en 1969 iniciaría una política de marginalización de las tribus que perduraría durante los diez primeros años de su gobierno, con el objetivo de minimizar la influencia de éstas, a las que consideraba un factor de desunión nacional. En general, los tuaregs se verían inmersos en un ambiente hostil, reprimidos culturalmente y sometidos a procesos de éxodo rural en el que se verían alejados de sus círculos familiares y tribales, generando procesos de exclusión social y económica, vistos siempre por los habitantes árabes del norte como barbaros del desierto. A su vez, Gadafi articularía una política nacionalista centrada en el elemento árabe, lo que terminaría creando una estructura política que favorecía a las tribus de esta etnia frente al resto. Así, tribus como los warfallah, los maghariha o los Gaddafah, a la que pertenecía el dictador, serían las que ocuparían posiciones de importancia en el ejército, en el cuerpo burocrático y en el gobierno. A pesar de todo, las identidades de afiliación tribal prevalecerían, sobreponiéndose a la fidelidad al Estado libio incluso hasta finales de los años, aunque el proceso de urbanismo las minimizaría algo en la década de los 80.

Y es que con Gadafi el tribalismo libio viviría su definitiva fusión con la conceptualización y las prácticas políticas del país africano. Éste se manifestaría no solo en la praxis y en la organización del Estado, sino en la propia simbología utilizada por el gobernante, que fomentaría una visión mítica del nómada, con la tienda sahariana como espacio para encuentros diplomáticos internacionales, y que vendería como una muestra de su humildad y de su posicionamiento igualitario en relación a su pueblo.

En cuanto a los tuaregs, Gadafi proclamaría en numerosas ocasiones su afinidad con el pueblo tuareg, llegando incluso a afirmar haber heredado sangre tuareg de su madre, y considerándoles aliados en su utópico proyecto panafricanista de convertir el Sáhara en un espacio sin fronteras unido por la cultura árabe y el Islam. Además, se convertirían en un actor fundamental para el gobernante, que los utilizaría como combatientes para culminar sus propios intereses geoestratégicos de la zona, haciéndoles participes, por ejemplo, de las intervenciones militares de Libia en Sudán y Chad a principios de los 80. Sin embargo, esto se entremezclaría con prácticas de exclusión y represión dentro de las fronteras libias, así como con verdaderas muestras de desprecio hacia la cultura bereber, de la que los tuaregs forman parte, llegando a afirmar que ensenar lengua amazigh a los niños era equivalente a inyectarles veneno.

En cualquier caso, a nivel regional Gadafi sin duda alguna se convertiría en un claro aliado de los tuaregs, apoyándoles en sus aspiraciones nacionalistas. Éstas se manifestarían en forma de movimientos independentistas en Níger y Mali en la década de los 90, con el propósito de desembarazarse de unas autoridades estatales que habían desarrollado tradicionalmente políticas represivas y de marginación hacia la minoría. Gadafi defendería la causa en las conferencias internacionales, actuaría como mediador en las negociaciones de paz con los respectivos gobiernos, ofrecería el territorio libio como base para los distintos movimientos y aportaría armas y suministros a los rebeldes.

Asimismo, tras un fallido golpe de estado y en medio de una crisis de popularidad Gadafi crearía el Consejo de Liderazgo Social Popular (CLSP), una organización formada por los líderes tribales y los jefes de las familias más importantes del país. Aunque el objetivo de esta nueva institución sería el asegurar la fidelidad de las tribus al régimen para mantener la estabilidad, lo cierto es que la inclusión en la misma de las principales tribus de la zona noroccidental de Tripolitania –de mayoría árabe– crearía un sentimiento de marginalización entre las tribus orientales de Cirenaica y del Fezzan (al sur) –especialmente entre los tebu y los tuaregs–. Esta institución se combinaría con unas agresivas políticas de asimilación arabizante hacia las tribus de etnia bereber –la más fuerte en todo el Magreb– y la represión hacia determinadas tribus, cuya existencia intentaría borrar de la historia de Libia a la vez que reprimía sus derechos. Con todo ello el tribalismo se intensificaría, pero también la posición privilegiada de los árabes frente al resto de etnias del país.

En el caso de los tuaregs, y como ya había ocurrido en los 80, el dictador intentaría reclutarlos para el ejército y los servicios de inteligencia, prometiéndoles trabajo y derechos de ciudadanía. A pesar de todo las promesas serían en su mayor parte incumplidas, negándoseles los documentos identificativos y, por lo tanto, convirtiéndoles en apátridas, lo que les impediría acceder al sistema educativo, a gran parte de las oportunidades de empleo, a una cuenta bancaria o al derecho al voto y a la representación política. Todo ello derivaría en tasas de alfabetización muy bajas, en una enorme precariedad laboral y a la reclusión en el ámbito de la economía informal y de las actividades ilegales, creándose más núcleos de pobreza en el seno de las comunidades tuaregs que en el resto del país.

Aunque los tuaregs jamás lograrían culminar sus aspiraciones nacionalistas, ni tampoco poner fin a la discriminación que sufrían en los estados africanos, sí que conseguirían cierto bienestar económico, especialmente en los 80 y 90, particularmente gracias al desarrollo del turismo en la zona. Si bien las sociedades tuaregs seguirían marcadas por profundas desigualdades económicas, enfrentándose a duras sequias y al desempleo.

Sin embargo, a todo ello seguirían una serie de profundos cambios que se producirían en el Sahel a raíz del inicio de la guerra contra el terror islamista en el escenario post 11-S. Temiendo la conversión de la zona en un nicho para la ocultación y el entrenamiento de militantes jihadistas, las potencias internacionales, con EEUU y Francia a la cabeza, iniciarían un proceso de securitización de la zona, que afectaría de manera determinante al modo de vida de los tuaregs. La economía del turismo colapsaría y las leyes contra el contrabando y los controles fronterizos se reforzarían, dejando a las comunidades tuaregs sin sus principales fuentes de riqueza y destruyendo su modo de vida tradicionalmente nómada. Los gobiernos que por lo general habían marginado a los tuaregs intensificarían la represión, acusando a los tuaregs de tener lazos con los grupos terroristas. Todo derivaría en una sucesión de protestas y levantamientos tuaregs entre 2004 y 2008.

En este contexto, en 2005 Gadafi intentaría cooptarlos de nuevo, afirmando que Libia era la patria de los tuaregs, ofreciendo residencia a los tuaregs refugiados de las guerras en Níger y Mali. El líder libio llegaría a ofrecer hasta 1000 dólares mensuales a los tuaregs que quisieran unirse al ejercito –lo que multiplicaba por veinte sus ingresos habituales– afirmando en declaraciones públicas su vital importancia para poner freno al terrorismo yihadista en el Sáhara.

En definitiva, a pesar de la exclusión socioeconómica y política de los tuaregs en Libia durante más de cuatro décadas, lo cierto es que Gadafi conseguiría posicionarse como el único aliado para un pueblo que no recibía más que represión por parte del resto de actores internacionales y regionales, alimentando sus esperanzas de salir de su condición de apátridas. Por todo ello, no debe sorprendernos que con la llegada de la revolución en 2011 muchos tuaregs se unieran a las filas del régimen.

La revolución de 2011
La revolución supondría no solo la caída del régimen de la jamahiriyya y la muerte de Gadafi, sino la decadencia de la tribu del regente, la Ghaddafa, cuyos negocios y espacios políticos –que hasta entonces habían cuasi monopolizado– fueron ocupados por las tribus locales del Fezzan. Negocios informales como el contrabando cambiarían de manos, alterando totalmente las rutas y quién las controlaba.

Por otra parte, Gadafi volvería a acudir a los tuaregs como en el pasado, siguiendo con las mismas promesas tanto tiempo incumplidas, aferrándose a ellos como última esperanza para evitar su caída. Aunque la respuesta no sería unitaria, los principales líderes tuaregs de Libia, Níger y Mali acudirían a su llamada, y hasta 10.000 combatientes tuaregs combatirían en las filas del régimen, y de hecho serían los que ayudarían al líder libio a esconderse tras su huida de Trípoli.

Finalmente, la estrategia de Gadafi fue en vano, y tras la revolución los tuaregs simplemente se harían cargo de lo que había sido tradicionalmente suyo, haciéndose fuertes en sus territorios del sur y organizándose como un actor rebelde mas. A pesar de todo, su colaboracionismo con el régimen durante las décadas anteriores y su respuesta no unitaria a la revuelta también les pasaría factura, y tras la revolución vendrían a verse perseguidos tanto por los grupos leales al antiguo régimen como por los grupos rebeldes, llegándose a producir denuncias de genocidio por parte de las asociaciones tuaregs, y viéndose forzados cientos de ellos a huir y pedir asilo como refugiados en la vecina Argelia.

Los tuaregs, la geopolítica y las potencias internacionales
Con la muerte de Gadafi, y tras el alzamiento independentista tuareg en el norte de Mali de 2012, muchos combatientes tuaregs marcharían a luchar al país africano, entremezclándose con los independistas, pero también con grupos islamistas como Ansar al-Dine. Sin embargo, tras la intervención francesa, junto a las luchas intestinas que surgirían en el seno la rebelión, al comprobarse la diferencia de objetivos entre los tuaregs en búsqueda de la autodeterminación y los grupos islamistas, muchos de los tuaregs volverían a una Libia sumida ya totalmente en guerra civil.

Para ampliar: “Malí, ¿el pivote geoestratégico del África Occidental?“, Fernando Arancón en El Orden Mundial

A esto se uniría el enfrentamiento contra los Tebu en el suroeste libio, tras más de cien años de paz entre ambas tribus gracias a una cuerdo –el Midi Midi, “amigo amigo”–, sellado a finales del siglo XIX, por el cual ambas se repartieron las rutas comerciales y de contrabando de la región. Con este tratado, los tuaregs vendrían a dominar las rutas hacia Argelia y Mali, mientras los Tebu se quedaban con las de Níger y Chad. La guerra estallaría a raíz de la competencia por el control de los recursos petrolíferos de la zona, así como del oasis de Ubari, punto geoestratégico clave para el control de las rutas por el desierto. En agosto de 2014 las tensiones alcanzarían su punto álgido, iniciándose los combates en el oasis de Ubari, y llegando a Sebha, capital del Fezzan, un año después. La primera chispa de este conflicto la prendería una decisión del Consejo Nacional de Transición al dar el control de las fronteras del sur a los tebu como recompensa por haberse posicionado mayoritariamente contra Gadafi en el proceso revolucionario. Asimismo, los tebu se harían con el control de la plataforma petrolífera de el-Shehara, privando a los tuaregs del acceso a sus beneficios a la vez que monopolizaban las rutas de contrabando, gracias al apoyo desde Bengasi. Todo ello, unido al incremento de los controles fronterizos y de seguridad por parte de actores como Argelia, alteraría las rutas tradicionales y haría colisionar los intereses de ambas tribus, rompiendo el pacto tradicional y las relaciones de poder tribal asentadas durante décadas. A pesar de todo, en noviembre de 2015 los tuaregs recuperarían el control del el-Shehara y el conflicto se estancaría, con Ubari como centro del mismo.

Por otra parte, tras la conformación de dos gobiernos en competición por el poder, los tuaregs se verían de nuevo envueltos en las dinámicas nacionalistas, así como en los juegos geopolíticos de las distintas potencias internacionales. Por un lado, el gobierno de Tripoli les apoyaría con armas y municiones, así como ayuda médica y combustible. Por otro lado los tebu recibirían apoyo desde Tobruk, así como de los Tebu chadianos y Francia. Por tanto, lo que podría haberse interpretado en un primer vistazo como un simple conflicto tribal tomaría carácter regional y, de nuevo, se entremezclaría con el desarrollo general del conflicto libio.

La situación libia actual, un caótico quién es quién
La situación libia actual, un caótico quién es quién. Fuente: Geopolitical Atlas
Tuaregs y grupos extremistas en el Sáhara y el Magreb
A todo este conflicto interno puramente libio, y a las intervenciones de potencias internacionales externas a la región, se añadiría el hecho de que las dinámicas tribales de los tuaregs quedaría marcadas también por la emergencia de grupos radicales islámicos como Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) que, aprovechándose del carácter remoto del Fezzan y de la porosidad de las fronteras entre los estados de la región del Sahel, encontrarían ahí un nicho seguro para llevar a cabo sus actividades, así como un excelente puente en su camino hacia los frentes de combate en las ciudades del litoral libio. Una tendencia que se acentuaría especialmente tras el empuje militar francés en Mali. La presencia de estos grupos constituye una preocupación más para los tuaregs, que ven como las generaciones más jóvenes podrían observar un futuro mejor en estos militantes que en la precariedad del contrabando en los límites del desierto al que la historia ha condenado a estos nómadas de las arenas, así como una vía de escape de las difíciles condiciones que su situación de apátridas les impone.

Flujos ilícitos entre el Atlántico y el Mediterráneo a través de África. Fuente: Global Initiative http://www.globalinitiative.net/programs/governance/atom-illicit-trafficking-from-the-atlantic-to-the-mediterranean/
Flujos ilícitos entre el Atlántico y el Mediterráneo a través de África. Fuente: Global Initiative
El propio Estado Islámico (EI) proclamaría en su revista Dabiq que diversos grupos islamistas de tipo jihadista, asentados en Libia, habían jurado lealtad a la causa del califato, incluyendo en el propio Fezzan. A pesar de todo, y aun sabiendo que varios tuaregs han jurado lealtad al grupo, lo cierto es que sus progresos han sido mucho más reducidos que en el norte del país, y han sido precisamente las particularidades de los tuaregs las que han protegido la zona contra el radicalismo. Y es que los vínculos de los tuaregs con el EI y otros grupos jihadistas parece deberse más a factores de tipo económico y logístico que a simpatías ideológicas. La alta capacidad de financiación del EI habría sido aprovechada para conseguir la lealtad a corto plazo de las tribus tuaregs, que habrían ofrecido a cambio sus conocimientos sobre las rutas comerciales y de navegación por el duro ecosistema sahariano. No obstante, el Islam practicado por los tuaregs, de tendencia sufí y marcado por un fuerte sincretismo resulta muy incompatible con el islam salafí. Por otra parte, la estricta y primordial lealtad a la familia y a la tribu también dificultan la adherencia a una ideología que proclama la lealtad exclusiva a la comunidad universal de la umma y a la sumisión al califa.

El futuro: paz con integración
Más allá del conflicto tribal y de las dinámicas políticas, el contexto post-Gadafi ha permitido la configuración de un espacio en el que, sin la represión del régimen, se han multiplicado las organizaciones tuaregs en pro de la reivindicación de sus derechos tanto como minoría étnica como de tipo económico y social. El acceso a documentos que acrediten su ciudadanía, la cesión de espacios de representación política en las instituciones y el fin de la exclusión del sistema educativo son las principales demandas de un pueblo que lleva ya muchas décadas escuchando promesas nunca cumplidas.

Por todo ello, en definitiva, si las condiciones de los tuaregs no mejoran y su sentimiento de exclusión prevalece, se podría fomentar su deseo a buscar la autonomía política, añadiéndose un factor de inestabilidad más a la ya de por sí convulsa región. De forma similar a como ocurrió con el Movimiento de Liberación Nacional del Azawad en Mali, que terminaría tornándose en un conflicto regional al contar con el apoyo de toda la población tuareg distribuida por los estados de la región. Con todo, el gobierno que se encargue de la transición a la paz deberá tenerlos en cuenta, combinando derechos sociales, económicos y ciudadanos con reformas que reduzcan el miedo y la xenofobia de los libios del litoral hacia las poblaciones tuaregs, y que también fomentan su exclusión.
————————

La cuestión Amazigh
Introducción
Amazigh es el nombre con el que se denominan los pobladores originales del norte de África y sus descendientes. Seguramente la mayoría entenderá mejor de quién estamos hablando si utilizan la denominación de bereberes. A los imazighen (plural de Amazigh) no les gusta que se utilice la denominación de bereberes, ya que esta es peyorativa.

“Bereber” deriva de la palabra griega bárbaro, que era utilizada para denominar a todos aquellos que no hablaban griego y que, por tanto, eran considerados bárbaros. Los romanos y los bizantinos continuaron utilizando este término. Después de las invasiones árabes del siglo XVII, los árabes continuaron con la tradición grecorromana de considerar a los pueblos indígenas como bárbaros. También los ingleses y franceses adoptaron el término bereber. Los nacionalistas Amazigh reivindican el uso del término con el cual ellos se autodenominan. Amazigh significa libre o noble; el plural de Amazigh es imazighen. Para definir la lengua que hablan, los imazighen usan el término de lengua tAmazight. Entre el pueblo Amazigh hay tendencias y posiciones diferentes en torno a su identidad, las reivindicaciones varían en función del país y pueden ser desde culturales hasta nacionalistas y de reivindicación nacional. Por ejemplo, los nacionalistas se caracterizan por la reivindicación de la tierra nacional del pueblo Amazigh, que ellos denominan Tamazgha. Más adelante explicaremos las diferentes manifestaciones culturales y políticas del pueblo Amazigh (ver La cuestión Amazigh hoy día).

Los imazghen han sido siempre considerados los habitantes originales del norte de África.
Su territorio se extiende desde Egipto hasta Mauritania y desde el Mediterráneo hasta las fronteras del África negra subsahariana. Diferentes imperios han conquistado porciones de la Tamazgha histórica, comenzando por los fenicios y los griegos y más tarde los romanos, vándalos, bizantinos, árabes, turcos, franceses, británicos, españoles e italianos. Los imazighen han sido sometidos a diversas creencias religiosas: sus propios conceptos panteísticos; los dogmas politeísticos de los fenicios, egipcios, griegos y romanos; y a las tres principales religiones monoteístas, el judaísmo, el cristianismo, y el islam. Desde el siglo XIII, la mayoría de los imazighen han profesado la fe islámica.

Las primeras colonizaciones
Los primeros antepasados de los Amazigh
Aparecen durante el primer milenio antes de Cristo, repartidos en las zonas costeras del Mediterráneo africano y en amplias zonas del interior. Los primeros desarrollaron sociedades rurales sedentarias, mientras que los del interior eran pastores nómadas dedicados a la cría de ovejas, cabras y bovino. Se conoce muy poco sobre la organización social de estos primeros antepasados de los imazighen.
Los primeros colonizadores que llegaron a la zona fueron los fenicios (814 aC). En el siglo VI aC, esta colonia se convierte en un estado autónomo, con la ciudad de Cartago como capital. Durante este período, los pobladores del interior pusieron en marcha una gran actividad comercial. El oro, la plata, y el estaño africanos eran vendidos a cambio de los productos manufacturados cartagineses. Esta dinámica dura hasta el año 40 dC cuando la colonia pasó a manos romanas. Durante los dos primeros siglos después de Cristo, la romanización llegó prácticamente al desierto entre numerosas revueltas Amazigh. Los romanos nunca pudieron acabar con esta resistencia. Es por eso que en la época romana la población Amazigh quedó dividida en dos grupos: los imazighen romanizados (zonas costeras) y los imazighen que vivían en clanes y tribus independientes en el interior. Estos últimos proporcionaban a los romanos oro, esclavos, plumas de avestruz, animales salvajes y piedras preciosas, a cambio de vino, objetos metálicos, terracería, productos textiles y de vidrio. Por su parte, los imazighen romanizados fueron subiendo socialmente y en el año 170, los senadores africanos eran más de 100.

El cristianismo también conoció un gran desarrollo en las zonas romanizadas. La figura más importante del cristianismo africano fue san Agustín, obispo de Hipona, y las herejías más extendidas el donatismo y el arrianismo. El judaísmo también encontró numerosos adeptos, principalmente en las montañas de la costa. En el año 429, tuvo lugar la llegada de los vándalos que resultó desastrosa. Arruinaron gran parte de la cultura romana y detuvieron la vida urbana. En el 533, llegaron los bizantinos y restablecieron la administración, la economía romana y la ortodoxia católica.

Mientras todo esto sucedía, los imazighen del interior continuaron con su vida nómada y organización tribal, atacando con frecuencia las ciudades cercanas. La introducción del camello (s. V-VI) revolucionó las comunicaciones saharianas y los imazighen del interior pudieron controlar mejor las rutas comerciales y llegaron a ser los intermediarios más importantes entre el África negra y el mundo del Mediterráneo.

Las conquistas árabes y la islamización del Magreb
El pueblo Amazigh, muy enraizado en sus tradiciones, marco geográfico y organización igualitaria, se opuso con una fuerte resistencia a la invasión árabe. En el año 649, los árabes llegaron por primera vez a Ifrikiya (Túnez). La resistencia bizantina fue muy reducida. En 675 el líder Kusayla, jefe Amazigh de las confederaciones Awraba i Sanhadja, se convirtió al islam y con él, la mayoría de sus seguidores en el Magreb central. Hizo un pacto con los árabes y juntos acabaron de expulsar a los bizantinos. Durante los años siguientes, los problemas fueron aumentando hasta que los árabes rompieron su pacto y conquistaron prácticamente la totalidad del Magreb, incluso la región del Atlas. En el año 704, la práctica totalidad del Magreb pasó a formar parte del imperio califal. Es en este proceso cuando se produce la islamización del Magreb, que tendrá importantes repercusiones en el pueblo Amazigh.

La tradición árabe y musulmana
En seguida entró en contradicción con las fuertes tendencias democráticas y con el sentido de la igualdad del pueblo Amazigh. Los imazighen no soportaron demasiado bien el hecho de ser musulmanes de segunda fila, que pagaban tributos como los infieles y formaban el grueso de los ejércitos que conquistaban nuevos territorios, pero que no podían acceder a lugares de responsabilidad. Es por eso que las reacciones de los imazighen no eran contra el islam, sino contra la privilegiada aristocracia árabe. Los imazighen no sólo no reaccionaron ante el islam, sino que hubieron muchos intentos de adaptar el islam al mundo Amazigh y sus peculiaridades. En el año 745, Ibn Tarif se autonombró profeta, tradujo el Corán e introdujo nuevos rituales y restricciones de alimentos en consonancia con las tradiciones animistas locales. Muchos imazighen se adhirieron masivamente al jariyismo, que era una versión del islam que pregonaba la igualdad entre todos los creyentes.

A pesar de los intentos de adaptación, el islam modificó las estructuras sociales de los imazighen. La atracción del mundo árabe hizo que muchas familias imazighen buscasen antepasados árabes como símbolo de prestigio. Por su parte, los imazighen del interior continuaron con sus tradiciones comerciales y fueron ellos los que introdujeron el islam en el África subsahariana.

La tradicional aristocracia árabe se perpetuó en el poder y con ella se negoció la descolonización y el nacimiento de los estados actuales. Esto se hizo sin tener en cuenta los derechos históricos de los imazighen del interior, los únicos que todavía reivindicaban su identidad (alto y medio Atlas en Marruecos; las montañas de la Cabilia al este de Argel; las montañas Aurès al este de Argelia; la región de Mzad al norte del Sáhara argelino; los sectores tuareg de Argelia Ahaagar i Tassili-n-Ajjer; las montañas Jabal Nafusa al sur de Trípoli (Libia): Tebu en las montañas Tibesti al sureste de Libia; el oasis Siwa sahariano al oeste de Egipto; el territorio tuareg de Azaouad al noroeste de Mali; las montañas Aïr, al norte de Níger). Su lengua fue marginada en beneficio del árabe y del idioma colonizador, que se convirtieron en oficiales. Después de muchos años de luchas y reivindicaciones, algunos países han declarado oficial la lengua tAmazight. (” Protagonistas y marginados” , José Luís Cortés López. Mundo Negro, octubre de 1997).

La cuestión Amazigh hoy día

Antoni SEGURA i MAS
Catedrático de Historia Contemporánea
Universitat de Barcelona

Hoy en día, en el Magreb, unos 16 millones de personas son consideradas imazighen, lo cual representa un poco más de la quinta parte del total de la población. Los porcentajes más elevados los encontramos en Marruecos (Rif, Atlas y Sous), Argelia (Aurès, oasis de Mzab y Gourara, Hoggar y Gran y Pequeña Cabilia) y en los desiertos de Mauritania y Sáhara Occidental. También encontramos núcleos imazighen más reducidos en Túnez (isla de Djerba y algunos puntos del desierto), en Libia (Gabel Nefusa) y en Mali (en el desierto). Se trata pues, de una distribución discontinua que ha dificultado la unidad lingüística y cultural y ha favorecido, a menudo, una utilización política interesada de la ” cuestión Amazigh” . Así, la administración francesa no dudó en oponer los ” buenos” imazighen a los árabes ” dominadores” con tal de debilitar la resistencia a la acción colonial. La máxima expresión de esta actitud fue la proclamación en Marruecos del denominado dahir berber de 1930, que pretendía sustraer de la jurisdicción del sultán a la población bereber del Protectorado. El rechazo de la sociedad marroquí obligó, sin embargo, al cabo de poco tiempo, a dar marcha atrás. Después de la independencia, también Mohamed V utilizó hábilmente el fiel y berberista Movimiento Popular de Mahjoub Aherdane (ministro en diversas ocasiones y participante en la Marcha Verde) para oponerlo a la política radical del Istiqlal. En Argelia, la política de arabización impulsada por los ulemas y por el Movimiento por el Triunfo de las Libertades Democráticas en la segunda mitad de los cuarenta provocó las críticas de los militantes imazighen que fueron expulsados del partido mientras Hocine Aôt Ahmed, acusado de estar más interesado en Masinissa y Jugurta que no en el profeta, había de ceder la dirección de la lucha armada a Ben Bella. Después de 1962, las cabilias se sublevaron (1963 i 1980) contra la política de arabización del Frente de Liberación Nacional. En la campaña electoral de 1991, fue el Frente de Fuerzas Socialistas (FFS) de Hocine Aôt Ahmed quien denunció el mensaje de exclusión (” el mestizaje es la decadencia” ) del Frente Islámico de Salvación.

Hoy, el poder opone la intransigente Agrupación por la Cultura y la Democracia de Said Saadi, que propugna una política de erradicación de los islamistas, a la propuesta de diálogo y negociación de la Plataforma de Roma defendida por el también Amazigh FFS. Mucho más al sur, en Mali (Azuad) y Níger (Aïr), los tuaregs, antiguos traficantes de oro y esclavos, han sido perseguidos, y, entre 1990 i 1995, la guerra ha golpeado la región. Los gobiernos de estos dos países ven el apoyo del Congreso mundial Amazigh a los tuareg como una interferencia en un problema político interno.

En definitiva, la historia de los imazighen es un compendio de gloria y desdicha, de fragmentación y olvido. Aliados y enfrentados a Roma en la época de Masinissa y Jugurta (reyes de Numidia y Mauritania), fundadores de imperios (almorávide, almohade) y dinastías (hafsida, abdalwadita, benimerí); arabizados hasta la renuncia de los orígenes; doblemente colonizados por los europeos y por las políticas arabizantes que siguieron a las independencias, sin estado, dispersados y aislados entre sí, de tal manera que la unidad lingüística se perdió hace siglos. Y de igual manera, las costumbres, la cultura, las artes, la cocina (el cuscus), la religión y el derecho no se entienden en el Magreb sin esta referencia Amazigh que lo impregna todo, que traspasa por todos lados. Hace falta, pues, esforzarnos en conocer esta mediterránea Amazigh para poder construir este espacio mediterráneo de intercambios sociales, culturales y de ideas que los más imaginativos y esperanzados quisieron vislumbrar más allá de la zona de libre comercio definida en la Declaración de Barcelona.